CAPÍTULO 18. VACACIONES

CAPÍTULO 18. VACACIONES

 

VACACIONES
 
Alexa
 
El día siguiente a la fiesta desperté a eso de las tres de la tarde. Estaba en mi cuarto; pero imperaba un aroma a vómito y a alcohol que definitivamente me hacía desconocer el lugar. Me dolía la cabeza y tenía una sed tan intensa que bebería un río entero sin reventar. Recordé lo que había hecho con Alexis y reí coquetamente. Miré mis manos y aprecié algunas contusiones alrededor de ellos.
¡Definitivamente había sido una noche intensa! Me revisé el resto del cuerpo y no vi ningún moretón más.
Giré mi rostro y vi una nota escrita con mala letra sobre un pedazo de papel higiénico:
Estuviste fantástica.- Alexis
Bueno, la verdad: leer eso me hizo sentir satisfecha y contenta.
Desde mi estómago surgió una arqueada y vomité en el cesto de basura. Fui a darme un baño y me puse una ropa cómoda. Caminé hasta el cuarto de mis padres y me enteré de que no habían llegado a dormir. ¡Qué bueno! De lo contrario, hubieran encontrado un gran desorden en mi casa.
Bajé a la primera planta y vi a Caterina dormida en uno de los sillones de la sala. Había un puñado de latas vacías de cerveza y bolsas de frituras en el suelo.
        ¡Caterina! – le moví la cabeza hasta que despertó y entreabrió los ojos.
        ¡Déjame dormir! – protestó.
Bruscamente la tiré del brazo y la tiré al suelo lleno de porquería.
        Ayúdame a recoger todo. ¡Pronto vendrán mis padres! – se puso de pie a regañadientes y aprecié lo desgarrado que estaba su vestido, como si una jauría de perros la hubiese atacado–. Mejor vete a dar un baño. – la miré con asco. Yo estaba igual apenas minutos atrás–. Toma ropa de mi armario y baja rápido a ayudarme a limpiar.
Ella subió a mi habitación mientras yo empezaba a recoger la basura.
Salí al jardín y vi todavía más caos que en el interior. Con ayuda de Caterina, terminé de limpiar en menos de dos horas. Afortunadamente mis padres no llegaron hasta pasado el mediodía; de otra forma; me hubieran dado la regañada de mi vida.
        Anoche vi que te escabulliste con alguien. – le dije a Caterina ya cuando estábamos liberadas de todo el trabajo. Estábamos en mi habitación comiendo palomitas con mantequilla.
        Sí, bueno… – se sonrojó–. Era un chico que no había visto antes y la verdad me gustó demasiado. Empezamos a besarnos y todo terminó con un final feliz. – metió en su boca un puñado de palomitas y dibujó una sonrisa en su rostro.
        ¿Por lo menos usaste condón? – le pregunté. Pero qué tonta; en ese momento recordé que la que no había usado condón era yo.
        Por supuesto. – respondió.
        ¡Caterina; debes acompañarme a la farmacia!
        ¿Por qué? – frunció el ceño.
        Porque la que no usó condón fui yo. – tragué saliva con dificultad.
        Bueno, solo toma la pastilla del día siguiente.
        Eso es lo que haré. – y la jalé de la mano, conduciéndola a la salida.
**
Para el siguiente fin de semana, me encontraba en pleno vuelo hacia Cancún. A pesar de que sólo sería una semana de vacaciones en las hermosas playas del Caribe mexicano, estaba dispuesta a pasarlas de la mejor manera, tanto, que me envidiarían muchos.
Cuando llegamos al hotel, mis padres se encargaron de reservar una habitación solamente para mí y otra para ellos dos. Yo: feliz. Me instalé, me di una ducha y me puse un bikini con estampado vintage de rosas rojas. Pinté mis labios de un tono oscuro y me aseguré de que mi cabello rojo se viera perfectamente bien.
Les pedí permiso a mis padres para bajar a la playa y así lo hice; mientras ellos se quedaron en el restaurante del hotel. Cuando caminaba, no era extraño que algunos chicos me silbaran tratando de llamar mi atención. Pero ni siquiera los giraba a ver, simplemente me limitaba a seguir caminando hasta encontrar un buen lugar para broncearme un poco. El Sol quemaba demasiado y aproveché eso para tirarme en la arena y beber tranquilamente una piña colada.
Agarré el nuevo teléfono que mi papá me había regalado y tomé un par de fotografías que casi al instante estaban en Facebook. Sí, me gustaba presumir de aquello que la demás gente de Villa Dorada no podía hacer.
Terminé mi bebida y vi a un par de chicos extranjeros que caminaban por la playa. Ambos me miraron y se acercaron a saludarme.
Los chicos eran franceses, pero su inglés era tan bueno que nos pudimos comunicar sin problemas.
Estaban de vacaciones en México y eran oriundos de Niza. En realidad no eran tan guapos como Alexis (del cual no había sabido nada desde la fiesta), pero no me importó y me cité con ellos por la noche, en uno de los antros más famosos de Cancún.
Obviamente, mis padres se pondrían en contra de que yo saliera en la noche en una ciudad desconocida para mí; pero no les pediría permiso, iba a aprovechar que estábamos en habitaciones separadas para escaparme de contrabando.
Cuando dieron las ocho de la noche empecé a arreglarme; me puse un vestido color vino y me maquillé tanto que ni yo misma me reconocía. Me tomé una foto frente al espejo lanzando un beso y enseguida estuvo publicada en Facebook.
A las diez de la noche salí del hotel y caminé por las aceras llenas de personas que disfrutaban de la vida nocturna.
Llegué al bar y encontré de inmediato a los chicos franceses. Estuve con ellos bailando y conviviendo alrededor de dos horas hasta que decidí ir al baño a retocarme el maquillaje. Mientras lo hacía, mi teléfono vibró con insistencia. Eran varias notificaciones de Facebook. Las abrí:
A 560 personas les ha gustado tu nueva foto de perfil.
Tienes una nueva solicitud de mensaje.
Esta última no llamó tanto mi atención; usualmente me llegaban muchas solicitudes de mensajes para aceptar. Todas las rechazaba, por supuesto. La mayoría de ellos eran obreros y demás chicos de Villa Dorada y de la capital que no me interesaban en lo más mínimo.
Sin embargo, ante todas las probabilidades, el nuevo mensaje no era de un chico, sino de una chica.
Dawn Walker me mandó un mensaje:
Hola, Alexa. Veo que estás de vacaciones. Eres una chica guapa; creo que podríamos llevarnos muy bien tú y yo. Espero que me invites a tu próxima fiesta para conocernos un poco más.


Y al instante de que terminé de leer el mensaje, me llegó su solicitud de amistad.

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CAPÍTULO 17. EXPLORACIÓN

CAPÍTULO 17. EXPLORACIÓN

EXPLORACIÓN
 
Víctor
 
¿Cómo no enterarme de la muertita si el coche de las noticias era lo único que anunciaba? Yo había sido de los primeros en comprar el periódico y quizá el único en todo Villa Dorada que no se sorprendió tanto.
¿Por qué me iba a sorprender? Las personas mueren a diario, lo que es inusual es que les saquen el corazón. Lo cual me recordó a las clases de Historia del bachillerato, cuando las Mexicas de Tenochitlán (la antigua Ciudad de México) sacrificaban personas al dios Tlaloc (el del agua) sacándoles el corazón y arrojándolo a los lagos y ríos. Eso era muy normal. Pero llegaron los civilizados conquistadores españoles y vieron ese acto como una clara ofrenda a Satanás; entonces lo condenaron.
Mi borracho padre ni siquiera le puso atención a la noticia que en ese momento corría por todo Villa Dorada. Estaba mirando el partido de México contra los Estados Unidos y maldecía porque no sacaban la casta ante los americanos. ¡Como si un simple partido de futbol determinara el futuro de una nación!
Fui hasta mi habitación y allí encendí mi propio televisor. No sintonicé nada interesante, hasta que le dejé en un canal donde reproducían la película de Las crónicas de Narnia.
 
Un mensaje llegó a mi teléfono justo en el momento en que Lucy se metía al ropero por primera vez:
DAWN: Hola, amor.
Sí, para ese momento Dawn ya era más cariñosa conmigo. Y yo con ella. ¿Por qué no? ¡Sólo era un juego!
VÍCTOR: ¿Qué tal, princesa?
DAWN: ¿Cómo va tu día?
VÍCTOR: Un poco aburrido, amor. Pero nada que no lo solucionen unos cuantos mensajes contigo.
DAWN: Me parece perfecto. ¿Intercambiamos fotos? Ya sabes cómo…
VÍCTOR: Por supuesto, mi reina.
E intercambiamos unas cuantas fotos. En las suyas podía apreciar una imitación a la Venus que nos enseñó el profesor de filosofía en una clase: desnuda, con la piel tersa y la mirada seductora.
Ella se desconectó al cabo de un par de minutos. Me puse de pie y fui a darme un baño. Aún seguía pensando en la noticia del cadáver de la mujer; tanto, que decidí por mi mismo ir hasta el sitio donde la habían encontrado. Era sólo por el morbo, no porque quisiera encontrar otro cadáver o algo así. Tomé la bicicleta de mi padre sin siquiera pedírsela y empecé a pedalear por las calles vacías de Villa Dorada en pleno domingo por la tarde. ¡Sorprendente, lo sé!
Me introduje en la carretera húmeda por las lluvias y traté de ubicar el lugar exacto. Estuve pedaleando quince… no, quizá veinte minutos, hasta que llegué al sitio que aparecía en las fotos del periódico. Una corriente de adrenalina me invadió y me bajé de la bicicleta.
Estudié el terreno mientras en la carretera pasaban los autobuses de pasajeros a toda velocidad, como queriendo alejarse rápidamente de Villa Dorada. Encontré resquicios de ropa de la mujer y unos estuches de maquillaje esparcidos por el sitio. Analicé el terreno más a fondo y me di cuenta y unos estuches de maquillaje esparcidos por el sitio. Analicé el terreno más a fondo y me di cuenta de un rastro de fango que se internaba en el bosque por un sendero; como pasos el yeti mexicano.
Me metí por el sendero rodeado de árboles y maleza. En la lejanía se escuchaba el lamento de los coyotes y uno que otro cantar de búho. Mi abuela decía que los búhos son de mal agüero y que de alguna forma traen muerte, pues con sus aleteos se pueden llevar el alma de las personas. Se me enchinó la piel al recordar eso, pero el espíritu de aventura pudo más que cualquier otra cosa. El sendero terminó en una vieja cabaña derrumbada. Podría ser el escenario perfecto para una película de horror. La maleza la rodeaba comiéndose las paredes lentamente; estaba tan abandonada como el cadáver de la mujer de ayer.
¿Y si de este lugar sacaron el cadáver de la chica?
Me mordí el labio sintiendo el fuerte latir de mi corazón en los oídos. Poco a poco se iba ensombreciendo el ambiente, por lo que mi instinto me decía: huye; pero mi cerebro excitado decía: da un vistazo al interior. Y seguí el consejo de este último.
Lo sé, probablemente nadie en su sano juicio se acerca a una cabaña derrumbada mientras está oscureciendo. Pero si has sentido esa adrenalina de saber qué hay más allá, entonces podrás entender lo que yo experimentaba en ese momento.
Me acerqué a una ventana rota y eché un vistazo al interior; no había nada de importancia: muebles viejos y en las paredes un par de cuadros mal pintados de algún artista amateur. Parecía que nadie había vivido allí en los últimos diez años; quizá más tiempo.
Un disparo resonó sobre mi cabeza y se impactó en la madera podrida a pocos metros de mi posición. Me tiré al suelo lleno de miedo y observé a todos lados, buscando la procedencia de ese proyectil. Sonaron dos más y seguí tendido en el suelo; cual avestruz metiendo su cabeza en la tierra para evitar ser asesinada.
Un par de sombras surgieron en medio de la oscuridad.
        No jodas. ¡Esto no es un ciervo! – se burló uno de ellos y me golpeó la pierna con su bota–. Levántate. Por poco y te matamos, animal.
        ¡En el lío en el que nos hubiéramos metido! – dijo el otro hombre colgándose la escopeta en el hombro. Tenían acento norteño; probablemente no eran de aquí.
Fue en ese momento cuando me incorporé y vi que sólo eran dos cazadores que aprovechaban la oscuridad para hacer sus fechorías. Uno de ellos cargaba un búho muerto.
        Bueno, tampoco iba a ser tan grave si lo matábamos. Lo podríamos tirar en la carretera hasta que lo encontraran, con la chica de ayer. – se burlaron. Ambos fumaban cigarro y empuñaban en una mano una linterna y en la otra un saco para echar lo que cazasen.
        ¿Qué haces aquí, hijo? No me digas que vives en esta porquería de lugar. – comentó el mayor. Tenía la barba blanca y despedía un fuerte aroma a tabaco.
        No. Solo estaba dando un paseo. – traté de ocultar mi temor.
        Pues no deberías pasear por aquí a tan altas horas de la noche. – acotó el más joven–. Ya sabes lo que dice la gente. Ja, ja, ja… Las brujas te van a tragar, si es que no lo hace Satanás antes. O aquellos fantasmas que abundan en la carretera y matan a los turistas que viajan por aquí. ¡O la llorona! – gritó esto último, como invocándola.
        No creo en nada de eso. – apunté.
        ¡Vaya! Tenemos aquí a un valiente hombrecito. Aunque tienes razón, hijo… son más peligrosos los vivos, que los muertos. – y soltó un escupitajo en mis zapatos–. Sólo ten más cuidado la próxima vez; y que no te vuelvan a confundir con un ciervo o lo pagarás con tu vida.
Y los dos hombres se alejaron riendo y tirando balazos al aire.
También me alejé, pero con el temor de estar siendo acechado por algo.
Llegué a mi casa y encontré a mi padre en el mismo sitio en el que se había quedado; ahora, en cambio, olía agrio a vómito y orina. Fui hasta mi habitación y procesé todo lo que había vivido esa tarde tan sólo por andar de curioso.
¿Qué hubiera pasado si me hubieran matado esos dos hombres?
¿De verdad me hubieran arrojado a la carretera?
Abrí Facebook y me encontré con un mensaje de Dawn.
 
DAWN: ¿Dónde estuviste toda la tarde?
VÍCTOR: Fui a dar una vuelta.
DAWN: ¡Qué interesante!
VÍCTOR: Oye, ¿crees que podamos hacer videochat?
DAWN: No lo creo, mi computadora no tiene webcam.
VÍCTOR: O pásame tu número y te marco, quiero oír tu voz.
DAWN: Tampoco tengo teléfono, me lo robaron hace poco. Lo siento, bebé.
VÍCTOR: ¿Entonces cuando tendré contacto real contigo?
DAWN: Pues estás teniendo conmigo en este momento.
VÍCTOR: Pero quiero verte. Quiero asegurarme de que eres la de las fotos.
DAWN: ¿No basta con las fotos que te mando y que ves en mi perfil?
VÍCTOR: En realidad no… oye, sé que llevamos pocos días conociéndonos pero en realidad me importas.
DAWN: Bueno, conozcámonos unos cuantos días más y veremos qué pasa.
VÍCTOR: Como tú quieras, hermosa.
DAWN: ¿Y si te digo que vayas al bosque en este momento y allí nos veamos?
VÍCTOR: No lo sé, no podría. ¿Tú podrías? Vives en la capital y no creo que vengas hasta aquí.

 

DAWN: Podría robarle el coche a papá. Pero, ¿por qué no podrías tú? Si acabas de llegar de allí.
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CAPÍTULO 16. EL CADÁVER

CAPÍTULO 16. EL CADÁVER

EL CADÁVER
 
Matías
 
Era domingo por la mañana. Desperté sobresaltado cuando una pelea de perros sucedió afuera de mi casa. Maldije por lo bajo y luego agarré mi teléfono que aún estaba cargándose sobre la mesita. Vi algunas nuevas notificaciones de Facebook y unas cuantas fotografías de los individuos que habían asistido a la fiesta de Alexa; la mayoría se veían ebrios y muy poco conscientes de lo que hacían en ese momento.
En unas cuantas fotos salía Alexa bailando muy sensualmente con un chico desconocido; inclusive hasta su amiga Caterina parecía otra persona. Esperé ver a Ximena en alguna imagen, pero no ocurrió así.
¡Aunque se veía que lo habían pasado bien!
Solté una risotada y me vestí: me puse un short, una camiseta café y mis tenis sucios. Salí a desayunar y encontré a mi mamá limpiando la cocina con la música del radio a todo volumen. Sonaba una estación que se encargaba de transmitir música regional mexicana; mamá tarareaba algunas de las canciones.
        ¿Dónde está papá? – le pregunté de inmediato.
        Fue al súper. Pero se me olvidó encargarle un poco de carne… ¿podrías hacerme el favor de ir tú? – se metió la mano al bolsillo y me ofreció un billete de veinte euros–. Traes un kilo.
Y salí a la calle.
Como típico domingo pueblerino, había más gente que de costumbre. La mayoría de las personas venían de las rancherías cercanas a abastecerse de víveres para la semana; pero también había visitantes de otras poblaciones que venían sólo a pasar un agradable domingo alejados del estrés de las grandes ciudades.
El Sol palidecía entre algunas nubes poco densas; mientras caminaba por las aceras, era inevitable no escuchar todavía conversaciones acerca del chico que se había suicidado hacía apenas uno cuantos días.
Atravesé de largo el mercado atestado de puestos de todo tipo: desde aquellos comerciantes de verduras que abarcaban grandes cantidades de espacio; hasta los pequeños vendedores de gelatinas, dulces y tortas de jamón que tan sólo ocupaban una mesa pequeña. Me cubrí las narices cuando pasé por un puesto donde vendían pollo (ya que en ese mismo lugar los estaban sacrificando) y giré en la esquina, siguiendo la avenida principal hacia la carnicería más cercana.
En el local atendía un hombre fornido de unos cuarenta años y de barba poblada; había más empleados, en su mayoría hombres que agarraban las enormes piernas de buey como si fuera lo más ligero del mundo. Pedí un kilo de carne que demoró en llegar y luego volví a mi casa siguiendo el mismo trayecto.
Las campanadas para la misa de diez de la mañana apuraban a los fervientes católicos ataviados con ropajes elegantes.
A la iglesia se va con sus mejores galas: había dicho una vez mi abuela mientras me pedía que le colocara un brazalete de plata. Mi familia acostumbraba ir a misa al atardecer; los domingos en Villa Dorada hay alrededor de cinco homilías en todo el día auspiciadas por el mismo párroco. No me quiero imaginar el cansancio en la voz que tendrá al finalizar el día.
¿Qué tuvo de interesante ese recorrido?
En realidad no gran cosa.
Nada, hasta que estuve a punto de meterme al interior del mercado y perderme en el bullicio de la gente.
No lo hice. Me detuvo algo.
De inicio sólo era un ruido extraño que taladraba los oídos; pero cuando toda la gente – los que caminaban en las banquetas y hasta los comerciantes – se giró a ver el pequeño Volkswagen blanco que anunciaba las noticias del pueblo, me di cuenta de que era algo mucho más inusual que las noticias habituales de fútbol y política.
Encima del Volkswagen se instalaba un altavoz viejo y oxidado; de él salían las siguientes palabras con la voz cavernosa de un hombre:
¡Noticia de último momento! Acérquese a este coche de sonido y entérese las crueles condiciones en las que ayer por la tarde fue hallado un cadáver de sexo femenino en la carretera que conecta la capital con Villa Dorada. Adquiera la noticia completa por tan sólo un euro.
Es un poco extraño que la prensa tenga la información impresa casi al instante de que han ocurrido los hechos. Siempre me he preguntado: ¿cómo se enteran de los acontecimientos?
El pequeño automóvil se detuvo en una orilla y empezó a vender algunos ejemplares a los curiosos que querían saber la noticia.
Palpé la única moneda de un euro que me había sobrado de la compra en la carnicería y me mordí el labio inferior; lo pensé unos instantes…
Acérquese a este coche de sonido y entérese de la última noticia de Villa Dorada.
¡Maldito anuncio tentador!
Entonces corrí hasta el coche de sonido y compré el periódico que tenía menos de diez páginas pero que repararía mi curiosidad.
Doblé el periódico y lo metí bajo mi axila. Caminé de regreso a mi casa con la ansiedad de leer eso que tanto publicitaba el coche.
Le entregué a mamá la bolsa de carne y extendió su mano para recibir el cambio. Le enseñé el periódico para comprobar que no traía ningún euro extra y torció el gesto. Continuó con su labor y me dejó leer la noticia en completa calma, el encabezado era impactante:
CADÁVER CON SIGNOS DE VIOLENCIA ENCONTRADO EN VILLA DORADA
Ayer por la tarde fue encontrado el cuerpo de una mujer a las afueras de Villa Dorada. La primera persona que encontró a la muertita fue un campesino de la zona que a esas horas del atardecer recogía su ganado de un ejido cercano. El hombre de inmediato dio parte a las autoridades de Villa Dorada, mismas que acudieron al lugar tras haber llamado al servicio pericial de la capital del estado. Los peritos recogieron el cuerpo de la desconocida y se dieron cuenta del cruel estado en el que estaba el cuerpo.
La mujer, de unos veinticinco años, tenía cabello castaño, piel blanquecina y mostraba claras marcas de tortura. Sus muñecas tenían moretones como si hubiese estado en cautiverio, además de poseer unas extrañas marcas en forma de círculo hechas con algún objeto ardiente en ambas palmas; en el pecho tenía alrededor de cinco puñaladas y al parecer los asesinos le habían sacado el corazón. Mostraba signos de violencia en todo el cuerpo y su ropa estaba hecha trizas; además de tener sus partes íntimas quemadas con algún ácido extraño.
Por la casi nula descomposición del cuerpo, se cree que la mujer fue arrojada a ese lugar tan sólo minutos antes de que el campesino la encontrara.
Un halo de preguntas surgió cuando en el pecho de la víctima se leía claramente la siguiente insignia: “Aquí comienza la eternidad”, por lo que tampoco se descarta un posible ajuste de cuentas del crimen organizado que impera en nuestro estado.
La hoy occisa no se ha identificado, pero lugareños aseguran que no pertenecía a Villa Dorada, sino a Torres de Alicante; otro poblado ubicado a tan sólo veinte minutos del lugar donde fue encontrado el cuerpo.
Este cadáver se suma a los más de doscientos feminicidios en todo el estado; siendo el primero que ocurre en una población semi-rural en lo que va del año.
Junto con la nota se acordaban dos fotografías del cadáver. En la primera se le veía a la mujer tirada boca abajo sobre el fango, el cabello estaba lleno de lodo y la poca ropa que traía me sugería el posible oficio que desempeñaba en vida. No se veía gran cosa en esa foto, salvo los glúteos manchados de sangre.
La siguiente foto era aún más explícita que la anterior. En esta se apreciaba la mujer boca arriba, con un orificio sangriento en el centro de su pecho que parecía tan oscuro como una cueva y tan vacío como la noche. A duras penas se veía la inscripción en su pecho desnudo.
El rostro de la mujer se quedó grabado en mi mente, como un tatuaje. Sus ojos completamente abiertos y esa mueca de dolor que ya nadie podrá quitársela. Y, tal como lo decía la nota: las muñecas de la mujer tenían quemaduras en forma de círculo.
Tragué saliva con dificultad. Una mole de concreto cayó en mi estómago cuando vibró el teléfono desde mi bolsillo.
Era un mensaje de Víctor invitándome a salir esta tarde. No le contesté en ese momento, pues me había quedado absorto con la noticia.
Papá llegó de la calle con un semblante pensativo. Cargaba dos bolsas de plástico repletas de verduras y se las entregó a mi madre.
        Gloria, ¿te has enterado de lo del cadáver que encontraron ayer? – le dijo él.
Mi mamá se cubrió la boca con sorpresa.
        No. ¿Quién era? – fui hasta ella y le entregué el periódico. Ella ni siquiera lo leyó, sólo se limitó a mirar las fotos y horrorizarse todavía más.
        Pero ¿qué está pasando en el mundo? – preguntó ella, filosóficamente–. Tantas muertes no las puede estar permitiendo Dios. – se santiguó y siguió con sus deberes. Papá me arrebató el periódico y se dispuso a leer la noticia.
Cuando terminó de leer, se giró hacia mí todavía con gesto pensativo.
        Hay que tener mucho cuidado. La gente está muy asustada en el pueblo. – comentó. Tiró el periódico a la basura y se retiró hasta la sala.
Y era verdad lo que dijo.
Por la tarde, cuando salimos los tres, no había tanta gente en la calle; y la poca que deambulaba por las aceras cuchicheaba tanto el hallazgo de la mujer como el suicidio del otro chico apenas un par de días antes.
Ya digo: en la calle no había gente, pero la iglesia durante la misa de siete de la tarde estaba a reventar de personas. El sermón que dio el sacerdote estuvo enfocado al milagro de la vida y al pecado tan grande que es atentar contra este regalo divino. Al finalizar, dio la bendición y todos al unísono nos la pusimos. El padre aseguró que la necesitaríamos.
– Anden con cuidado, la Bestia anda suelta. – dijo, finalizando.
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CAPÍTULO 11. EL SEGUNDO SUICIDIO

CAPÍTULO 11. EL SEGUNDO SUICIDIO

 

EL SEGUNDO SUICIDIO
 
Ximena
 

UN MES DESPUÉS

¿Cómo explicarte la reacción de la gente de Villa Dorada cuando se enteraron del segundo suicidio?

Creo que mejor te explico mi contexto; porque contarte las cosas que la gente decía en la calle es un poco complicado.

Estábamos en vísperas de la graduación. Sí. De esos días en que los alumnos son ya libres de cualquier carga pesada que les genere la escuela. Un día antes de la graduación nos citaron en el bachillerato para ensayar la ceremonia del día siguiente. La mayoría de estudiantes graduados se quedarían en Villa Dorada a hacer sus vidas. Yo, me mudaría a la capital del estado para continuar con mis estudios.

Iba a estudiar psicología, incluso ya había aprobado el examen en la universidad; sólo restaba graduarme. Había pasado ya más de un mes de la muerte de Diego; no sé si es correcto decir que la gente se había olvidado del acontecimiento, pero por lo menos ya habían dejado de hablar de eso, hasta en la iglesia, cuando el padre daba el sermón.
Visitaba la tumba de Diego cada vez que me sentía sola. El panteonero me miraba extraño y yo notaba que quería iniciar una conversación. La última ocasión que fui a la tumba de Diego (que fue cuando cumplió un mes de muerto) compartí más palabras con él. Ya sabía su nombre: Marcos; un nombre muy común.
Los días anteriores había mantenido una peculiar relación con Matías acerca de las teorías que llevaron a la cuenta de Diego a mandarme ese extraño mensaje. Hasta la fecha no lo había descifrado, ni tampoco había recibido ninguna otra cosa proveniente del perfil del chico muerto. Por lo visto, Matías tampoco había presenciado nada extraño en la red social.
Sin embargo, cada vez era más adicta a releer el misterioso mensaje que me dejó Diego: Entre la Dawn y el Aura. Le había dado mil vueltas al asunto. Matías me había ayudado a hacerlo. Hasta la fecha no teníamos ninguna posible teoría que de verdad nos convenciera.
Justo el día del ensayo para la ceremonia de graduación, Matías me interceptó en la entrada de la escuela con el rostro lleno de felicidad.

 

        Estuve investigando un poco más sobre la frase que te mandó Diego. – dijo él mientras tecleaba algo en su teléfono. La mirada curiosa de algunos de nuestros compañeros se paraba sobre nosotros. Últimamente pensaban que yo y él andábamos, cosa que era completamente mentira.
        ¿Hay algo interesante? – inquirí.
        En realidad no mucho. Pero Dawn y Aura son nombres de libros.

¡Claro! El clásico Aura, de Carlos Fuentes: la novela que nos hicieron leer por obligación el año pasado en la clase de literatura. Misma novela que trata sobre cómo una vieja aparenta ser una jovencilla de unos cuantos años por medio de la magia. Pero ¿Dawn? No conocía ninguna novela titulada así.

 

        Ubico Aura… pero ¿Dawn? – pregunté con el ceño fruncido–. No había escuchado el título de un libro así.
Aunque en realidad, la lectura no fuese lo mío.
 
        Sí. Al parecer el año pasado se publicó un libro con el mismo nombre. Así, seco, tal cual: Dawn. El autor es Edmundo Paz… o algo así… básicamente es una novela futurista. – explicó más emocionado que de costumbre.
        Pero ¿eso qué tiene que ver con Diego? – preguntó.
        ¿Le gustaba la lectura? – quiso saber–. Tú lo conocías aún más que yo.

Recordé los pocos momentos en que había ido a su casa. Definitivamente sí le gustaba la lectura. Recuerdo haber visto un estante en su habitación repleto de ejemplares de todo tipo. Él era el único chico deportista que yo conocía al que también le gustaba la lectura.

 

        Sí. Recuerdo que sí.
        ¿Y si tiene esos ejemplares en su casa? ¿Y si de verdad hay algo entre la Dawn y el Aura? – apuntó.
Entonces las ideas en mi mente se conectaron de inmediato.
Lo miré con gesto curioso.
        Pero, ¿qué propones? No podemos meternos así porque sí a su casa y buscar entre sus pertenencias. – susurré.
        Bueno… mira, por el momento estaremos muy ocupados con todo esto de la graduación. En los próximos días podemos intentar que sus padres nos dejen entrar a su casa y averiguar si posee esos ejemplares. ¿Qué podemos perder? Es la única posibilidad real que tenemos para encontrar algo, aunque la idea suene demasiada loca. – guiñó un ojo.
        ¡Atención! – dijo una voz. El director se paraba frente al micrófono para dirigir el ensayo de la ceremonia. Después de unos cuantos minutos y en medio de una suave lluvia, terminamos el ensayo, con la promesa de llegar puntuales al día siguiente plantel.

Generalmente las graduaciones entristecen a muchos; pero esta, para mí, era distinta, ya que tanto Matías como yo estábamos involucrados en lo que parecía ser un caso de Scooby Doo sin un posible final. Quizá no encontraríamos nada… pero la realidad fue otra.

 

Después del ensayo cada quien partió a su casa.
Justo cuando iba a atravesar la avenida principal de Villa Dorada, una patrulla estuvo a punto de arrollarme. Detrás de ella iba la ambulancia; ambas vociferaban sus sirenas que llenaban de preocupación el pueblo entero.

En un primer momento pensé que sería un accidente; en Villa Dorada eran usuales y a nadie le extrañaba que los viajeros que pasaban por aquí murieran en los acantilados de las carreteras. Pero cuando ambos vehículos doblaron a la izquierda, por una de las calles del pueblo, me llené de preocupación e inquietud.

Presa de la curiosidad, corrí detrás de los vehículos por unas cuantas manzanas más. En ese trayecto, estuve a punto de arrollar a una débil anciana que caminaba con su bastón por la acera; choqué contra un chico que andaba en bicicleta y hasta me gané un par de insultos. Pero que algo extraordinario pasara en Villa Dorada era digno de verlo de primera mano y no iba a desaprovechar la oportunidad de ser de las primeras en enterarme de la noticia.

Y sí: pasó algo realmente extraordinario; aunque no en el buen sentido de la palabra.

Yo misma fui testigo de cómo dos mujeres lloraban a cántaros bajo el cadáver de un chico que yo conocía. El muchacho se había colgado del balcón de su casa, atando la soga desde los barandales y arrojándose a la calle. Murió lentamente ante los ojos de los transeúntes a esa hora del atardecer.

Había muchos curiosos. La mayoría de ellos estaban siendo dispersados por las fuerzas del orden, mientras que las dos mujeres (madre y tía del chico, respectivamente) gritaban y gemían golpeando el suelo y las paredes.

        ¿Por qué? HIJO. – decía la más regordeta de ellas tirándose al suelo y golpeándolo; mientras tanto, sobre el asfalto, caían gotas de sangre provenientes de la nariz del chico.

El joven iba en segundo año de bachillerato. Era callado y realmente no sobresalía en nada; sin embargo, estoy segura que su muerte ahora lo pondrá a la talla de Diego.

Traté de acercarme más pero no pude. Aunque eso no me impidió ver un extraño círculo marcado alrededor de la muñeca del muchacho: cual marca de la muerte.

Sentí una mirada sobre mí y viré hacia la calle que estaba parcialmente iluminada por las farolas. Detecté la silueta de una cabeza asomándose desde la esquina, viendo la escena de manera incógnita. Cuando esa persona captó mi mirada, desapareció.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y decidí encaminarme a mi casa. Sentía frío y miedo. ¿Por qué se había suicidado?

 

Y sí: al día siguiente todo el mundo se preguntaba:
 
        ¿Supiste lo del otro chico que se mató?
 

Hasta en la ceremonia de graduación, donde le rindieron un homenaje. Mientras tanto, la familia sepultaba al segundo suicida en la historia de Villa Dorada.

Por alguna razón, el profesor de Filosofía no asistió a la graduación.

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CAPÍTULO 10. SOSPECHAS

CAPÍTULO 10. SOSPECHAS

 

SOSPECHAS
 
Víctor
Llegué a la escuela más tarde de lo debido. Por fortuna no había nadie cuidando la entrada; de lo contrario, no hubiera podido pasar a recibir mis últimas clases.
Los alumnos en general disfrutaban de la hora de descanso. Como siempre, imperaban las risas y golpeteos de balones en las canchas de baloncesto y futbol. Me sentí un poco extraño al llegar a esa hora; normalmente no era un chico impuntual.
Por alguna extraña razón no pude dormir, sentía una rara sensación de calor que me hizo levantarme a las dos de la madrugada a darme un baño con agua fría. Encendí el televisor donde lo único que había era un comercial sobre una espléndida faja femenina que reducía hasta cinco tallas con sólo ponértela. Luego, fui testigo del anuncio de una innovadora sartén a la que no se le pegaba ningún alimento.
Lo sé: muy interesante.
Logré dormir a eso de las cinco de la mañana y desperté a las diez. Pero ni pienses que me despertó la alarma o los rayos de Sol entrando por mi ventana; fueron las decenas de notificaciones que le llegaron a mi teléfono celular a esa hora.

La mayoría de ellas pertenecían a nuevas solicitudes de amistad que decidí ignorar. Mientras que en el espacio de las notificaciones, me di cuenta de que la chica que apenas había aceptado hace poco, Dawn Walker, había visitado mi galería y me había dejado una innumerable cantidad de likes y comentarios.
Debo admitir que me sentí emocionado cuando vi eso. ¡Que a una chica tan guapa le gusten tus fotos, es sin duda algo inesperado y gratificante! Y, vamos, mis fotos no eran del todo malas. Me gustaba mostrar el cuerpo que había adquirido en tan poco tiempo.
Decidí ver los comentarios después. Así que fui hasta la cocina y encontré dos plátanos y una manzana marchita; con ellos me hice un intento de licuado y lo bebí rápidamente. Peiné mi cabello y me di una leve afeitada antes de partir a la escuela.
Cuando llegué, busqué a Matías por doquier. Parecía que no estaba jugando futbol, aunque normalmente eso hacía en los recreos.
Caminé hasta el aula correspondiente y dejé mi mochila en uno de los lugares más apartados. En ese momento el profesor de Filosofía iba entrando; noté que un nuevo tatuaje en forma de cruz invertida sobresalía desde su muñeca. El tatuaje era morado.
Él notó mi mirada curiosa.
      –        ¿Te gusta mi nuevo tatuaje? – preguntó sombríamente antes de beber de su vaso de café.
      –        Para mi gusto: es un poco extraño. – le dije entrecerrando los ojos–. Pero pienso que cada                     quien es libre en su cuerpo.
      –        ¿Alguna vez has pensado hacerte uno? – quiso saber.
      –        Quizá cuando mis brazos incrementen. – tensé mi brazo izquierdo. El profesor me miró con                 cierto morbo.
 
Entre los estudiantes corrían rumores de que el profesor tenía tendencias homosexuales. Él vino a vivir a Villa Dorada hace quizá tres años; al parecer hasta la actualidad estaba soltero. Pero no me incomodaban esos rumores.
 
El hombre de treinta y muchos años se sentó en su lugar y siguió mirándome.
      –        ¿Sabes, Víctor? Cuando tenía tu edad también me gustaba hacer ejercicio. – no sé si lo decía               en serio o solamente para iniciar alguna conversación.
      –        ¿Y qué pasó? – pregunté viendo su escuálida figura.
      –        Bueno, tenía cosas que demandaban más tiempo. Y me di cuenta de que yo no era quien                       pensaba… es decir, yo era distinto; me sentía extraño con este cuerpo físico en el que nací.                   Deseaba haber tenido otra apariencia. – comentó con la mirada perdida. Agitó su mano en el               aire–. Pero eso fue hace mucho tiempo. – le restó importancia–, y ahora estoy bien conmigo                 mismo. Encontré en la Filosofía una forma de liberar todos esos pensamientos extraños que                 no me dejaban en paz en mi adolescencia.
Creía que estaba un poco loco. Quizá fuese cierto.
      –        Víctor, ¿crees en la reencarnación? – inquirió. Yo estaba a punto de salir del aula.
      –        No lo sé. – fruncí el entrecejo–. Creo que la gente muere y es todo.
      –        Pero, ¿qué pasa con su esencia? – apuntó–. Quizá en otras realidades podemos ser otra                         persona. O aquello que siempre quisimos ser. – perdió la mirada en la pared.
Me burlé en mi interior.
      –        Bueno, el receso está por terminar y quiero…
      –        ¡Oh! Anda, no te quito más tú tiempo. De todas formas te veré muy pronto. – y siguió                           bebiendo café. ¡Claro! Me tocaba clase con él dentro de diez minutos.
Salí del aula que olía a incienso y escruté entre los alumnos que se sentaban en los comedores en la búsqueda de mi amigo. Allí estaba Matías charlando con una chica que no pude definir a esta distancia; cuando me acerqué, me di cuenta de que era Ximena.
Ambos me miraron extrañados. Yo hice lo mismo con Matías. Hasta donde yo sabía, él no quería nada con ella y nunca se habían dirigido la palabra.
      –        ¿Interrumpo algo? – le dije en cierta burla. Ella le estaba enseñando algo a Matías desde su                 teléfono.
      –        No. – respondió la chica bajando el rostro.
Matías tragó saliva y me mostró la pantalla de su móvil.
Vi una solicitud de amistad en Facebook; lo raro era que esa solicitud venía del perfil de Diego.
      –        Y ayer le llegó un mensaje a Ximena de la misma cuenta. – dijo Matías con nerviosismo.
Me extrañó eso, pero no me aterró… en algunas ocasiones Facebook fallaba.
      –        ¿Y qué decía el mensaje? – quise saber.
      –        Decía: entre la Dawn y el Aura. – Dawn. Ese nombre de inmediato me sonó.
      –        ¿Qué quiere decir? – interrogué. Por sus rostros me enteré de que ellos tampoco sabían lo                     que  significaba.
      –        Intenté buscarlo en Google. Pero no me salió ningún resultado convincente. – comentó                         Ximena con la vista perdida. Tenía los ojos inyectados de sangre.
      –        No tengáis un mal viaje. – me reí–. Probablemente su cuenta la maneja alguien más. Como                   sus padres.
      –        ¿Y qué ganarían ellos con hacer este tipo de cosas? – señaló Matías.
      –        … o su novia. – añadí –. Quizá tenía la contraseña y esas cosas…
      –        Su novia no es. – respondió tajante Ximena –. Ella ni siquiera era de Villa Dorada. Era de                     Torres de Alicante. La vi en el funeral.
      –        ¿Se llamaba Dawn? – le pregunté sin haberlo pensado antes. Ambos chicos me miraron con                 incertidumbre.
      –        No lo sé. – contestó Ximena secamente.
      –        ¿De qué Dawn hablas? – preguntó Matías, curioso.
      –        No me hagas caso. – dije. El timbre sonó, indicándonos el inicio de la segunda parte de                         clases. Matías me miró extrañado. Ximena se retiró despidiéndose con un simple estamos en               contacto y yo caminé rumbo al salón de Filosofía.
      –        ¿Te refieres a Dawn Walker? – preguntó él con tono mordaz.
Lo miré y no respondí nada.
Debí decirle todo en ese momento.
Pero me callé. Y las consecuencias vinieron después.
Decidí hablar cuando ya era muy tarde y nadie podía ayudarme.
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CAPÍTULO 9. AMIGOS

CAPÍTULO 9. AMIGOS

 

AMIGOS

Matías
 
El miércoles por la mañana me preparaba para ir a la escuela. mi padre ya se había ido al trabajo, y mamá estaba en la cocina preparando el desayuno. Me miró con gesto curioso mientras tomaba el teléfono entre mis manos.
      –        Me molesta que uses el teléfono en la mesa, Matías. – Comentó ella dándome un plato con                   tostadas.
      –        Mamá, no tengo hambre. – le dije.
      –        Come ahora. No me gusta que tragues porquerías en la escuela. – y obedecí.
Salí de mi casa con unas extrañas ganas de vomitar y caminé hacia la escuela. Recordé que no había hecho mi tarea de Biología y me lamenté por ello.
Seguí rumbo al bachillerato y vi pasar a la patrulla policial a toda velocidad, iba hacia el cruce que conectaba a Villa Dorada con otras localidades. Peculiarmente había una débil neblina que inundaba las calles, lo cual me impresionó, ya que la neblina en Villa Dorada llega hasta entrado el otoño.
Quizá la humedad de los cerros había hecho de las suyas.
Villa Dorada estaba rodeada por cerros; no eran enormes montañas, pero sí dificultaban un poco la comunicación con otras localidades. Había dos carreteras principales que atravesaban el pueblo, dejándolo en el centro, cual cruz de caminos maldecida por Luzbel.

Por el norte llegaba la carretera nacional que atravesaba Villa Dorada hasta el sur, hacia la autopista que nos conectaba con la lejana playa. Desde el occidente venía la carretera estatal que daba a la capital y atravesaba rumbo al oriente: hacia Torres de Alicante, otra comunidad perdida en la nada.
Por ello, no era raro encontrar relatos entre los más ancianos sobre pactos que personas de antaño habían hecho con Belcebú, justo en Villa Dorada. Ya que, como te digo, Villa Dorada quedaba junto en el centro de una enorme cruz.
También, eran usuales los accidentes automovilísticos en las peligrosas carreteras. Proliferaban las leyendas de fantasmas, brujas, duendes y tesoros ocultos en las cuevas de las montañas cercanas. ¿Quieres escuchar relatos que de verdad te congelen la sangre?
Ven a Villa Dorada o a cualquier otro pueblo perdido en medio de los cerros y te darás cuenta de que la literatura no sólo está en libros. La gente de los pueblos normalmente crea estas historias para darle identidad a su comunidad; y cada una de ellas es única e irrepetible.
Hace tiempo hablaban de un nahual que habitaba en medio del bosque y que se rogaba niños para después comerlos. Todo eso fue falso, obviamente; pero es sorprendente que la gente lo siga creyendo. Tanto, como seguir creyendo en fantasmas. Yo no lo hacía.
Aunque, la verdad después de lo que me pasó ese miércoles, ya no sabría qué creer.
Era la hora del receso; yo buscaba a Víctor entre los que jugaban fútbol, pero no lo vi.
       –        Eh, Matías… – me llamó un chico. – ¿Quieres jugar? Nos falta uno. – dijo, señalando a su                    equipo estrella.
       –        No, gracias. – y seguí comiendo mi emparedado.
Empecé a ver en mi teléfono las convocatorias de algunas universidades. Hasta ahora, quería estudiar medicina forense, y para hacerlo tendría que mudarme a la capital del estado. Cosa que no era tanto de mi agrado.
La vida en un pueblo es difícil, pero si la comparamos con la vida de una ciudad, se queda corta. Villa Dorada tiene sus cualidades; en especial este arraigado fenómeno supersticioso del que te hablé. ¡La maquinaria sobrenatural es impactante!
Vi a Juliana de lejos y la saludé. Cada vez se juntaba menos conmigo, quizá ya sabía que me gustaba y por ello me evitaba a toda costa.
Una chica se sentó a mi lado y empezó a morder una de sus galletas con chispas de chocolate. Ya la había visto un par de veces, sabía que era ex novia o algo así de Diego. Ella notó que la miraba y decidió sonreírme tímidamente. En sus ojos pude ver dolor, sus labios estaban secos, cual desierto.
      –        ¿Quieres una? – me ofreció una galleta. Por no ser grosero la acepté, aunque desde las                         tostadas de mi casa la comida me parecía sosa y se me dificultaba tragar.
      –        Gracias. – le dije.
 
Abrí mi Facebook y vi una solicitud de amistad.
Fui hasta ella y vi algo que mis ojos dudaron (y siguen dudando hasta el día de hoy)
Diego me había enviado una solicitud de amistad.
Diego.
El Diego que se suicidó el sábado.
      –        ¿Estás bien? Has perdido todo el color. – apuntó la chica mordisqueando otra galleta.
Y realmente estaba petrificado. Me sudó todo el cuerpo y un frío espantoso recorrió mi espalda. No me hablaba con esta chica, pero en ese momento un reflejo instintivo me hizo mostrarle la pantalla de mi celular. Se quedó boquiabierta y la bolsa de galletas cayó al suelo, esparciendo su contenido. Me miró con los ojos como platos y luego, por si fuera poco, dijo algo que casi me infarta:
      –       A mí anoche me mandó un mensaje.
 
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