CAPÍTULO 18. VACACIONES

CAPÍTULO 18. VACACIONES

 

VACACIONES
 
Alexa
 
El día siguiente a la fiesta desperté a eso de las tres de la tarde. Estaba en mi cuarto; pero imperaba un aroma a vómito y a alcohol que definitivamente me hacía desconocer el lugar. Me dolía la cabeza y tenía una sed tan intensa que bebería un río entero sin reventar. Recordé lo que había hecho con Alexis y reí coquetamente. Miré mis manos y aprecié algunas contusiones alrededor de ellos.
¡Definitivamente había sido una noche intensa! Me revisé el resto del cuerpo y no vi ningún moretón más.
Giré mi rostro y vi una nota escrita con mala letra sobre un pedazo de papel higiénico:
Estuviste fantástica.- Alexis
Bueno, la verdad: leer eso me hizo sentir satisfecha y contenta.
Desde mi estómago surgió una arqueada y vomité en el cesto de basura. Fui a darme un baño y me puse una ropa cómoda. Caminé hasta el cuarto de mis padres y me enteré de que no habían llegado a dormir. ¡Qué bueno! De lo contrario, hubieran encontrado un gran desorden en mi casa.
Bajé a la primera planta y vi a Caterina dormida en uno de los sillones de la sala. Había un puñado de latas vacías de cerveza y bolsas de frituras en el suelo.
        ¡Caterina! – le moví la cabeza hasta que despertó y entreabrió los ojos.
        ¡Déjame dormir! – protestó.
Bruscamente la tiré del brazo y la tiré al suelo lleno de porquería.
        Ayúdame a recoger todo. ¡Pronto vendrán mis padres! – se puso de pie a regañadientes y aprecié lo desgarrado que estaba su vestido, como si una jauría de perros la hubiese atacado–. Mejor vete a dar un baño. – la miré con asco. Yo estaba igual apenas minutos atrás–. Toma ropa de mi armario y baja rápido a ayudarme a limpiar.
Ella subió a mi habitación mientras yo empezaba a recoger la basura.
Salí al jardín y vi todavía más caos que en el interior. Con ayuda de Caterina, terminé de limpiar en menos de dos horas. Afortunadamente mis padres no llegaron hasta pasado el mediodía; de otra forma; me hubieran dado la regañada de mi vida.
        Anoche vi que te escabulliste con alguien. – le dije a Caterina ya cuando estábamos liberadas de todo el trabajo. Estábamos en mi habitación comiendo palomitas con mantequilla.
        Sí, bueno… – se sonrojó–. Era un chico que no había visto antes y la verdad me gustó demasiado. Empezamos a besarnos y todo terminó con un final feliz. – metió en su boca un puñado de palomitas y dibujó una sonrisa en su rostro.
        ¿Por lo menos usaste condón? – le pregunté. Pero qué tonta; en ese momento recordé que la que no había usado condón era yo.
        Por supuesto. – respondió.
        ¡Caterina; debes acompañarme a la farmacia!
        ¿Por qué? – frunció el ceño.
        Porque la que no usó condón fui yo. – tragué saliva con dificultad.
        Bueno, solo toma la pastilla del día siguiente.
        Eso es lo que haré. – y la jalé de la mano, conduciéndola a la salida.
**
Para el siguiente fin de semana, me encontraba en pleno vuelo hacia Cancún. A pesar de que sólo sería una semana de vacaciones en las hermosas playas del Caribe mexicano, estaba dispuesta a pasarlas de la mejor manera, tanto, que me envidiarían muchos.
Cuando llegamos al hotel, mis padres se encargaron de reservar una habitación solamente para mí y otra para ellos dos. Yo: feliz. Me instalé, me di una ducha y me puse un bikini con estampado vintage de rosas rojas. Pinté mis labios de un tono oscuro y me aseguré de que mi cabello rojo se viera perfectamente bien.
Les pedí permiso a mis padres para bajar a la playa y así lo hice; mientras ellos se quedaron en el restaurante del hotel. Cuando caminaba, no era extraño que algunos chicos me silbaran tratando de llamar mi atención. Pero ni siquiera los giraba a ver, simplemente me limitaba a seguir caminando hasta encontrar un buen lugar para broncearme un poco. El Sol quemaba demasiado y aproveché eso para tirarme en la arena y beber tranquilamente una piña colada.
Agarré el nuevo teléfono que mi papá me había regalado y tomé un par de fotografías que casi al instante estaban en Facebook. Sí, me gustaba presumir de aquello que la demás gente de Villa Dorada no podía hacer.
Terminé mi bebida y vi a un par de chicos extranjeros que caminaban por la playa. Ambos me miraron y se acercaron a saludarme.
Los chicos eran franceses, pero su inglés era tan bueno que nos pudimos comunicar sin problemas.
Estaban de vacaciones en México y eran oriundos de Niza. En realidad no eran tan guapos como Alexis (del cual no había sabido nada desde la fiesta), pero no me importó y me cité con ellos por la noche, en uno de los antros más famosos de Cancún.
Obviamente, mis padres se pondrían en contra de que yo saliera en la noche en una ciudad desconocida para mí; pero no les pediría permiso, iba a aprovechar que estábamos en habitaciones separadas para escaparme de contrabando.
Cuando dieron las ocho de la noche empecé a arreglarme; me puse un vestido color vino y me maquillé tanto que ni yo misma me reconocía. Me tomé una foto frente al espejo lanzando un beso y enseguida estuvo publicada en Facebook.
A las diez de la noche salí del hotel y caminé por las aceras llenas de personas que disfrutaban de la vida nocturna.
Llegué al bar y encontré de inmediato a los chicos franceses. Estuve con ellos bailando y conviviendo alrededor de dos horas hasta que decidí ir al baño a retocarme el maquillaje. Mientras lo hacía, mi teléfono vibró con insistencia. Eran varias notificaciones de Facebook. Las abrí:
A 560 personas les ha gustado tu nueva foto de perfil.
Tienes una nueva solicitud de mensaje.
Esta última no llamó tanto mi atención; usualmente me llegaban muchas solicitudes de mensajes para aceptar. Todas las rechazaba, por supuesto. La mayoría de ellos eran obreros y demás chicos de Villa Dorada y de la capital que no me interesaban en lo más mínimo.
Sin embargo, ante todas las probabilidades, el nuevo mensaje no era de un chico, sino de una chica.
Dawn Walker me mandó un mensaje:
Hola, Alexa. Veo que estás de vacaciones. Eres una chica guapa; creo que podríamos llevarnos muy bien tú y yo. Espero que me invites a tu próxima fiesta para conocernos un poco más.


Y al instante de que terminé de leer el mensaje, me llegó su solicitud de amistad.

¿Has llegado hasta aquí y quieres más? Date una vuelta por el blog, apúntate a la lista de correo y disfruta de emociones a mansalva si compras alguno de mis librosTengo de todo, ficción, libros para escritores y manuales gratuitos.
 
CAPÍTULO 17. EXPLORACIÓN

CAPÍTULO 17. EXPLORACIÓN

EXPLORACIÓN
 
Víctor
 
¿Cómo no enterarme de la muertita si el coche de las noticias era lo único que anunciaba? Yo había sido de los primeros en comprar el periódico y quizá el único en todo Villa Dorada que no se sorprendió tanto.
¿Por qué me iba a sorprender? Las personas mueren a diario, lo que es inusual es que les saquen el corazón. Lo cual me recordó a las clases de Historia del bachillerato, cuando las Mexicas de Tenochitlán (la antigua Ciudad de México) sacrificaban personas al dios Tlaloc (el del agua) sacándoles el corazón y arrojándolo a los lagos y ríos. Eso era muy normal. Pero llegaron los civilizados conquistadores españoles y vieron ese acto como una clara ofrenda a Satanás; entonces lo condenaron.
Mi borracho padre ni siquiera le puso atención a la noticia que en ese momento corría por todo Villa Dorada. Estaba mirando el partido de México contra los Estados Unidos y maldecía porque no sacaban la casta ante los americanos. ¡Como si un simple partido de futbol determinara el futuro de una nación!
Fui hasta mi habitación y allí encendí mi propio televisor. No sintonicé nada interesante, hasta que le dejé en un canal donde reproducían la película de Las crónicas de Narnia.
 
Un mensaje llegó a mi teléfono justo en el momento en que Lucy se metía al ropero por primera vez:
DAWN: Hola, amor.
Sí, para ese momento Dawn ya era más cariñosa conmigo. Y yo con ella. ¿Por qué no? ¡Sólo era un juego!
VÍCTOR: ¿Qué tal, princesa?
DAWN: ¿Cómo va tu día?
VÍCTOR: Un poco aburrido, amor. Pero nada que no lo solucionen unos cuantos mensajes contigo.
DAWN: Me parece perfecto. ¿Intercambiamos fotos? Ya sabes cómo…
VÍCTOR: Por supuesto, mi reina.
E intercambiamos unas cuantas fotos. En las suyas podía apreciar una imitación a la Venus que nos enseñó el profesor de filosofía en una clase: desnuda, con la piel tersa y la mirada seductora.
Ella se desconectó al cabo de un par de minutos. Me puse de pie y fui a darme un baño. Aún seguía pensando en la noticia del cadáver de la mujer; tanto, que decidí por mi mismo ir hasta el sitio donde la habían encontrado. Era sólo por el morbo, no porque quisiera encontrar otro cadáver o algo así. Tomé la bicicleta de mi padre sin siquiera pedírsela y empecé a pedalear por las calles vacías de Villa Dorada en pleno domingo por la tarde. ¡Sorprendente, lo sé!
Me introduje en la carretera húmeda por las lluvias y traté de ubicar el lugar exacto. Estuve pedaleando quince… no, quizá veinte minutos, hasta que llegué al sitio que aparecía en las fotos del periódico. Una corriente de adrenalina me invadió y me bajé de la bicicleta.
Estudié el terreno mientras en la carretera pasaban los autobuses de pasajeros a toda velocidad, como queriendo alejarse rápidamente de Villa Dorada. Encontré resquicios de ropa de la mujer y unos estuches de maquillaje esparcidos por el sitio. Analicé el terreno más a fondo y me di cuenta y unos estuches de maquillaje esparcidos por el sitio. Analicé el terreno más a fondo y me di cuenta de un rastro de fango que se internaba en el bosque por un sendero; como pasos el yeti mexicano.
Me metí por el sendero rodeado de árboles y maleza. En la lejanía se escuchaba el lamento de los coyotes y uno que otro cantar de búho. Mi abuela decía que los búhos son de mal agüero y que de alguna forma traen muerte, pues con sus aleteos se pueden llevar el alma de las personas. Se me enchinó la piel al recordar eso, pero el espíritu de aventura pudo más que cualquier otra cosa. El sendero terminó en una vieja cabaña derrumbada. Podría ser el escenario perfecto para una película de horror. La maleza la rodeaba comiéndose las paredes lentamente; estaba tan abandonada como el cadáver de la mujer de ayer.
¿Y si de este lugar sacaron el cadáver de la chica?
Me mordí el labio sintiendo el fuerte latir de mi corazón en los oídos. Poco a poco se iba ensombreciendo el ambiente, por lo que mi instinto me decía: huye; pero mi cerebro excitado decía: da un vistazo al interior. Y seguí el consejo de este último.
Lo sé, probablemente nadie en su sano juicio se acerca a una cabaña derrumbada mientras está oscureciendo. Pero si has sentido esa adrenalina de saber qué hay más allá, entonces podrás entender lo que yo experimentaba en ese momento.
Me acerqué a una ventana rota y eché un vistazo al interior; no había nada de importancia: muebles viejos y en las paredes un par de cuadros mal pintados de algún artista amateur. Parecía que nadie había vivido allí en los últimos diez años; quizá más tiempo.
Un disparo resonó sobre mi cabeza y se impactó en la madera podrida a pocos metros de mi posición. Me tiré al suelo lleno de miedo y observé a todos lados, buscando la procedencia de ese proyectil. Sonaron dos más y seguí tendido en el suelo; cual avestruz metiendo su cabeza en la tierra para evitar ser asesinada.
Un par de sombras surgieron en medio de la oscuridad.
        No jodas. ¡Esto no es un ciervo! – se burló uno de ellos y me golpeó la pierna con su bota–. Levántate. Por poco y te matamos, animal.
        ¡En el lío en el que nos hubiéramos metido! – dijo el otro hombre colgándose la escopeta en el hombro. Tenían acento norteño; probablemente no eran de aquí.
Fue en ese momento cuando me incorporé y vi que sólo eran dos cazadores que aprovechaban la oscuridad para hacer sus fechorías. Uno de ellos cargaba un búho muerto.
        Bueno, tampoco iba a ser tan grave si lo matábamos. Lo podríamos tirar en la carretera hasta que lo encontraran, con la chica de ayer. – se burlaron. Ambos fumaban cigarro y empuñaban en una mano una linterna y en la otra un saco para echar lo que cazasen.
        ¿Qué haces aquí, hijo? No me digas que vives en esta porquería de lugar. – comentó el mayor. Tenía la barba blanca y despedía un fuerte aroma a tabaco.
        No. Solo estaba dando un paseo. – traté de ocultar mi temor.
        Pues no deberías pasear por aquí a tan altas horas de la noche. – acotó el más joven–. Ya sabes lo que dice la gente. Ja, ja, ja… Las brujas te van a tragar, si es que no lo hace Satanás antes. O aquellos fantasmas que abundan en la carretera y matan a los turistas que viajan por aquí. ¡O la llorona! – gritó esto último, como invocándola.
        No creo en nada de eso. – apunté.
        ¡Vaya! Tenemos aquí a un valiente hombrecito. Aunque tienes razón, hijo… son más peligrosos los vivos, que los muertos. – y soltó un escupitajo en mis zapatos–. Sólo ten más cuidado la próxima vez; y que no te vuelvan a confundir con un ciervo o lo pagarás con tu vida.
Y los dos hombres se alejaron riendo y tirando balazos al aire.
También me alejé, pero con el temor de estar siendo acechado por algo.
Llegué a mi casa y encontré a mi padre en el mismo sitio en el que se había quedado; ahora, en cambio, olía agrio a vómito y orina. Fui hasta mi habitación y procesé todo lo que había vivido esa tarde tan sólo por andar de curioso.
¿Qué hubiera pasado si me hubieran matado esos dos hombres?
¿De verdad me hubieran arrojado a la carretera?
Abrí Facebook y me encontré con un mensaje de Dawn.
 
DAWN: ¿Dónde estuviste toda la tarde?
VÍCTOR: Fui a dar una vuelta.
DAWN: ¡Qué interesante!
VÍCTOR: Oye, ¿crees que podamos hacer videochat?
DAWN: No lo creo, mi computadora no tiene webcam.
VÍCTOR: O pásame tu número y te marco, quiero oír tu voz.
DAWN: Tampoco tengo teléfono, me lo robaron hace poco. Lo siento, bebé.
VÍCTOR: ¿Entonces cuando tendré contacto real contigo?
DAWN: Pues estás teniendo conmigo en este momento.
VÍCTOR: Pero quiero verte. Quiero asegurarme de que eres la de las fotos.
DAWN: ¿No basta con las fotos que te mando y que ves en mi perfil?
VÍCTOR: En realidad no… oye, sé que llevamos pocos días conociéndonos pero en realidad me importas.
DAWN: Bueno, conozcámonos unos cuantos días más y veremos qué pasa.
VÍCTOR: Como tú quieras, hermosa.
DAWN: ¿Y si te digo que vayas al bosque en este momento y allí nos veamos?
VÍCTOR: No lo sé, no podría. ¿Tú podrías? Vives en la capital y no creo que vengas hasta aquí.

 

DAWN: Podría robarle el coche a papá. Pero, ¿por qué no podrías tú? Si acabas de llegar de allí.
¿Has llegado hasta aquí y quieres más? Date una vuelta por el blog, apúntate a la lista de correo y disfruta de emociones a mansalva si compras alguno de mis librosTengo de todo, ficción, libros para escritores y manuales gratuitos.
 
CAPÍTULO 16. EL CADÁVER

CAPÍTULO 16. EL CADÁVER

EL CADÁVER
 
Matías
 
Era domingo por la mañana. Desperté sobresaltado cuando una pelea de perros sucedió afuera de mi casa. Maldije por lo bajo y luego agarré mi teléfono que aún estaba cargándose sobre la mesita. Vi algunas nuevas notificaciones de Facebook y unas cuantas fotografías de los individuos que habían asistido a la fiesta de Alexa; la mayoría se veían ebrios y muy poco conscientes de lo que hacían en ese momento.
En unas cuantas fotos salía Alexa bailando muy sensualmente con un chico desconocido; inclusive hasta su amiga Caterina parecía otra persona. Esperé ver a Ximena en alguna imagen, pero no ocurrió así.
¡Aunque se veía que lo habían pasado bien!
Solté una risotada y me vestí: me puse un short, una camiseta café y mis tenis sucios. Salí a desayunar y encontré a mi mamá limpiando la cocina con la música del radio a todo volumen. Sonaba una estación que se encargaba de transmitir música regional mexicana; mamá tarareaba algunas de las canciones.
        ¿Dónde está papá? – le pregunté de inmediato.
        Fue al súper. Pero se me olvidó encargarle un poco de carne… ¿podrías hacerme el favor de ir tú? – se metió la mano al bolsillo y me ofreció un billete de veinte euros–. Traes un kilo.
Y salí a la calle.
Como típico domingo pueblerino, había más gente que de costumbre. La mayoría de las personas venían de las rancherías cercanas a abastecerse de víveres para la semana; pero también había visitantes de otras poblaciones que venían sólo a pasar un agradable domingo alejados del estrés de las grandes ciudades.
El Sol palidecía entre algunas nubes poco densas; mientras caminaba por las aceras, era inevitable no escuchar todavía conversaciones acerca del chico que se había suicidado hacía apenas uno cuantos días.
Atravesé de largo el mercado atestado de puestos de todo tipo: desde aquellos comerciantes de verduras que abarcaban grandes cantidades de espacio; hasta los pequeños vendedores de gelatinas, dulces y tortas de jamón que tan sólo ocupaban una mesa pequeña. Me cubrí las narices cuando pasé por un puesto donde vendían pollo (ya que en ese mismo lugar los estaban sacrificando) y giré en la esquina, siguiendo la avenida principal hacia la carnicería más cercana.
En el local atendía un hombre fornido de unos cuarenta años y de barba poblada; había más empleados, en su mayoría hombres que agarraban las enormes piernas de buey como si fuera lo más ligero del mundo. Pedí un kilo de carne que demoró en llegar y luego volví a mi casa siguiendo el mismo trayecto.
Las campanadas para la misa de diez de la mañana apuraban a los fervientes católicos ataviados con ropajes elegantes.
A la iglesia se va con sus mejores galas: había dicho una vez mi abuela mientras me pedía que le colocara un brazalete de plata. Mi familia acostumbraba ir a misa al atardecer; los domingos en Villa Dorada hay alrededor de cinco homilías en todo el día auspiciadas por el mismo párroco. No me quiero imaginar el cansancio en la voz que tendrá al finalizar el día.
¿Qué tuvo de interesante ese recorrido?
En realidad no gran cosa.
Nada, hasta que estuve a punto de meterme al interior del mercado y perderme en el bullicio de la gente.
No lo hice. Me detuvo algo.
De inicio sólo era un ruido extraño que taladraba los oídos; pero cuando toda la gente – los que caminaban en las banquetas y hasta los comerciantes – se giró a ver el pequeño Volkswagen blanco que anunciaba las noticias del pueblo, me di cuenta de que era algo mucho más inusual que las noticias habituales de fútbol y política.
Encima del Volkswagen se instalaba un altavoz viejo y oxidado; de él salían las siguientes palabras con la voz cavernosa de un hombre:
¡Noticia de último momento! Acérquese a este coche de sonido y entérese las crueles condiciones en las que ayer por la tarde fue hallado un cadáver de sexo femenino en la carretera que conecta la capital con Villa Dorada. Adquiera la noticia completa por tan sólo un euro.
Es un poco extraño que la prensa tenga la información impresa casi al instante de que han ocurrido los hechos. Siempre me he preguntado: ¿cómo se enteran de los acontecimientos?
El pequeño automóvil se detuvo en una orilla y empezó a vender algunos ejemplares a los curiosos que querían saber la noticia.
Palpé la única moneda de un euro que me había sobrado de la compra en la carnicería y me mordí el labio inferior; lo pensé unos instantes…
Acérquese a este coche de sonido y entérese de la última noticia de Villa Dorada.
¡Maldito anuncio tentador!
Entonces corrí hasta el coche de sonido y compré el periódico que tenía menos de diez páginas pero que repararía mi curiosidad.
Doblé el periódico y lo metí bajo mi axila. Caminé de regreso a mi casa con la ansiedad de leer eso que tanto publicitaba el coche.
Le entregué a mamá la bolsa de carne y extendió su mano para recibir el cambio. Le enseñé el periódico para comprobar que no traía ningún euro extra y torció el gesto. Continuó con su labor y me dejó leer la noticia en completa calma, el encabezado era impactante:
CADÁVER CON SIGNOS DE VIOLENCIA ENCONTRADO EN VILLA DORADA
Ayer por la tarde fue encontrado el cuerpo de una mujer a las afueras de Villa Dorada. La primera persona que encontró a la muertita fue un campesino de la zona que a esas horas del atardecer recogía su ganado de un ejido cercano. El hombre de inmediato dio parte a las autoridades de Villa Dorada, mismas que acudieron al lugar tras haber llamado al servicio pericial de la capital del estado. Los peritos recogieron el cuerpo de la desconocida y se dieron cuenta del cruel estado en el que estaba el cuerpo.
La mujer, de unos veinticinco años, tenía cabello castaño, piel blanquecina y mostraba claras marcas de tortura. Sus muñecas tenían moretones como si hubiese estado en cautiverio, además de poseer unas extrañas marcas en forma de círculo hechas con algún objeto ardiente en ambas palmas; en el pecho tenía alrededor de cinco puñaladas y al parecer los asesinos le habían sacado el corazón. Mostraba signos de violencia en todo el cuerpo y su ropa estaba hecha trizas; además de tener sus partes íntimas quemadas con algún ácido extraño.
Por la casi nula descomposición del cuerpo, se cree que la mujer fue arrojada a ese lugar tan sólo minutos antes de que el campesino la encontrara.
Un halo de preguntas surgió cuando en el pecho de la víctima se leía claramente la siguiente insignia: “Aquí comienza la eternidad”, por lo que tampoco se descarta un posible ajuste de cuentas del crimen organizado que impera en nuestro estado.
La hoy occisa no se ha identificado, pero lugareños aseguran que no pertenecía a Villa Dorada, sino a Torres de Alicante; otro poblado ubicado a tan sólo veinte minutos del lugar donde fue encontrado el cuerpo.
Este cadáver se suma a los más de doscientos feminicidios en todo el estado; siendo el primero que ocurre en una población semi-rural en lo que va del año.
Junto con la nota se acordaban dos fotografías del cadáver. En la primera se le veía a la mujer tirada boca abajo sobre el fango, el cabello estaba lleno de lodo y la poca ropa que traía me sugería el posible oficio que desempeñaba en vida. No se veía gran cosa en esa foto, salvo los glúteos manchados de sangre.
La siguiente foto era aún más explícita que la anterior. En esta se apreciaba la mujer boca arriba, con un orificio sangriento en el centro de su pecho que parecía tan oscuro como una cueva y tan vacío como la noche. A duras penas se veía la inscripción en su pecho desnudo.
El rostro de la mujer se quedó grabado en mi mente, como un tatuaje. Sus ojos completamente abiertos y esa mueca de dolor que ya nadie podrá quitársela. Y, tal como lo decía la nota: las muñecas de la mujer tenían quemaduras en forma de círculo.
Tragué saliva con dificultad. Una mole de concreto cayó en mi estómago cuando vibró el teléfono desde mi bolsillo.
Era un mensaje de Víctor invitándome a salir esta tarde. No le contesté en ese momento, pues me había quedado absorto con la noticia.
Papá llegó de la calle con un semblante pensativo. Cargaba dos bolsas de plástico repletas de verduras y se las entregó a mi madre.
        Gloria, ¿te has enterado de lo del cadáver que encontraron ayer? – le dijo él.
Mi mamá se cubrió la boca con sorpresa.
        No. ¿Quién era? – fui hasta ella y le entregué el periódico. Ella ni siquiera lo leyó, sólo se limitó a mirar las fotos y horrorizarse todavía más.
        Pero ¿qué está pasando en el mundo? – preguntó ella, filosóficamente–. Tantas muertes no las puede estar permitiendo Dios. – se santiguó y siguió con sus deberes. Papá me arrebató el periódico y se dispuso a leer la noticia.
Cuando terminó de leer, se giró hacia mí todavía con gesto pensativo.
        Hay que tener mucho cuidado. La gente está muy asustada en el pueblo. – comentó. Tiró el periódico a la basura y se retiró hasta la sala.
Y era verdad lo que dijo.
Por la tarde, cuando salimos los tres, no había tanta gente en la calle; y la poca que deambulaba por las aceras cuchicheaba tanto el hallazgo de la mujer como el suicidio del otro chico apenas un par de días antes.
Ya digo: en la calle no había gente, pero la iglesia durante la misa de siete de la tarde estaba a reventar de personas. El sermón que dio el sacerdote estuvo enfocado al milagro de la vida y al pecado tan grande que es atentar contra este regalo divino. Al finalizar, dio la bendición y todos al unísono nos la pusimos. El padre aseguró que la necesitaríamos.
– Anden con cuidado, la Bestia anda suelta. – dijo, finalizando.
¿Has llegado hasta aquí y quieres más? Date una vuelta por el blog, apúntate a la lista de correo y disfruta de emociones a mansalva si compras alguno de mis librosTengo de todo, ficción, libros para escritores y manuales gratuitos.
 
CAPÍTULO 15. LA CABAÑA

CAPÍTULO 15. LA CABAÑA

 

LA CABAÑA
 
Ximena
 
La casa de Marcos, el panteonero, era una rústica cabaña de una sola planta. Al llegar, era notorio el aroma a estiércol y a ganado que salía desde los establos. No sé si fue buena idea ir con ese chico hasta su casa, ¿qué iban a pensar sus padres? Yo era una persona desconocida y mi apariencia sucia dejaba mucho qué desear.
Traté de recordar lo que había ocurrido, pero lo único que recordaba era el rostro del chico en medio de la fiesta; no recordaba el instante en el que fui arrojada en la carretera. Probablemente la droga que me dio me hizo perder el conocimiento.
Marcos me miró con gesto dudoso justo cuando llegamos a la entrada de su casa. Frunció los labios y luego dijo:
        Mi madre podría hacernos preguntas incómodas que no quiero responder. Te dejaré entrar al cuarto de mi hermana: ella ya no vive aquí. En su habitación hay baño con agua tibia y puedes usar algo de la ropa que ella dejó en el armario. Debemos entrar sigilosamente… – susurró, como si estuviéramos cometiendo un crimen.
Abrió la puerta silenciosamente y nos metimos de lleno en la cabaña donde imperaba un olor a vainilla. En la lejana cocina se escuchaba alguien cocinando. La voz de una mujer mayor surgió de inmediato:
        ¿Marcos, eres tú?
        Sí mamá, se me olvidó algo… – gritó el chico mientras me tomaba de la mano y me empujaba hacia una habitación contigua. Cuando estuvimos adentro, cerró la puerta delicadamente volteando a verme; señaló el baño y luego al armario; volvió a salir dejándome a solas.
Me di un suave baño con agua tibia y puse mi ropa sucia en una bolsa negra. En la ducha aproveché para revisarme el cuerpo; al parecer no tenía ninguna herida superficial y no tenía ningún malestar físico, salvo el dolor de cabeza y el mareo ya casi inexistente. Me traté de tranquilizar (aunque en realidad estaba temblando) y respiré profundo; agradecí por estar viva. Con la toalla alrededor del cuerpo salí del baño y empecé a buscar alguna prenda que pudiera quedarme. Había pantalones de mezclilla y unos vestidos pasados de moda; me puse uno de los primeros y una blusa de florecillas. Me hice una sencilla cola y luego entreabrí la puerta. Allí estaba Marcos, esperándome. Me dio una ojeada y abrió la puerta por completo; señaló la salida y comenzó a caminar en silencio.
        Ya me voy, mamá. – gritó.
        Te agradezco lo que hiciste. – le dije ya cuando estábamos demasiado lejos de su casa como para que nos oyesen.
        No es nada. – contestó fríamente; tan helado como el clima de aquel día.
        ¿Por qué me ayudaste? Casi ni me conoces. – susurré.
        No es usual encontrar chicas bonitas tiradas en la carretera por las mañanas. ¿Qué fue lo que te pasó? – sentí algo en mi estómago cuando dijo bonitas.
        Al parecer me drogaron o algo así. – anduvimos por una vereda que atravesaba campos de cultivo. Villa Dorada cada vez estaba más cerca; el ruido de los coches en la carretera próxima era opacado solamente por el cántico de las aves matutinas sobre los árboles.
Marcos se giró a verme con incredulidad.
        ¿Te drogaron?
        Bueno, es una historia que ni yo tengo clara…– seguí caminando, sin detenerme a pesar de que él se había quedado de pie. Lo único que quería era llegar a mi casa. Ya tenía la excusa perfecta: Alexa me había dicho que me quedara a dormir con ella. Claro que Alexa nunca me hubiera pedido eso, pero mi mamá no sabía que prácticamente Alexa me odiaba.
        Lo bueno es que estás bien. – musitó y me alcanzó.
        No debería estar aquí. Debo llegar pronto a casa. – y apreté el paso por el terreno lleno de verdura.
Eran finales de junio, y con los aguaceros caídos no había semilla que se quedase bajo tierra. Verde era todo; desde el suelo hasta el aire. Los cedros resplandecían de vida y de sus cortezas salía la resina que algunos pobladores utilizaban para hacer remedios contra varias enfermedades.
El resto del camino fue en completo silencio, hasta que arribamos a las primeras calles de Villa Dorada.
        Bueno, te agradezco lo que hiciste por mí. – le dije a Marcos volteándolo a ver. Sus ojos negros se impactaron en mi rostro.
        Debes tener más cuidado. – contestó él.
        Lo haré, gracias… hasta pronto. – y me alejé.

 

        ¡Claro! Algo me dice que nos veremos muy pronto. – sonó como una amenaza.

 

¿Has llegado hasta aquí y quieres más? Date una vuelta por el blog, apúntate a la lista de correo y disfruta de emociones a mansalva si compras alguno de mis librosTengo de todo, ficción, libros para escritores y manuales gratuitos.
 
AMADA MÍA

AMADA MÍA

La distancia dejó hace mucho
de ser un obstáculo para amarnos,
aprendimos a compensar con calidad
los días que no podremos recuperar,
a desnudar y explosionar en una noche
todas las fases de la luna,
a recuperar con cada amanecer
la tentación de alcanzar los nuevos retos,
a saciar sin compasión
nuestra sed de besos y deseos.
Hemos buscado encontrar en la voz,
un poco en las palabras y siempre
en un mismo cielo que nos cobija,
la fuerza de los detalles, del ensueño,
el encanto de los sonidos y susurros
provocados en los momentos únicos,
la magia de las sensaciones y
el vendaval de la inspiración
que llega y se desborda contigo
en cada instante compartido.
Ambientar por ejemplo un abrazo cálido
y un beso que acaricie tus pestañas en fuga,
tiene el compromiso de hacerte volar,
como cuando juntos reinventamos el tiempo,
delirando con la caricia que llega nueva,
a descubrir paisajes de ensoñación
y manjares exquisitos,
tiene la urgencia de sentir aquellos
te quiero. sin sonido y con tanta fuerza
que soñar pareciera innecesario.
Hablarte, escribir o soñarte siempre,
son las armas para enfrentar el tiempo:
impasible y definitivo,
espacio irreducible que angustia,
que pretende corroer la memoria,
más inútil su esfuerzo,
porque nuestro amor crece incesante, vive
y se nutre aún más con las expectativas
de los días y de cualquier espacio

 

para agigantarse, porque es eterno.
¿Has llegado hasta aquí y quieres más? Date una vuelta por el blog, apúntate a la lista de correo y disfruta de emociones a mansalva si compras alguno de mis librosTengo de todo, ficción, libros para escritores y manuales gratuitos.
 
CAPÍTULO 14. UN DESCONOCIDO

CAPÍTULO 14. UN DESCONOCIDO

UN DESCONOCIDO
 
Ximena

Yo asistí a la fiesta de Alexa. Les pedí permiso a mis padres y tras acceder, corrí a mi habitación para prepararme.

Sí; y asé que no le caía bien a Alexa, y también era consciente de que no tenía grandes amigos en el bachillerato con los cuales reunirme en el festejo; pero era mi oportunidad de encajar en Villa Dorada.

Aunque fuese muy tarde (y al último momento) yo trataría de encajar.

Me puse un pantalón entallado color vino, unos tenis negros y una blusa holgada también negra. Me hice unos tirabuzones en el cabello y me maquillé sutilmente. No iba demasiado guapa, pero no me veía tan mal.

Caminé hacia la casa de Alexa esquivando los charcos de agua acumulados en calle. De lejos vi a Matías caminando.

        Matías. le hablé. Volteó y sonrió.

        Hola, Ximena. ¿Vas a ir con Alexa? – asentí. Pude ver en su rostro una expresión de incertidumbre: ¡hasta él sabía que Alexa no se llevaba muy bien conmigo! – ¿Y dime, has pensado en eso que te dije acerca del mensaje de Diego?
        La verdad sí, pero no sé… Yo no me atrevería entrar a casa de Diego sólo para averiguar si posee esos libros. Claro, para hacerlo tendríamos que hablar con sus padres y…
        Mira, tampoco te estoy diciendo que vayamos a su casa. – sonaba molesto–. Sólo era una idea que se me ocurrió, es todo. Disculpa, me tengo que ir… pero si ves algo raro de nuevo en el perfil de Diego, pues me dices. – y se alejó. Antes de avanzar más de tres pasos, se giró a verme y sonrió –. Ah… y que te lo pases bien en la fiesta.
Seguí andando hasta la casa de Alexa con las palabras de Matías en mi mente. Últimamente él se había convertido en una especie de confidente: no un amigo, un confidente. Para ser amigos creo que nos faltaba mucho.
Esa noche, la casa de Alexa estaba perfectamente iluminada: las luces blancas de la entrada contrastaban con el color caqui de la cuasi mansión. Desde la parte trasera llegaba un ensordecedor ruido a músico y a carcajadas. Seguí caminando por la acera hasta que llegué al jardín donde pude apreciar personas bailando como posesas. Había un DJ sobre una elevada tarima y, al fondo, una mesa llena de bebidas y golosinas. Los asistentes eran en su mayoría personas de Villa Dorada; aunque algunos de los invitados eran desconocidos para mí.
El ambiente estaba casi oscuro, opacado solamente por las luces neón que salían de algún lado. Me escabullí en esa oscuridad y pasé desapercibida. Entre los asistentes, encontré algunos de mis ex compañeros que ya estaban demasiado ebrios; otros vomitaban en los arbustos bien podados de Alexa, salían a la calle a orinar o simplemente bailaban con desconocidos.
Había un par de hombres besuqueándose cerca de mí, ambos se tocaban los glúteos con amplio deseo. A decir verdad, yo estaba disfrutando ese momento. ¡Me encantaba ver la miseria en la que se habían convertido las personas!
Busqué a Alexa pero no la vi por ningún lado; ni siquiera estuvo presente cuando una chica se subió a una silla y en medio de la pista de baile empezó a desvestirse. Acabó con el vestido desgarrado y el cabello mojado por la cerveza que algunos chicos lanzaron al aire.
Fui hasta la mesa de golosinas y agarré un paquete de cacahuetes. pocas miradas se posaron sobre mí y me vieron como bicho raro.
Podía oír sus murmullos: ¿Qué está haciendo ella aquí?
Y entonces, me metí a la pista de baile para acoplarme al ambiente.
Encontré un par de chicas de primer año de bachillerato que probablemente habían venido como yo: sin invitación. Me les acerqué y fingí estar bailando con ellas.
Casi al momento se había marchado un círculo colectivo de baile: «Mueve la colita, mamita rica…», decía la letra de la canción que todos al unísono empezaron a bailar.
Pero si el ambiente estaba demasiado vivo para las once de la noche; cuando sonó el payaso de rodeo todo mundo gritó y alzó las manos al cielo, como intentando tocar las estrellas o por lo menos arañarlas. Yo era de ese grupo. Al fin me sentía encajada en un círculo social, aunque todos a mi alrededor despidieran un olor agrio a cerveza.
Y la coreografía terminó como empezó: con aplausos y vítores.
Sentí unas manos sobre mi cintura e inmediatamente me di la vuelta. Había un chico mucho mayor que yo mirándome; sus ojos rojos me indicaron que estaba bajo el influjo de la marihuana, pero sonrío; y esa sonrisa iluminó mi nombre.
        ¿Quieres beber algo? – me ofreció un vaso de unicel con tequila en su interior.
Creo que era tequila. Al menos eso parecía.
Sin pensarlo dos veces, me lo tomé. El chico rió ante tal atrevimiento.
Para mí, era el muchacho más guapo que había visto en mi vida.
¡Al diablo, Diego!
Este lo superaba en demasía.
O bueno, al menos eso alcanzaba a notar.
Empecé a sentirme adormilada. El chico intentó besarme y me aparté.
        ¿Cómo te llamas? – preguntó con voz grave mientras sonaba una canción de cumbia.
        Ximena. – dije, riendo como estúpida.
        ¡Qué lindo nombre! Soy Fernando… vivo en la capital. – expresó él tomándome de la mano y tirando de mí hacia la pista de baile–. ¿Te gustaría bailar? – preguntó ya empezando a moverse.
Sin siquiera responderle, acepté. Y bailamos unos cuantos minutos más hasta que el DJ anunció que la próxima canción sería la última. Hubo un abucheo tumultuoso y la última canción empezó.
Después de cinco minutos, me disponía a regresar a mi casa, pero Fernando me interceptó.
Me sentía mareada y en un estado de irrealidad que no podía concebir.
        ¿Te puedo llevar a tu casa? – se ofreció, muy amablemente.
        Mmm… no vivo lejos como para necesitar un aventón. – SÍ VIVÍA LEJOS, pero no quería molestarlo.
Desde mi estómago nació un fuerte deseo por vomitar.
¡Oh, Dios! ¡Mi papá me mataría!
Di traspiés y estuve a punto de tropezar. Pero no lograba entenderlo: no había bebido demasiado.
        Anda, yo te llevo. – y me tomó de la mano conduciéndome hacia un coche deportivo color rojo. Me metí a trompicones al lugar del copiloto y luego él fue hasta el del conductor.
Se escuchó una suave risa viniendo de él y encendió el estéreo cuando por fin estuvo dentro; sonó un narco corrido y en ese momento me pregunté: Ximena, ¿al coche de quién te has subido? Sin embargo, empecé a reír como loca.
Lo más extraño es que ni siquiera me preguntó dónde estaba mi casa.
Recuerdo que detuvo el coche en un paraje extraño y empezó a tocarme. Yo quería apartarme, pero mis brazos no respondían. Si hubiera sido un poco más consciente, me habría dado cuenta de que la bebida que ese chico me dio contenía algún tipo de droga que me durmió el cuerpo.
Y allí estaba él: aprovechándose de la situación. Traté de gritar, pero nadie me escuchó. Sólo sentía las lágrimas escurriendo por mis mejillas y oía muy difusamente sus jadeos mientras me violaba al ritmo de música de banda.
Y luego, no supe nada más.
Lo último que recuerdo es que al despertar, no estaba en mi casa; ni tampoco en el pueblo.
Desperté adolorida y con un fuerte dolor de cabeza.
Toqué a mi alrededor y me dí cuenta de que sí: ¡estaba tirada en el suelo! Mejor dicho: en una zanja de esas que bordean las carreteras. Mi vestido estaba desgarrado y mi cuerpo todo enlodado. Traté de incorporarme y me di cuenta de que estaba a orillas de la carretera que conectaba a Villa Dorada con la capital. El bosque a mi alrededor parecía sacado de una película de terror. La cabeza me empezó a dar vueltas; estaba aterrada y completamente extrañada. Por un momento pensé que era un sueño, pero luego me llegó el golpe de realidad.
¿Cómo había llegado hasta allí?
Me puse de pie, tambaleante e inestable. Había una neblina que cubría parcialmente la carretera y el aullido de las alimañas del bosque era muy perceptible. Estaba tiritando de frío y extrañado por haber despertado a las afueras de Villa Dorada.
¡Mamá! ¡Papá! Ellos estarán muy preocupados. No quería ni pensar en el regaño que me darían.
        ¿Estás bien? – preguntó una voz desde el otro extremo de la carretera. Enfoqué mi vista y me di cuenta de un hombre que salía de un sendero cercano. El rostro se me hacía conocido–. ¿Qué estás haciendo aquí? – era el panteonero. Me miró con el ceño fruncido y estudió mi apariencia.
        No lo sé. – chillé. Me toqué el cuerpo y parecía sana, al menos no tenía heridas superficiales–. Sí, estoy bien…– titubeé.
El hombre traía una pala llena de algún líquido rojo que no quería pensar que fuese sangre. Cargaba una mochila de la que sobresalía una tela negra.
        Tengo que ir a casa. – dije.
        Pero no puedes ir en esas condiciones. – respondió él–. Si quieres te llevo a mi casa para que te cambies. – dijo sombríamente.

 

Y fui con él.
¿Has llegado hasta aquí y quieres más? Date una vuelta por el blog, apúntate a la lista de correo y disfruta de emociones a mansalva si compras alguno de mis librosTengo de todo, ficción, libros para escritores y manuales gratuitos.