EL ECO DE LA CALLE

EL ECO DE LA CALLE

Quisiera pensar que la vida es alguien con quien hablar, alguien que busca un amigo, alguien con quien unirse y soñar. Con quien caminar despacio cuando ya no puedes más, cuando ves que el mundo corre sin tú poderlo alcanzar. Soñar que la vida es un regalo y nada más, que está dentro de nosotros para compartirla poco a poco con los demás. Unos ojos que te miran, que no ocultan que estás, una palabra, una escucha, una sonrisa para poder dar, la mano que tanto anhelas, con quien quieres caminar, la mano que te enseña el camino por donde debes andar. Buscando la vida, buscando encontrar, ese mundo donde este sueño se haga realidad.
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CAPÍTULO 15. LA CABAÑA

CAPÍTULO 15. LA CABAÑA

 

LA CABAÑA
 
Ximena
 
La casa de Marcos, el panteonero, era una rústica cabaña de una sola planta. Al llegar, era notorio el aroma a estiércol y a ganado que salía desde los establos. No sé si fue buena idea ir con ese chico hasta su casa, ¿qué iban a pensar sus padres? Yo era una persona desconocida y mi apariencia sucia dejaba mucho qué desear.
Traté de recordar lo que había ocurrido, pero lo único que recordaba era el rostro del chico en medio de la fiesta; no recordaba el instante en el que fui arrojada en la carretera. Probablemente la droga que me dio me hizo perder el conocimiento.
Marcos me miró con gesto dudoso justo cuando llegamos a la entrada de su casa. Frunció los labios y luego dijo:
        Mi madre podría hacernos preguntas incómodas que no quiero responder. Te dejaré entrar al cuarto de mi hermana: ella ya no vive aquí. En su habitación hay baño con agua tibia y puedes usar algo de la ropa que ella dejó en el armario. Debemos entrar sigilosamente… – susurró, como si estuviéramos cometiendo un crimen.
Abrió la puerta silenciosamente y nos metimos de lleno en la cabaña donde imperaba un olor a vainilla. En la lejana cocina se escuchaba alguien cocinando. La voz de una mujer mayor surgió de inmediato:
        ¿Marcos, eres tú?
        Sí mamá, se me olvidó algo… – gritó el chico mientras me tomaba de la mano y me empujaba hacia una habitación contigua. Cuando estuvimos adentro, cerró la puerta delicadamente volteando a verme; señaló el baño y luego al armario; volvió a salir dejándome a solas.
Me di un suave baño con agua tibia y puse mi ropa sucia en una bolsa negra. En la ducha aproveché para revisarme el cuerpo; al parecer no tenía ninguna herida superficial y no tenía ningún malestar físico, salvo el dolor de cabeza y el mareo ya casi inexistente. Me traté de tranquilizar (aunque en realidad estaba temblando) y respiré profundo; agradecí por estar viva. Con la toalla alrededor del cuerpo salí del baño y empecé a buscar alguna prenda que pudiera quedarme. Había pantalones de mezclilla y unos vestidos pasados de moda; me puse uno de los primeros y una blusa de florecillas. Me hice una sencilla cola y luego entreabrí la puerta. Allí estaba Marcos, esperándome. Me dio una ojeada y abrió la puerta por completo; señaló la salida y comenzó a caminar en silencio.
        Ya me voy, mamá. – gritó.
        Te agradezco lo que hiciste. – le dije ya cuando estábamos demasiado lejos de su casa como para que nos oyesen.
        No es nada. – contestó fríamente; tan helado como el clima de aquel día.
        ¿Por qué me ayudaste? Casi ni me conoces. – susurré.
        No es usual encontrar chicas bonitas tiradas en la carretera por las mañanas. ¿Qué fue lo que te pasó? – sentí algo en mi estómago cuando dijo bonitas.
        Al parecer me drogaron o algo así. – anduvimos por una vereda que atravesaba campos de cultivo. Villa Dorada cada vez estaba más cerca; el ruido de los coches en la carretera próxima era opacado solamente por el cántico de las aves matutinas sobre los árboles.
Marcos se giró a verme con incredulidad.
        ¿Te drogaron?
        Bueno, es una historia que ni yo tengo clara…– seguí caminando, sin detenerme a pesar de que él se había quedado de pie. Lo único que quería era llegar a mi casa. Ya tenía la excusa perfecta: Alexa me había dicho que me quedara a dormir con ella. Claro que Alexa nunca me hubiera pedido eso, pero mi mamá no sabía que prácticamente Alexa me odiaba.
        Lo bueno es que estás bien. – musitó y me alcanzó.
        No debería estar aquí. Debo llegar pronto a casa. – y apreté el paso por el terreno lleno de verdura.
Eran finales de junio, y con los aguaceros caídos no había semilla que se quedase bajo tierra. Verde era todo; desde el suelo hasta el aire. Los cedros resplandecían de vida y de sus cortezas salía la resina que algunos pobladores utilizaban para hacer remedios contra varias enfermedades.
El resto del camino fue en completo silencio, hasta que arribamos a las primeras calles de Villa Dorada.
        Bueno, te agradezco lo que hiciste por mí. – le dije a Marcos volteándolo a ver. Sus ojos negros se impactaron en mi rostro.
        Debes tener más cuidado. – contestó él.
        Lo haré, gracias… hasta pronto. – y me alejé.

 

        ¡Claro! Algo me dice que nos veremos muy pronto. – sonó como una amenaza.

 

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REFLEXIONES SOBRE RESEÑAS DE LIBROS

REFLEXIONES SOBRE RESEÑAS DE LIBROS

No me decidía a escribir este post, pero no me he aguantado y aquí estoy.

El tema es sobre reseñas de libros. He reseñado algunos libros que tengo en mi biblioteca. Son publicaciones que me interesan, que disfruto mirándolas, consultándolas y que estimo que al comentar su contenido aporto información sobre el libro a nivel práctico o lúcido. Son publicaciones que compré o que me regalaron y no necesariamente contienen rabiosa actualidad; sin embargo, las considero interesantes por lo que comunican y por lo provechosas que me han resultado en determinados momentos.

Por la tarea que desarrollaré en los próximos meses, y en la cual ya estuve “poniéndome a punto” in situ, me sucedieron algunas situaciones que me han llamado bastante la atención y que no sé si son habituales o simplemente algunas personas tienen mucho morro.

En pocos días he escuchado y/o leído frases muy concretas donde se especifica que “si no me envías el libro yo no lo reseño” y corteses preguntas que incluían tópicos como “cuánto pagan por reseñar un libro vuestro”. Más pasmada me quedé cuando recibo un correo electrónico en respuesta a un mailing que enviamos con las próximas veinte novedades para los meses venideros. Un señor con toda su frescura (que también, parece, es un fresco) ha solicitado que se le envíen 16 ¡sí, 16 títulos! de los veinte que se citaban en el mensaje.

Cabe mencionar que entre estos veinte libros hay algunos de gran formato, a todo color y que pueden llegar a pesar tranquilamente más de un kilo (25 x 30 cm, papel estucado, 448 páginas, etc). Esto significa que significa que si multiplican estas características por varios ejemplares ni quiero pensar el bulto que conforman y los gastos de portes que insumirán para ser enviados. Y a todo esto, además, hay que considerar que tal vez no valga la pena la relación coste-beneficio de enviar los libros y el feedback obtenido por la difusión de los mismos.

Con todo esto me he preguntado varias cosas, especialmente en relación a mí:
¿Estoy desactualizada en cuanto al modus operandi del sector periodístico/bloguero?
¿Son habituales estas prácticas por parte de los profesionales de los medios de comunicación, incluido páginas web y blogs?
¿Puede una misma persona reseñar libros, por ejemplo, de arquitectura, de diseño gráfico, de vida autosuficiente, de fotoperiodismo y cuentos infantiles; con la misma pericia?
¿Soy tan ilusa que nunca se me ocurrió pedir a una editorial que me envíen un libro que puede llegar a interesarme para reseñarlo?
¿Soy tan pajuerana que reseño libros sin cobrar un fee por ello cuando parece que es una práctica habitual?

Para las dos primeras preguntas aún no tengo respuesta y tal vez, con el tiempo, encuentre alguna o varias. Es más, os agradecería enormemente que me desasnen al respecto si al leer este post tienen información sobre mis planteamientos.

A las dos últimas preguntas respondo que no. Que no porque si yo reseño un libro es porque lo he consultado, lo he utilizado y pienso que vale la pena escribir sobre el libro para que otras personas conozcan mi experiencia con él. Creo que una reseña de un libro que se ha usado para consulta puede orientarte sobre el nivel del contenido, la calidad del mismo y si realmente encontrarás lo que estás buscando en dicha publicación.

Se puede decir que esto mismo, al fin y al cabo, es lo que hace aquel que ha pedido que le envíen un libro para reseñarlo o quien cobra por escribir un texto sobre el libro. Y aquí retomo la tercera pregunta, que la contestaría a medias. Porque creo que no es lo mismo que un profesional de la jardinería reseñe un libro sobre plantas que hacerlo yo, que solo sé colocar tierra en una maceta y poner la planta que compro en el vivero. Una cosa es escribir y decir que un libro es lindo, que “me gusta” o tiene muchas fotos y otra cosa es analizarlo para que otros puedan apreciar si lo que hay en él vale la pena o no según sus intereses, desde una óptima profesional.

A favor de muchos periodistas y blogueros, que por suerte son la mayoría, debo añadir que muchos solicitan un PDF del libro de la temática que les ocupa, el material que haya disponible para difusión del mismo o si es posible enviarles un ejemplar.

Os agradecería que comenten esta entrada para saber si estoy fuera de sintonía, si exagero en mis aseveraciones o simplemente para dar vuestra opinión y sugerencia al respecto. ¡Muchas gracias!

 

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AMADA MÍA

AMADA MÍA

La distancia dejó hace mucho
de ser un obstáculo para amarnos,
aprendimos a compensar con calidad
los días que no podremos recuperar,
a desnudar y explosionar en una noche
todas las fases de la luna,
a recuperar con cada amanecer
la tentación de alcanzar los nuevos retos,
a saciar sin compasión
nuestra sed de besos y deseos.
Hemos buscado encontrar en la voz,
un poco en las palabras y siempre
en un mismo cielo que nos cobija,
la fuerza de los detalles, del ensueño,
el encanto de los sonidos y susurros
provocados en los momentos únicos,
la magia de las sensaciones y
el vendaval de la inspiración
que llega y se desborda contigo
en cada instante compartido.
Ambientar por ejemplo un abrazo cálido
y un beso que acaricie tus pestañas en fuga,
tiene el compromiso de hacerte volar,
como cuando juntos reinventamos el tiempo,
delirando con la caricia que llega nueva,
a descubrir paisajes de ensoñación
y manjares exquisitos,
tiene la urgencia de sentir aquellos
te quiero. sin sonido y con tanta fuerza
que soñar pareciera innecesario.
Hablarte, escribir o soñarte siempre,
son las armas para enfrentar el tiempo:
impasible y definitivo,
espacio irreducible que angustia,
que pretende corroer la memoria,
más inútil su esfuerzo,
porque nuestro amor crece incesante, vive
y se nutre aún más con las expectativas
de los días y de cualquier espacio

 

para agigantarse, porque es eterno.
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CAPÍTULO 14. UN DESCONOCIDO

CAPÍTULO 14. UN DESCONOCIDO

UN DESCONOCIDO
 
Ximena

Yo asistí a la fiesta de Alexa. Les pedí permiso a mis padres y tras acceder, corrí a mi habitación para prepararme.

Sí; y asé que no le caía bien a Alexa, y también era consciente de que no tenía grandes amigos en el bachillerato con los cuales reunirme en el festejo; pero era mi oportunidad de encajar en Villa Dorada.

Aunque fuese muy tarde (y al último momento) yo trataría de encajar.

Me puse un pantalón entallado color vino, unos tenis negros y una blusa holgada también negra. Me hice unos tirabuzones en el cabello y me maquillé sutilmente. No iba demasiado guapa, pero no me veía tan mal.

Caminé hacia la casa de Alexa esquivando los charcos de agua acumulados en calle. De lejos vi a Matías caminando.

        Matías. le hablé. Volteó y sonrió.

        Hola, Ximena. ¿Vas a ir con Alexa? – asentí. Pude ver en su rostro una expresión de incertidumbre: ¡hasta él sabía que Alexa no se llevaba muy bien conmigo! – ¿Y dime, has pensado en eso que te dije acerca del mensaje de Diego?
        La verdad sí, pero no sé… Yo no me atrevería entrar a casa de Diego sólo para averiguar si posee esos libros. Claro, para hacerlo tendríamos que hablar con sus padres y…
        Mira, tampoco te estoy diciendo que vayamos a su casa. – sonaba molesto–. Sólo era una idea que se me ocurrió, es todo. Disculpa, me tengo que ir… pero si ves algo raro de nuevo en el perfil de Diego, pues me dices. – y se alejó. Antes de avanzar más de tres pasos, se giró a verme y sonrió –. Ah… y que te lo pases bien en la fiesta.
Seguí andando hasta la casa de Alexa con las palabras de Matías en mi mente. Últimamente él se había convertido en una especie de confidente: no un amigo, un confidente. Para ser amigos creo que nos faltaba mucho.
Esa noche, la casa de Alexa estaba perfectamente iluminada: las luces blancas de la entrada contrastaban con el color caqui de la cuasi mansión. Desde la parte trasera llegaba un ensordecedor ruido a músico y a carcajadas. Seguí caminando por la acera hasta que llegué al jardín donde pude apreciar personas bailando como posesas. Había un DJ sobre una elevada tarima y, al fondo, una mesa llena de bebidas y golosinas. Los asistentes eran en su mayoría personas de Villa Dorada; aunque algunos de los invitados eran desconocidos para mí.
El ambiente estaba casi oscuro, opacado solamente por las luces neón que salían de algún lado. Me escabullí en esa oscuridad y pasé desapercibida. Entre los asistentes, encontré algunos de mis ex compañeros que ya estaban demasiado ebrios; otros vomitaban en los arbustos bien podados de Alexa, salían a la calle a orinar o simplemente bailaban con desconocidos.
Había un par de hombres besuqueándose cerca de mí, ambos se tocaban los glúteos con amplio deseo. A decir verdad, yo estaba disfrutando ese momento. ¡Me encantaba ver la miseria en la que se habían convertido las personas!
Busqué a Alexa pero no la vi por ningún lado; ni siquiera estuvo presente cuando una chica se subió a una silla y en medio de la pista de baile empezó a desvestirse. Acabó con el vestido desgarrado y el cabello mojado por la cerveza que algunos chicos lanzaron al aire.
Fui hasta la mesa de golosinas y agarré un paquete de cacahuetes. pocas miradas se posaron sobre mí y me vieron como bicho raro.
Podía oír sus murmullos: ¿Qué está haciendo ella aquí?
Y entonces, me metí a la pista de baile para acoplarme al ambiente.
Encontré un par de chicas de primer año de bachillerato que probablemente habían venido como yo: sin invitación. Me les acerqué y fingí estar bailando con ellas.
Casi al momento se había marchado un círculo colectivo de baile: “Mueve la colita, mamita rica…”, decía la letra de la canción que todos al unísono empezaron a bailar.
Pero si el ambiente estaba demasiado vivo para las once de la noche; cuando sonó el payaso de rodeo todo mundo gritó y alzó las manos al cielo, como intentando tocar las estrellas o por lo menos arañarlas. Yo era de ese grupo. Al fin me sentía encajada en un círculo social, aunque todos a mi alrededor despidieran un olor agrio a cerveza.
Y la coreografía terminó como empezó: con aplausos y vítores.
Sentí unas manos sobre mi cintura e inmediatamente me di la vuelta. Había un chico mucho mayor que yo mirándome; sus ojos rojos me indicaron que estaba bajo el influjo de la marihuana, pero sonrío; y esa sonrisa iluminó mi nombre.
        ¿Quieres beber algo? – me ofreció un vaso de unicel con tequila en su interior.
Creo que era tequila. Al menos eso parecía.
Sin pensarlo dos veces, me lo tomé. El chico rió ante tal atrevimiento.
Para mí, era el muchacho más guapo que había visto en mi vida.
¡Al diablo, Diego!
Este lo superaba en demasía.
O bueno, al menos eso alcanzaba a notar.
Empecé a sentirme adormilada. El chico intentó besarme y me aparté.
        ¿Cómo te llamas? – preguntó con voz grave mientras sonaba una canción de cumbia.
        Ximena. – dije, riendo como estúpida.
        ¡Qué lindo nombre! Soy Fernando… vivo en la capital. – expresó él tomándome de la mano y tirando de mí hacia la pista de baile–. ¿Te gustaría bailar? – preguntó ya empezando a moverse.
Sin siquiera responderle, acepté. Y bailamos unos cuantos minutos más hasta que el DJ anunció que la próxima canción sería la última. Hubo un abucheo tumultuoso y la última canción empezó.
Después de cinco minutos, me disponía a regresar a mi casa, pero Fernando me interceptó.
Me sentía mareada y en un estado de irrealidad que no podía concebir.
        ¿Te puedo llevar a tu casa? – se ofreció, muy amablemente.
        Mmm… no vivo lejos como para necesitar un aventón. – SÍ VIVÍA LEJOS, pero no quería molestarlo.
Desde mi estómago nació un fuerte deseo por vomitar.
¡Oh, Dios! ¡Mi papá me mataría!
Di traspiés y estuve a punto de tropezar. Pero no lograba entenderlo: no había bebido demasiado.
        Anda, yo te llevo. – y me tomó de la mano conduciéndome hacia un coche deportivo color rojo. Me metí a trompicones al lugar del copiloto y luego él fue hasta el del conductor.
Se escuchó una suave risa viniendo de él y encendió el estéreo cuando por fin estuvo dentro; sonó un narco corrido y en ese momento me pregunté: Ximena, ¿al coche de quién te has subido? Sin embargo, empecé a reír como loca.
Lo más extraño es que ni siquiera me preguntó dónde estaba mi casa.
Recuerdo que detuvo el coche en un paraje extraño y empezó a tocarme. Yo quería apartarme, pero mis brazos no respondían. Si hubiera sido un poco más consciente, me habría dado cuenta de que la bebida que ese chico me dio contenía algún tipo de droga que me durmió el cuerpo.
Y allí estaba él: aprovechándose de la situación. Traté de gritar, pero nadie me escuchó. Sólo sentía las lágrimas escurriendo por mis mejillas y oía muy difusamente sus jadeos mientras me violaba al ritmo de música de banda.
Y luego, no supe nada más.
Lo último que recuerdo es que al despertar, no estaba en mi casa; ni tampoco en el pueblo.
Desperté adolorida y con un fuerte dolor de cabeza.
Toqué a mi alrededor y me dí cuenta de que sí: ¡estaba tirada en el suelo! Mejor dicho: en una zanja de esas que bordean las carreteras. Mi vestido estaba desgarrado y mi cuerpo todo enlodado. Traté de incorporarme y me di cuenta de que estaba a orillas de la carretera que conectaba a Villa Dorada con la capital. El bosque a mi alrededor parecía sacado de una película de terror. La cabeza me empezó a dar vueltas; estaba aterrada y completamente extrañada. Por un momento pensé que era un sueño, pero luego me llegó el golpe de realidad.
¿Cómo había llegado hasta allí?
Me puse de pie, tambaleante e inestable. Había una neblina que cubría parcialmente la carretera y el aullido de las alimañas del bosque era muy perceptible. Estaba tiritando de frío y extrañado por haber despertado a las afueras de Villa Dorada.
¡Mamá! ¡Papá! Ellos estarán muy preocupados. No quería ni pensar en el regaño que me darían.
        ¿Estás bien? – preguntó una voz desde el otro extremo de la carretera. Enfoqué mi vista y me di cuenta de un hombre que salía de un sendero cercano. El rostro se me hacía conocido–. ¿Qué estás haciendo aquí? – era el panteonero. Me miró con el ceño fruncido y estudió mi apariencia.
        No lo sé. – chillé. Me toqué el cuerpo y parecía sana, al menos no tenía heridas superficiales–. Sí, estoy bien…– titubeé.
El hombre traía una pala llena de algún líquido rojo que no quería pensar que fuese sangre. Cargaba una mochila de la que sobresalía una tela negra.
        Tengo que ir a casa. – dije.
        Pero no puedes ir en esas condiciones. – respondió él–. Si quieres te llevo a mi casa para que te cambies. – dijo sombríamente.

 

Y fui con él.
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Apuntes para dibujar un borrador

Apuntes para dibujar un borrador

No es que el paisaje sea triste,
es que la nube de frailejones calla
y observa impasible el vuelo señorial
del viento, del cóndor,
del cóndor como viento.
Es que el paisaje es profundo y amplio
profundo hacia la bóveda azul
donde el Chiles y el Cumbal
besan con sus picos albinos
su vientre inmenso e intenso;
amplio como el frío
que cala hasta los huesos
y mantiene despierta el alma.
Es que el paisaje es único,
es que el paisaje es nuestro,
y es que comulgando con sus faldas
nosotros somos el paisaje.
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