CAPÍTULO 24. QUIÉN ES DAWN

CAPÍTULO 24. QUIÉN ES DAWN

SESIÓN

Ximena

—Para empezar, me gustaría hacerte una pregunta —comentó la psicóloga tomando su lugar frente a mí. Yo estaba sentada en un cómodo sillón negro mientras la mirada de la mujer de treinta años me estudiaba con detenimiento. Dos metros de distancia nos separaba. Sobre sus piernas descansaba un bloc de notas en el cual (suponía) anotaría todo lo que yo le fuera diciendo.

Mi mamá había insistido en que viniera a una sesión con la única psicóloga de Villa Dorada. Según ella, yo estaba muy traumada con la muerte de Diego y con su ausencia.

De inicio, me había mostrado muy en contra de asistir: yo no estaba loca. Quizá mi subconsciente estaba un poco enganchado con el tema de la muerte de Diego, pero conscientemente estaba bien.

El consultorio de la psicóloga olía a aerosol de manzana-canela. Había estantes con juguetes (probablemente para niños pacientes) y libros sobre psicología de autores que no podía pronunciar. Por la pared estaban esparcidos los múltiples diplomas que la mujer había adquirido.

—¿Crees tú en la psicología? —esa era la pregunta de la mujer, ¡un poco rara para empezar!

Realmente no sabía qué contestar.

—Creo que la mente puede ser peligrosa en algunos casos.

—Entiendo —dijo, asintiendo con la cabeza—. Tu madre, cuando agendó una cita conmigo, que explicó de algunas cosas que has manifestado últimamente. Me refiero a la muerte de este chico… Diego.

—Sí —me mordí el labio. No sabía qué responder ante ello.

—Muy bien: ese será el tema central; pero a lo largo de las sesiones también hablaremos un poco sobre tu ámbito familiar y personal. Mientras tanto, ¿me quieres hablar acerca de la relación que tenías con ese chico? —la miré con dudas—. Debo poner muy en claro que todo lo que digas aquí será completamente confidencial. Los psicólogos debemos tener una ética para escuchar a nuestros pacientes y guardar lo que ellos nos cuenten; sobre todo, no juzgar y comprender la situación de cada persona. En este sentido, me gustaría que te expresaras con total confianza y seguridad. Veme a mí como a una amiga. ¡Yo seré tu amiga! —dijo, serena.

Esas palabras me dieron mucha seguridad para relatar todo aquello que había vivido junto a Diego; desde la infancia, hasta los últimos días de su vida donde ni me dirigía la palabra. Obviamente le relaté mi relación sexual y el sentimiento de cariño que experimenté por él desde ese momento hasta la fecha. Ella anotaba en su libreta absolutamente todo lo que le contaba y constantemente hacía preguntas reiterativas para confirmar la información. Mi narración duró alrededor de una hora. Me intrigaba saber qué cosas apuntaba; quizá solo fuera palabras clave: sexo, interés, cariño, obsesión…

—¡Muy bien! Veo que pasaste muchas experiencias al lado del chico. Pero, ¿qué representó su muerte para ti?

—No estoy muy segura. En mi interior guardaba la esperanza de que algún día fuéramos algo más que amigos —fui sincera—. Entonces, su muerte era también el final de esa esperanza —sentí un nudo en la garganta.

—Ya veo —asentía constantemente—. ¿Asististe a su funeral?

—Sí, incluso lo vi en el ataúd; esa imagen sigue grabada en mi mente y a veces sueño con él —mis manos me temblaban sobre el regazo.

—Entiendo… —notó mi nerviosismo—. Antes de seguir con el tema de cómo te sentiste con la muerte del chico, me gustaría que dejáramos en claro algunas cosas con respecto a tu relación con él. Esto no solo me ayudará a mí a conocerte más, también servirá para que tú las tengas claras y tu subconsciente no te juegue malas pasadas —dejó el bloc de notas a un lado de ella—. Por lo que sé hasta ahora: él te gustaba… y quizá le gustaste un poco, pero ¿él te quería realmente? Hablo de un sentimiento, no de un simple impulso.

—Creo que no —sentí tristeza al afirmar eso.

—Bien. Ahora, ¿por qué te aferraste a él, aunque no había un sentimiento recíproco? —inquirió.

—Él me dio lo que ningún chico me había dado.

—¿Qué cosa?

—Atención… seguridad, quizá. Hubo un tiempo en que preocupaba por mí y estaba atento a cuanto hacía. En ese momento pensé que lo nuestro sería fructífero. Él mostraba un interés hacia mí, y eso no lo había tenido nunca con nadie más…

—¿Y no querías perder esa atención que él te había brindado?

—C… creo… creo que sí —balbuceé.

—Entiendo —anotó algo más—. ¿En ese lapso, algún otro chico se acercó a ti?

—No —y si se había acercado alguien, no lo sabía; había estado obsesionada un poco con recuperar la atención de Diego que me olvidé del resto de las personas, hasta de mí misma.

—¿Y qué tal hoy? ¿Hay algún chico? —quiso saber.

—No… no estoy segura —estaba Matías… y el panteonero… ambos eran los únicos dos chicos con los que había mantenido una conversación, pero ¿tanto como un coqueteo? ¡No, para nada! Y ni siquiera pensar en el malnacido que me dejó a orillas de la carretera y que conocí en la fiesta de Alexa. Me había propuesto olvidar ese evento.

La mujer guardó unos segundos de silencio y me miró de forma apacible.

—¿Cada cuánto visitas el panteón? —notó mi rostro de incertidumbre, ¿cómo podía saber esa información? —Me lo contó tu madre —parecía leer mi mente.

Puse los ojos en blanco. ¡OH, MAMÁ!

—Cuéntame… —susurró ella.

—Voy a visitar a Diego al menos tres veces por la semana —confesé. Esa cifra también me sorprendió; cualquiera pensaría que estaba completamente mal del cerebro.

—Me llama la atención las palabras que usaste: voy a visitarlo. ¿Estás consciente de que no vas a visitarlo a él? —di un débil asentimiento—. Déjame decirte algo: tú vas a su tumba, pero ya no lo visitas a él… —apuntó ella—. Lo que estás visitando es el lugar donde están sus restos físicos. Diego dejó este mundo el día en que decidió quitarse la vida. Ese lugar ya no guarda la esencia del chico que tú conociste: llámese alma… o como quieras. Ese lugar es solo un recuerdo de que alguna vez existió Diego en la Tierra, pero él, no va a volver —fue tajante.

—Pues entonces quiero retener ese recuerdo de su existencia conmigo —solté una lágrima. Ella se acercó y me entregó un Kleenex.

—Ambas sabemos que eso no es lo correcto. Sí, cuando una persona muere es difícil soltarla, por todas aquellas experiencias que se vivieron. Pero ahora, esas experiencias se convertirán en recuerdos que siempre estarán en tu mente y que posiblemente te saquen una sonrisa. La clave de todo esto es entender que esa persona no va a volver. Suena duro; ¡y lo es! Pero hay que afrontar la realidad. No debemos crear fantasías, ni buscar cosas donde no las va a haber.

—Sé que el duelo es natural en la muerte… pero yo no puedo apartarlo de mi mente —lloré aún más.

—¿Has tenido contacto con sus padres después del fallecimiento? —negué—. Creo que te hará sentirte mejor hablar un poco con ellos, ya que han vivido el mismo dolor. Escucha: este tema es extenso y nos va a dar para varias sesiones… —añadió mirando la hora —por hoy quiero que empecemos a cerrar ese ciclo con respecto a tu relación con Diego. Va a ser tardado, pero se puede lograr con decisión. Es por tu bien.

—Bien —perdí la mirada en el suelo.

—¿Te parece correcto que nos veamos la siguiente semana? —asentí y caminé rumbo a la salida—. Perfecto; a la misma hora… ¡Que tengas buena noche! —salí del consultorio respirando aire fresco.

Ya pasaba de las nueve de la noche, las calles de Villa Dorada estaban solitarias con la débil lluvia que caía. Mi casa estaba por lo menos a diez manzanas. Me oculté bajo la capucha de mi sudadera y empecé a andar, con el temor de que alguien a esa hora me fuera a interceptar y asaltar. Varios pensamientos navegaban en mi mente, como piratas errantes que no me dejaban tranquila.

Era imposible no recordar el peligro que viví la noche de la fiesta, con aquel chico desconocido que me había dejado en un paraje a las afueras del pueblo. Afortunadamente mis padres se habían creído la mentira, pero si algo me hubiera pasado…

No, no quiero ni pensarlo…

Caminé en completo silencio y con un castañeteo de dientes provocado por el frío que descendía de los cerros. Cuando faltaban dos manzanas para llegar a mi casa, justo en la esquina, una persona chocó conmigo. No supe quién era, pero al igual que yo, llevaba una capucha que lo cubría. Giró el rostro hacia mí y me di cuenta de que era una chica; lo noté no solo por el pintalabios morado, sino por el cabello que sobresalía de la gorra. Avanzó a trompicones sobre la acera sin siquiera disculparse por el choque. Luego, empezó a correr sin ninguna razón aparente.

La gente de Villa a veces era rara, pero esa chica nunca la había visto por aquí.

Durante el camino restante a casa estuve con la sensación de que alguien me seguía. Al llegar al porche me giré al fin, había una sombra, ocultándose tras un poste de electricidad, pero mirándome atentamente. Podía inclusive notar el brillo de sus ojos posados en mi cara. Acto seguido, se escabulló corriendo mientras su pelo ondeaba en medio de la lluvia.

Era la misma chica y me había seguido hasta mi casa.

¿Por qué?

CAPÍTULO 23. QUIÉN ES DAWN

CAPÍTULO 23. QUIÉN ES DAWN

DESAPARECIDO

Víctor

Cuando desperté, lo primero que hice fue conectarme a Facebook para enviarle un mensaje a Dawn. No estaba disponible; su última conexión había sido seis horas antes, sin embargo, le mandé un mensaje saludándola.

El resto de la mañana la pasé ordenando un poco la casa. Mi padre estaba borracho (de nuevo) en la sala, donde imperaba un olor muy desagradable.

Desayuné en un puesto de quesadillas y luego me fui a sentar a la plaza un rato. En los próximos días buscaría un empleo, pero por el momento disfrutaría de unos cuantos días de vacaciones. Me compré un helado de limón y a eso de las dos de la tarde encontré a Matías caminando desde la iglesia. Venía con su madre. Me miró y se despidió de su progenitora para caminar a mi dirección.

—¿Vienes de misa? —le pregunté con sorpresa.

—No. Mi mamá quería dejarle unas flores a la virgen —se sentó a mi lado—. Le pidió porque los suicidios se detuvieran.

—Mmm… no creo que la virgen pueda ayudar mucho —comenté sin pensarlo. Matías paseó su mirada entre los árboles que rodeaban el lugar.

A pocos pasos de nosotros, un ventarrón de aire le arrebató los globos de helio a un vendedor. El hombre intentó alcanzarlos, pero estos ascendieron cada vez más.

—¿Cuándo te vas a mudar a la capital? —quise saber. Cuando él se fuera me iba a sentir un poco solo. Matías había sido mi único amigo desde la secundaria aproximadamente.

—Aún falta más de un mes para que empiecen las clases en la universidad —confesó—. Supongo que a principios de agosto mi iré de Villa Dorada. Pero, digamos que no me iré del todo; estaré viniendo los fines de semana a visitar a mis padres. ¿Ya conseguiste empleo?

—La próxima semana empezaré a buscar —dije.

Su teléfono vibró con insistencia y contestó una llamada. Desde el otro lado de la línea se escuchaba la voz de una chica.

—Sí… entiendo… —comentó Matías con la mirada perdida—. Entonces espero que pronto regresen de viaje y podamos pedirles permiso para entrar.

Colgó la llamada y se giró a verme.

—¿Qué estás tramando? —le pregunté ocultando una risotada.

—Nada —fue tajante.

—¿Andas con Ximena?

—No… —se sonrojó—. Solo estamos investigando algo.

—Entiendo —y me reí—. ¿No crees que ella está un poco loca?

Sus ojos me miraron con ansia asesina. Sacó su teléfono y se perdió en él; hice lo mismo, tan solo para comprobar que Dawn no se había conectado.

—Ayer me envió solicitud alguien que te tiene agregado —me dijo. Me mostró su teléfono y vi la solicitud de amistad de Dawn. Ella le había enviado solicitud a mi mejor amigo—. ¿La conoces? —Quiso saber.

—Eh… sí. Solo la agregué por curiosidad. Tiene a muchas personas de Villa Dorada entre sus amigos —añadí.

—Mmm… pero no la conozco. ¿No es un poco peligroso agregar personas desconocidas? Prácticamente les estás abriendo la puerta de tu casa.

—¡No exageres! —me burlé—. No es para tanto. ¡Es solo Facebook!

—Bueno, aún así dudo en aceptarla. Se ve guapa, pero…

—Pero, ¿qué?

—Sus fotos se ven artificiales. ¿No es una cuenta falsa? —inquirió.

—No creo. Ya cuando la tienes agregada se desbloquean otros álbumes donde hay más fotografías de ella. Claramente es quien dice ser —elevó las cejas y guardó su teléfono.

Estuvimos en silencio un par de minutos hasta que vimos que un coche perteneciente al ayuntamiento publicitaba una magna conferencia en el teatro del pueblo. La futura charla se trataría sobre el suicidio, sería impartida por un psicólogo de la universidad nacional.

—Deberíamos asistir —sugirió Matías con interés. Sonó más como una pregunta que como una afirmación.

—No creo. Yo no tengo tendencias suicidas —señalé.

—¿Al menos sabes qué tipo de indicios dan lo suicidas? —Preguntó sabiondamente.

—Tienen pensamientos constantes sobre la muerte; regalan sus objetos a las personas cercanas, se alejan un poco de lo que antes les gustaba hacer, ven otro tipo de contenidos en la televisión y empiezan a despedirse de algunas personas —comenté.

—Parece que alguien leyó el folleto que repartió el personal del Centro de Salud —ambos reímos.

—Ja, ja, ja… pues, estaba interesante —el atardecer poco a poco llegaba.

En ese momento una mujer joven se nos acercó. Estaba llorando; sus ojos lucían inyectados de sangre y le temblaban las manos. Cargaba un puñado de hojas blancas que algunas personas más pegaban en los postes de electricidad y en las paredes.

—Muchachos… —empezó a decir con voz temblorosa. Le dio a Matías una de esas hojas —¿no han visto a mi hijo? —miré la hoja blanca. En el centro estaba impresa la fotografía de un chico con el uniforme de la secundaria de Villa Dorada. Con enormes letras negras se apreciaba un encabezado trágico: DESAPARECIDO.

—Por favor, ayúdenos a encontrar a mi hermano —pidió una muchachita de ojos azules.

—Él es mi hijo. Desapareció hoy por la mañana —la mujer soltó una lágrima—. Lo hemos buscado por todo Villa Dorada y hasta en Torres de Alicante, pero no lo encontramos aún. Les rogaría que me dieran alguna información si es que lo han visto. ¡Estamos desesperadas por hallarlo!

—Lamentamos no poder ayudar… —contestó Matías, absorto.

La mujer soltó un lastimero gemido.

—Si saben algo de él, o si lo ven en las próximas horas, les ruego que llamen al número que viene en la hoja impresa —y se retiró, envuelta en un mar de lágrimas.

—Lo vimos meterse a su cuarto al anochecer, pero al amanecer ya no estaba en su habitación. Creemos que escapó, pero no sabemos a dónde —leyó Matías la breve descripción que estaba en la hoja. Me la dio y aprecié la fotografía del (prácticamente) niño.

—No lo conozco, ni de vista siquiera —dije.

—Yo sí. Su padre fue mi maestro en la primaria. Pero, ¿a dónde iría?

—Seguramente de fiesta con sus amigos —traté de sonar gracioso, pero en realidad había sonado muy tonto.

—No todas las personas de Villa Dorada son como Alexa —apuntó de mala gana.

Guardó el número telefónico en su móvil, solo por si acaso; y yo hice lo mismo. Seguramente lo encontrarían al cabo de unas horas y todo sería solo un susto pasajero.

Me despedí de mi amigo y caminé rumbo al gimnasio al aire libre para hacer mi rutina diaria.

Al llegar a mi casa revisé Facebook, pero Dawn seguía los recibía. Seguramente estaba ocupada en su trabajo, o en cualquier otra cosa que hiciera. A decir verdad, me estaba empezando a preocupar.

Me dormí con una rara sensación de inquietud, no por el chico desaparecido, sino porque extrañaba a Dawn. Siéndote sincero: me gustaba hablar con ella. Probablemente, como yo, había muchos chicos: locos por Dawn y sin dejar de pensar en ella.

No quería aceptarlo, pero me estaba enamorando poco a poco de Dawn Walker.

QUIÉN ES DAWN. CAPÍTULO 22

QUIÉN ES DAWN. CAPÍTULO 22

CONTACTO

Estaba muy tranquila acostada en el césped cuando Caterina llegó a mi casa. Traía cara de no haber dormido en varias noches y me saludó sin ganas.

—¿Qué pasa, bebé? —le dije, burlándome de su estado.

—Alexa… —balbuceó sin ganas y se tiró en el césped al lado mío—. He pasado unos días muy malos.

—¿Por qué? No hace ni una semana desde la última vez que te vi y estabas bien en ese momento.

—Sí, pero me he sentido realmente mal: me da fiebre y sudores nocturnos —suspiró.

—¡Estás teniendo sueños húmedos! —me reí nuevamente.

—Alexa, hablo en serio. ¡Me siento muy mal! —sonaba enojada.

—Bueno, perdón… ¿Ya fuiste al médico? —negó con la cabeza—. Pues debes hacerlo, querida.

—No sé si me estoy sugestionando, pero he investigado en internet y todos los síntomas concuerdan con una sola enfermedad —comentó.

—¿Y cuál es?

—VIH. ¿Te imaginas qué horror?

—Oye… —me incorporé y la miré directamente a los ojos —debes tranquilizarte, muchas veces en internet hay una innumerable cantidad de información falsa. Además, ¿con quién has tenido relaciones? La única vez fue hace dos semanas en la fiesta que organicé aquí, y me dijiste que te habías protegido —dije.

—Creo que el preservativo se rompió —confesó con pesadez.

—Oh, Caterina; pero no debes sugestionarte de esa manera. En todo caso, deberías hacerte una prueba para confirmar tus sospechas —y una lágrima deslizó por su mejilla.

A veces me dolía verla llorar. Nosotras no estábamos acostumbradas a ser débiles. Usualmente Caterina era alegre y había una sonrisa cubriéndole el rostro. Ahora, en cambio, me mostró a una Caterina totalmente rota.

—Debo esperar tres meses para hacérmela —lloró—. Alexa, ese día estaba muy ebria y no podía pensar con claridad. Ni siquiera conocía al chico, él probablemente no era de aquí y tampoco le pregunté de dónde venía. Es más: ¡ni su nombre sabía!

Su voz le temblaba; podía sentir su tristeza en carne propia. Los vellos de los brazos se me erizaron ante la información que me dio. Recordé a Alexis y lo que habíamos hecho ambos en mi habitación.

—Mira, solo estás pensando cosas improbables. Por lo que sé, el VIH no presenta síntomas y muchas veces la mente juega malas pasadas. Debes estar tranquila y relajarte. Espera tres meses, te haces la prueba y verás que todo está bien —por primera vez había dicho algo que realmente ayudaba a alguien.

—¡Ya sé! Hagamos algo para animarte… —aplaudí y di saltitos en el aire. La ayudé a ponerse de pie y le di un abrazo—. ¿Recuerdas cuando estábamos obsesionadas por encontrar la carta póstuma de Diego?

—¿Cómo olvidar? —río—. Estábamos muy convencidas de que había dejado algo en su habitación. Lo más extraño fue aquella sombra que vimos en la calle, ¿recuerdas? Nunca supimos de quién se trataba.

—Ah, un borracho seguramente. Y sí: es una lástima que no hayamos encontrado nada interesante—. Puse cara triste—. Pero ahora tenemos que divertirnos de otra manera —solté una carcajada.

—¿Cómo?

Y la llevé hasta mi habitación. Rebusqué en la maleta que me había llevado de vacaciones a Cancún, hasta que encontré aquello que le iba a mostrar a Caterina.

—Mira esto —era una pequeña caja de madera con dados que en lugar de números, tenían letras. En total eran catorce dados, todos ellos con una letra distinta en cada cara. La caja en la venían estaba adornada con inscripciones en latín y dibujos de ángeles y demonios en una eterna batalla entre el fuego y las nubes.

Era, en definitiva, un escenario apocalíptico totalmente improbable.

—¿Qué es, Alexa? —tomó uno de esos dados y lo estudió con detenimiento.

—Los compré en una tienda de curiosidades de Cancún. Son menos peligrosos que la ouija, pero sirven para el mismo fin: contactar con los muertos —y celebré bailando alegremente—. La dinámica está en arrojarlos al suelo y encontrar palabras ocultas en las letras que hayan salido aleatoriamente. Es simple, ¿no crees?

—Es un poco loco, pero suena muy interesante —puso los ojos como platos y su boca se abrió completamente.

—Lo sé, lo sé… —le arrebaté el dado y lo regresé a la caja, junto con los otros—. Ambas sabemos que estás más emocionada que yo.

Para el atardecer estábamos en el cementerio.

Buscábamos la tumba de Diego entre el mar de sepulturas. La mayoría de las tumbas estaban coronadas por estatuas religiosas y cruces. Aproveché la visita para saludar a mi abuelo en el mausoleo y le dejé una rosa blanca al pie de la fotografía que coronaba su sepulcro. Enseguida, deambulamos por las tumbas de los recién llegados al panteón. El aire olía a veladoras y tierra mojada.

Al cabo de unos minutos, dimos con la tumba de Diego y nos alegramos de que el panteonero anduviera un poco lejos, cortando la maleza.

—Alexa, esto es muy extraño —comentó Caterina, excitada.

—¡Vamos! Será muy divertido… —aseguré pasando la mano por el mármol que habían colocado en la sepultura de Diego.

Ambas nos sentamos en una orilla de la tumba, dejando un espacio intermedio en el cual tirar los dados. Conectamos nuestras miradas e hice la primera pregunta:

—¿Diego, está aquí con nosotras?

Tiré los dados y luego busqué alguna palabra. Nada. Segundo intento con la misma pregunta y el mismo resultado. Tercero, e igual.

—Alexa, creo que esto no funciona. Mejor debimos traer una ouija, quizá a un espiritista o una bruja para que tuviéramos un contacto más certero. ¿Ya te conté de las tendencias hechiceras que tiene mi tía-abuela? —susurró de mala gana, casi enfadada. Miraba constantemente a nuestro alrededor en la búsqueda de alguna presencia que pudiera estarnos vigilando.

Puse los ojos en blanco.

—Ahora las brujas somos nosotras —le guiñé un ojo y tiré los dados por cuarta vez.

Claramente había un SÍ formado en el centro. Caterina dio un salto y luego se tapó los labios sin despegar la vista de los dados.

—Te dije que las brujas éramos nosotras —susurré entre risillas. El atardecer poco a poco carcomía el ambiente mientras los faros del cementerio se encendían.

—Haz otra pregunta —pidió Caterina sin olor en el rostro.

—¿Diego, nos estás viendo en este momento?

Tiré los dados:

Ambas ahogamos un grito y luego tomé los dados entre mis manos para hacer la siguiente pregunta.

—¿Diego, por qué te suicidaste? —claro, era la pregunta del millón.

Tiré los dados:

NO

—No comprendo —interrumpió Caterina.

—Yo tampoco —¿por qué no había palabras un poco más extensas?

Volví a tirar los dados y me salió el mismo resultado.

—Diego, ¿por qué te quitaste la vida? —insistí, alzando la voz cada vez más.

NO

—Sigo sin entender —musitó Caterina con derrota—. Quizá debas hacer otra pregunta.

—¿Estás viéndonos en este momento?

Grité.

—¿Dónde estás?

DETRÁS

Me giré, pero no vi a nadie, solo una oscuridad que poco a poco se montaba sobre las tumbas.

—Alexa, ¡vámonos ya! —Caterina estaba entre asustada y divertida. Estaba pálida, pero sonreía, quizá de nerviosismo.

—Espera un poco más.

Tomé los dados y los agité nuevamente.

—¿Por qué te mataste? —solicité otra vez.

Un silencio incómodo nos rodeaba, como acechándonos. Solo oía la respiración agitada de Caterina y mi pulso en los oídos. Tiré los dados y en ese momento una voz nos asustó tanto que gritamos.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —era el panteonero, venía acompañado de Ximena que nos miraba extrañada.

—Nosotras… —quiso responder Caterina. Miré a Ximena con el panteonero y empecé a sonreír con malicia, ella esquivó mi mirada.

—Veníamos a ver a un amigo muy cercano —dije yo, sonriendo—. Probablemente, yo era la única chica a la que le hablaba Diego en todo Villa Dorada y realmente sentía un aprecio por él. ¡No sabes cuánto lo extraño! —traté de verme melancólica y fingí dolor llevándome una mano al pecho; Ximena torció los ojos y cruzó sus brazos.

—Creo que no es algo que yo deba saber —respondió el hombre de mala gana—. ¡Ya voy a cerrar el cementerio en unos cuantos minutos! Debéis salir de aquí.

—Enseguida —contesté mostrando una amplia sonrisa. El panteonero se alejó seguido de Ximena.

¡Así que la tontita se había ligado al panteonero! ¡Qué interesante! Pensé.

Vi la última palabra que se había formado justo antes de regresar los dados a su caja:

DAWN

CAPITULO 21. EL TERCER SUICIDIO

CAPITULO 21. EL TERCER SUICIDIO

Matías

El tercero fue un muchacho de veinticinco años. Lo conocía. Bueno, en realidad todo el mundo se conocía en Villa Dorada. Este chico trabajaba en una tienda muy concurrida por la población; él se encargaba de rellenar los estantes cada vez que hacían falta los productos. Por la mañana era usual que estuviera barriendo la entrada a la tienda y que se encargase de bajar las mercancías que llegaban al comercio en camiones desde las distribuidoras de productos.

El chico, al igual que los anteriores suicidas, se había ahorcado. La única diferencia aquí, fue que escogió uno de los árboles del jardín trasero de su casa para colgarse.

Toda la gente de Villa Dorada estaba asustada con la oleada de suicidios sin explicación alguna. ¿Por qué se suicidaban las personas, en especial, los hombres? ¡Este chico fue el tercero en menos de dos meses! Mi madre erróneamente decía que los suicidios eran como una enfermedad contagiosa; y que estaba en el aire, cual virus mortal.

Papá opinaba otra cosa: las personas que se suicidaban estaban mal psicológicamente y no encontraban otra salida a sus problemas más que quitarse la vida. Yo no estaba de acuerdo con ninguna de las dos teorías; probablemente los suicidios solo se tratasen de pura coincidencia y un golpe de mala suerte en Villa Dorada. Sea cual fuese la situación, un espíritu de nerviosismo y miedo invadía a los pobladores.

Estaba sentado en la plaza principal justo en el momento en el que sacaron el féretro de la iglesia del tercer suicida. Las campanas repicaron la próxima misa mientras un mariachi iba acompañando al joven muerto. Había mucha gente en la comitiva; en realidad era un chico que todo el mundo ubicaba.

El féretro era de lámina negra; me acordé de esas cosas que decían sobre los féretros de metal: el cuerpo nunca se descompone y en lugar de desintegrarse se vuelve una masa amorfa de líquido verdoso y carne cocida en los gases.

Se respiraba un aire pesado y denso en todo Villa Dorada.

Justo en el momento en el que me retiraría a casa, Ximena me interceptó; en su mano derecha cargaba un helado de vainilla a medio acabar.

—¡Qué triste! ¿No? – comentó ella terminándose el helado.

—Lo sé. ¿Qué está pasando en Villa Dorada? – fruncí el ceño.

—Apenas van a hacer dos meses de lo de Diego y ya hay más muertos en todo el pueblo que en cualquier otra época del año. – acotó ella sentándose; la acompañé mientras el cielo comenzaba a oscurecerse por las grisáceas nubes cargadas de lluvia.

—Eso parece. Pero, hablo en serio: ¿qué crees que esté pasando? – la miré mordiéndome el labio inferior.

—Yo creo que es una extraña moda. – añadió–. Seguramente vieron a alguien que lo hizo… o es un reto… ya sabes, esas cosas que a veces salen en internet.

—No creo que sea una especie de desafío.

—¿Sabes algo? – me miró con extrañeza–. Mi tía, una hermana de mi padre, dice que no soporta venir a Villa Dorada.

—¿Por qué?

—Ella dice ver personas colgadas en los árboles a nuestro alrededor. – y señaló a los fresnos que bordeaban la plaza principal–. Cuenta que durante la revolución, Villa Dorada fue un refugio insurgente y que de alguna forma llegaron los soldados a ahorcar a todos sus enemigos, justo aquí, en la plaza. Si tomamos en cuenta esto, Villa Dorada está marcada por la sangre de cientos de ahorcados.

—Me parece haber escuchado algo de eso… pero hay muchas leyendas en torno a Villa Dorada. No creo que debamos tomárnoslas enserio. – le quité importancia.

—Ya sé que hay muchas; pero tú mismo lo dijiste: alo está pasando en este pueblo.

—Cambiando de tema: – dije –. ¿Has recibido algo más de la cuenta de Diego?

—¡Ninguna otra cosa! Ni siquiera se ha conectado desde aquel día en que me llegó el mensaje. ¿Sigue en pie tu idea de ir a visitar la casa de Diego para ver si en realidad hay algo entre la Dawn y el Aura? – quiso saber.

—Podríamos intentarlo. – subí los hombros–. No perdemos nada.

—¿Crees que haya dejado una carta póstuma?

—No estoy seguro… No sé… – me contradecía–. Supongo que no. ¡Ya nos hubiéramos enterado! Aunque me parece que ninguno de los suicidas de Villa Dorada ha dejado algo escrito. La mayoría de las personas que se quitan la vida dejan indicios de aquello que los llevó a hacerlo. –comenté.

Ella guardó silencio y miró a la lejanía. La luna llena se posaba sobre los cerros que rodeaban Villa Dorada, como testigo mudo de todas aquellas cosas que ocultamente pasaban en el pueblo.

—En el mundo, cada cuarenta segundos se quita la vida alguien. – añadí. Últimamente había estado revisando algunas estadísticas sobre el suicidio–. En México, cada hora se suicida una persona; la mayoría de ellos son jóvenes de entre diecisiete y veinticinco años. – guardó silencio, siempre atenta a mis palabras–. Muchos lo hacen por depresión o porque se han enterado de una noticia con la cual no pueden vivir: cáncer, VIH o cualquier otro padecimiento.

—¿Por qué me cuentas todo esto? – preguntó ella, desorientada.

Tú conocías a Diego y ambos usualmente sabíamos la vida de estos últimos dos chicos muertos: ninguno de ellos mostraba signos de depresión. Los que se van a suicidar muestran tendencias un poco fuera de lo normal: se alejan de la sociedad…

—Es cierto. Diego estaba en un buen momento. – comentó ella, reflexionando.

—¿De qué va todo esto? – preguntó ella.

Me le acerqué tanto que posiblemente la gente que deambulaba en la plaza pensó que nos besaríamos.

—Hay que ir a averiguar si hay algo entre la Dawn y el Aura. Puede ser un indicio de lo que empujó a Diego a la muerte. – susurré.

—Pero ni siquiera te caía bien. – masculló.

—No, pero algo raro está pasando; y Diego podría ayudarnos a entender esta aún después de muerto.

—Hablaré con sus padres mañana al amanecer. – aseguró.

Miré a varias señoras de edad avanzada que caminaban en la plaza rumbo a la iglesia. Iban cubiertas con rebozos; sus ojos eran la única parte del cuerpo que se apreciaba; andaban silenciosas, como fantasmas; las luces se encendieron: la oscuridad ya había dominado el pueblo. Ximena se puso de pie y me estudió.

—¿Crees que encontremos algo?

—No lo sé. – también me puse de pie–. Podemos intentarlo. – y me alejé rumbo a mi casa en completo silencio.

Durante todo el trayecto sentía que alguien me vigilaba.

Tengo entendido que esa noche la misa estuvo dedicada a las personas que se suicidaron en las últimas semanas. Luego, el sacerdote sacó el santo principal a una procesión nocturna por las calles del pueblo; todo eso para pedir que no hubiera alguien más que se quitase la vida.

Esa noche dormí intranquilo. Aunque estaba en la intimidad de mi cuarto, sentía que alguien me vigilaba desde la ventana. Cuando al fin abrí los ojos, una sombra se escabulló; pero luego noté que era simplemente la cortina que ondeaba ante el viento.

Me paré a cerrar la ventana y vi el pueblo en completa soledad. Sólo se escuchaba el lamento de las alimañas en la lejanía del bosque; aunado a esto, mi teléfono vibró con una nueva notificación de Facebook.

A las tres de la mañana alguien me había enviado solicitud.

Dawn Walker quería ser mi amiga.

CAPÍTULO 20. DESAFÍO

CAPÍTULO 20. DESAFÍO

 

DESAFÍO
 
Víctor
 
 
DAWN: Buen día, ¿qué tal amaneciste hoy?
Era lo que decía un mensaje de Dawn que leí cuando desperté.
Lo curioso del mensaje era que me lo había mandado a las cinco de la mañana.
Me froté los ojos y estiré mis brazos antes de contestarle. No se me olvida la otra vez que pensé que probablemente me estaba espiando: Acabas de llegar del bosque, dijo. Luego aclaró la situación y me comentó que sólo había dicho eso a modo de broma. No le creí tanto.
VÍCTOR: Bien, fue una noche agradable. Buen día. Por cierto, soñé contigo.
En el sueño solo éramos ella y yo, fundiéndonos en un abrazo en medio de la plaza de Villa Dorada.
Era más hermosa de lo que mi imaginación lo pintaba; incluso más que las fotografías que tenía en Facebook.
Le conté a Dawn mi sueño y lo único que me envió fue un emoticón con corazones.
Divagué un poco por las fotografías de la chica y caí en la cuenta de que todas las habían publicado el mismo día, dos años atrás; actualmente podría estar diferente.
Tenía más de tres mil amigos, una gran cantidad de ellos eran fisioculturistas y jóvenes universitarios.
Por supuesto, estaba Diego; pero también el otro chico que se había suicidado días atrás.
No tenía gran cosa en la sección de información; sólo decía que era de sexo femenino y tenía su fecha de nacimiento. Seguía muy pocas páginas: algunas revistas de moda y de nutrición. Por un momento llegué a pensar que fuese un perfil falso, porque las publicaciones de sus fotos se limitaban a dos años atrás.
Por lo que le pregunté de inmediato:
VÍCTOR: ¿Por qué no tienes fotos recientes?
DAWN: Me las roban. Descubrí algunas cuentas falsas con mi nombre y usando mis fotos.
VÍCTOR: ¿Podrías mandarme una de cómo estés en este momento?
Y la mandó.
Al igual que esa, mandó algunas otras más demostrando que no era un perfil falso. De cualquier manera en la que yo le pedía la foto, ella la enviaba.
DAWN: Me gustaría verte.
…dijo eso, por sorpresa. A mí también me gustaría verla; y por mí no había ningún problema, yo podía ir a la capital.
VÍCTOR: Puedo ir a la capital a visitarte.
DAWN: Ya te había dicho que soy una chica muy ocupada. Probablemente no podamos vernos tan pronto, aunque de verdad quiera hacerlo.
VÍCTOR: ¿Podrías venir a Villa Dorada?
DAWN: NO.
VÍCTOR: ¿Por qué el otro día entonces me dijiste que nos viéramos en el bosque?
DAWN: Bueno, sólo se me ocurrió decirte eso; tú sabes que yo no podría estar en el bosque en mitad de la noche.
VÍCTOR: Lo sé, cariño.
DAWN: Aun así me gustaría preguntarte una cosa.
VÍCTOR: Hazlo.

 

DAWN: ¿Qué estás dispuesto a hacer por mí? ¿Pondrías tu vida en peligro?
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CAPÍTULO 19. OBSESIÓN

CAPÍTULO 19. OBSESIÓN

 

OBSESIÓN
 
Ximena
 
Caminaba rumbo al cementerio. Sí, de nuevo iba a visitar la tumba de Diego. Esa tarde no había llovido, ni siquiera estaba nublado; por primera vez en mucho tiempo el Sol palidecía en el horizonte horas antes de ocultarse por completo.
Durante ninguna ocasión en las que visitaba el panteón le había dicho a mi madre exactamente a dónde iba. Ella pensaba que salía a la biblioteca o con alguna amiga.
Ese día caminaba más lento de lo normal. Para serte sincera; ya no sentía tanto dolor por la muerte de Diego. Había entendido que ese tipo de dolor no sólo lo experimentaba yo, sino todas aquellas personas que últimamente habían perdido a un ser querido. Como aquellas dos mujeres que estaban llorando cuando se suicidó el otro chico. Y no sólo ellas; millones de personas en el mundo diariamente perdían a un ser querido.
La gente muere a diario: dijo un día mi madre con sabiduría. Y eso era cierto; pero lo que hacía diferente a todas esas muertes era la manera en la que se perdía la vida. Diego se había suicidado; y hasta la fecha nadie sabía el motivo. Estoy segura que ni sus padres sabían a ciencia cierta la razón; y si la sabían, pues obviamente a nadie se la revelarían.
Entré al cementerio con el olor a hierba recién cortada y caminé rumbo a la tumba del chico. Cuando Diego cumplió un mes de muerto, sus padres le pusieron una lápida de mármol con un epitafio realmente hermoso: La vida no termina con la muerte. Un enorme ángel custodio se posaba en la cabecera de la tumba empuñando una espada; de alguna forma el rostro de esa pequeña estatua me recordaba a Diego, aunque quizá fuese solo mi imaginación.
Visitar la tumba del chico se había vuelto mi obsesión; quizá ya hasta una costumbre que tenía que realizar sí o sí. Era consciente de que algún día debía de dejar de hacerlo, los muertos deben descansar; pero todavía no reunía el suficiente valor como para dejarlo ir.
A muy pocos pasos se escuchaba una podadora haciendo su trabajo. Quité la basura que se había acumulado en el sepulcro del chico y luego caminé en dirección al ruido de la podadora.
Allí estaba Marcos, limpiando el enorme mausoleo del abuelo de Alexa. Giró el rostro y se quitó unos lentes con los que protegía sus ojos de los fragmentos de pasto que salían volando. Sonrió y apagó la podadora.
        ¡Qué gusto volverte a ver! – no lo decía con tono sarcástico–. Después de aquella vez que te encontré en la carretera…
        Oh… calla. ¡Nadie sabe eso! Mi madre sí cree que dormí en casa de una amiga, así que agradecería si no se lo cuentas a nadie. Y también agradezco lo que hiciste ese día por mí.
        Tranquila. Tu secreto está a salvo conmigo.
        Bien. Pero… pues ya sabes que usualmente vengo a visitar a tus amigos. – recuerdo que para él todos los muertos eran sus amigos.
        No a todos. – apuntó.
        En eso tienes razón.
        Nunca me has dicho la relación que tenías con ese chico al que vienes a ver prácticamente cuatro veces a la semana.
        ¿Cuentas los días que vengo? – reí.
Alzó los hombros.
        Inconscientemente lo hago. Pero has esquivado mi pregunta.
        Diego era un buen amigo. – sí, lo era cuatro años atrás; antes de morir ni siquiera me dirigía la palabra.
        Debió para ti ser muy dura su muerte. – se sentó en el borde del mausoleo. Sacó un refresco de cola y empezó a beberlo. A nuestro alrededor empezaron a cantar unos cuantos pajarillos.
        Pues, no sé…
        Oh. Pero es el chico que se suicidó. ¿Cierto? Bueno, el primero que lo hizo…
        ¿Sabes de qué murió cada persona en este panteón? – pregunté con asombro y ocultando una sonrisa.
        No de todos. – rio de lado–. Pero que alguien se suicide en este pueblo es algo muy extraño. Aunque, digamos que últimamente eso está de moda.
        Mmm… yo no emplearía ese término. ¿Y dónde está la tumba del segundo chico que se suicidó? – le pregunté, sólo por curiosidad.
        Por allá. – señaló una zona del cementerio donde había tumbas un poco menos ostentosas. La mayoría de ellas estaban adornadas solamente por un barandal de hierro que delimitaba su territorio y una cruz de madera o metal.
¡Qué ironía! Hasta en el cementerio hay una clara división de clases sociales.
En instantes di con la tumba del chico de dieciséis años que se había ahorcado desde el balcón de su casa. Había unos ramos de flores secas y, lo más extraño, es que en medio de todas ellas había una rosa morada.
Una rosa morada.
Como la que encontré en la tumba de Diego el día siguiente de su sepelio.
Traté de meter la mano entre los barandales y tomé la flor morada entre mis dedos. ¡Qué extraño era todo!
¿Quién pudo dejar una rosa idéntica en las tumbas de Diego y de este chico?
        Oye, en pocos minutos voy a cerrar. – gritó Marcos. Asentí y me puse de pie.
Deambulé por entre el camposanto unos minutos más hasta que decidí enfilarme a la salida.
Sin embargo, antes de salir Marcos me llamó desde la bodega.
        Antes de que te vayas me gustaría pedirte algo. – sonaba un poco avergonzado.
        Te escucho.
        ¿Podrías darme tu número telefónico?
Y se lo di.
 
**
Esa noche mientras cenaba, mi madre al fin descubrió mi secreto.
        No fuiste a la biblioteca hoy.
La cuchara se me cayó al suelo.
        Sí.
        ¡Ximena, no mientas! Te he seguido los últimos días y me he dado cuenta que vas al panteón. No sé cuánto tiempo llevas haciendo eso, pero no está bien. – dijo.
        Sólo voy a charlar un poco con Diego. – respondí, tontamente.
        ¿Estás escuchando la tontería que dices? – dijo papá con incertidumbre –. ¡Diego está muerto! ¿Cómo es posible que hables con él?
        También he oído que lloras por las noches. – acotó mamá. Eso sí no lo esperaba.
Sí, lloraba por él; todavía…
Una piedra se formó en mi garganta y carraspeé.
        Pienso que debes superar la muerte del chico. Ya casi son dos meses y necesitas soltarlo.
No le respondí nada.
        Te he agendado una cita con la psicóloga en un par de días. – avisó, sin más.
Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba. Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba.
También soñé con Marcos matando personas y sacándoles el corazón. Así como lo hicieron con la chica que encontraron hace más de una semana.
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