CAPITULO 21. EL TERCER SUICIDIO

CAPITULO 21. EL TERCER SUICIDIO

Matías

El tercero fue un muchacho de veinticinco años. Lo conocía. Bueno, en realidad todo el mundo se conocía en Villa Dorada. Este chico trabajaba en una tienda muy concurrida por la población; él se encargaba de rellenar los estantes cada vez que hacían falta los productos. Por la mañana era usual que estuviera barriendo la entrada a la tienda y que se encargase de bajar las mercancías que llegaban al comercio en camiones desde las distribuidoras de productos.

El chico, al igual que los anteriores suicidas, se había ahorcado. La única diferencia aquí, fue que escogió uno de los árboles del jardín trasero de su casa para colgarse.

Toda la gente de Villa Dorada estaba asustada con la oleada de suicidios sin explicación alguna. ¿Por qué se suicidaban las personas, en especial, los hombres? ¡Este chico fue el tercero en menos de dos meses! Mi madre erróneamente decía que los suicidios eran como una enfermedad contagiosa; y que estaba en el aire, cual virus mortal.

Papá opinaba otra cosa: las personas que se suicidaban estaban mal psicológicamente y no encontraban otra salida a sus problemas más que quitarse la vida. Yo no estaba de acuerdo con ninguna de las dos teorías; probablemente los suicidios solo se tratasen de pura coincidencia y un golpe de mala suerte en Villa Dorada. Sea cual fuese la situación, un espíritu de nerviosismo y miedo invadía a los pobladores.

Estaba sentado en la plaza principal justo en el momento en el que sacaron el féretro de la iglesia del tercer suicida. Las campanas repicaron la próxima misa mientras un mariachi iba acompañando al joven muerto. Había mucha gente en la comitiva; en realidad era un chico que todo el mundo ubicaba.

El féretro era de lámina negra; me acordé de esas cosas que decían sobre los féretros de metal: el cuerpo nunca se descompone y en lugar de desintegrarse se vuelve una masa amorfa de líquido verdoso y carne cocida en los gases.

Se respiraba un aire pesado y denso en todo Villa Dorada.

Justo en el momento en el que me retiraría a casa, Ximena me interceptó; en su mano derecha cargaba un helado de vainilla a medio acabar.

—¡Qué triste! ¿No? – comentó ella terminándose el helado.

—Lo sé. ¿Qué está pasando en Villa Dorada? – fruncí el ceño.

—Apenas van a hacer dos meses de lo de Diego y ya hay más muertos en todo el pueblo que en cualquier otra época del año. – acotó ella sentándose; la acompañé mientras el cielo comenzaba a oscurecerse por las grisáceas nubes cargadas de lluvia.

—Eso parece. Pero, hablo en serio: ¿qué crees que esté pasando? – la miré mordiéndome el labio inferior.

—Yo creo que es una extraña moda. – añadió–. Seguramente vieron a alguien que lo hizo… o es un reto… ya sabes, esas cosas que a veces salen en internet.

—No creo que sea una especie de desafío.

—¿Sabes algo? – me miró con extrañeza–. Mi tía, una hermana de mi padre, dice que no soporta venir a Villa Dorada.

—¿Por qué?

—Ella dice ver personas colgadas en los árboles a nuestro alrededor. – y señaló a los fresnos que bordeaban la plaza principal–. Cuenta que durante la revolución, Villa Dorada fue un refugio insurgente y que de alguna forma llegaron los soldados a ahorcar a todos sus enemigos, justo aquí, en la plaza. Si tomamos en cuenta esto, Villa Dorada está marcada por la sangre de cientos de ahorcados.

—Me parece haber escuchado algo de eso… pero hay muchas leyendas en torno a Villa Dorada. No creo que debamos tomárnoslas enserio. – le quité importancia.

—Ya sé que hay muchas; pero tú mismo lo dijiste: alo está pasando en este pueblo.

—Cambiando de tema: – dije –. ¿Has recibido algo más de la cuenta de Diego?

—¡Ninguna otra cosa! Ni siquiera se ha conectado desde aquel día en que me llegó el mensaje. ¿Sigue en pie tu idea de ir a visitar la casa de Diego para ver si en realidad hay algo entre la Dawn y el Aura? – quiso saber.

—Podríamos intentarlo. – subí los hombros–. No perdemos nada.

—¿Crees que haya dejado una carta póstuma?

—No estoy seguro… No sé… – me contradecía–. Supongo que no. ¡Ya nos hubiéramos enterado! Aunque me parece que ninguno de los suicidas de Villa Dorada ha dejado algo escrito. La mayoría de las personas que se quitan la vida dejan indicios de aquello que los llevó a hacerlo. –comenté.

Ella guardó silencio y miró a la lejanía. La luna llena se posaba sobre los cerros que rodeaban Villa Dorada, como testigo mudo de todas aquellas cosas que ocultamente pasaban en el pueblo.

—En el mundo, cada cuarenta segundos se quita la vida alguien. – añadí. Últimamente había estado revisando algunas estadísticas sobre el suicidio–. En México, cada hora se suicida una persona; la mayoría de ellos son jóvenes de entre diecisiete y veinticinco años. – guardó silencio, siempre atenta a mis palabras–. Muchos lo hacen por depresión o porque se han enterado de una noticia con la cual no pueden vivir: cáncer, VIH o cualquier otro padecimiento.

—¿Por qué me cuentas todo esto? – preguntó ella, desorientada.

Tú conocías a Diego y ambos usualmente sabíamos la vida de estos últimos dos chicos muertos: ninguno de ellos mostraba signos de depresión. Los que se van a suicidar muestran tendencias un poco fuera de lo normal: se alejan de la sociedad…

—Es cierto. Diego estaba en un buen momento. – comentó ella, reflexionando.

—¿De qué va todo esto? – preguntó ella.

Me le acerqué tanto que posiblemente la gente que deambulaba en la plaza pensó que nos besaríamos.

—Hay que ir a averiguar si hay algo entre la Dawn y el Aura. Puede ser un indicio de lo que empujó a Diego a la muerte. – susurré.

—Pero ni siquiera te caía bien. – masculló.

—No, pero algo raro está pasando; y Diego podría ayudarnos a entender esta aún después de muerto.

—Hablaré con sus padres mañana al amanecer. – aseguró.

Miré a varias señoras de edad avanzada que caminaban en la plaza rumbo a la iglesia. Iban cubiertas con rebozos; sus ojos eran la única parte del cuerpo que se apreciaba; andaban silenciosas, como fantasmas; las luces se encendieron: la oscuridad ya había dominado el pueblo. Ximena se puso de pie y me estudió.

—¿Crees que encontremos algo?

—No lo sé. – también me puse de pie–. Podemos intentarlo. – y me alejé rumbo a mi casa en completo silencio.

Durante todo el trayecto sentía que alguien me vigilaba.

Tengo entendido que esa noche la misa estuvo dedicada a las personas que se suicidaron en las últimas semanas. Luego, el sacerdote sacó el santo principal a una procesión nocturna por las calles del pueblo; todo eso para pedir que no hubiera alguien más que se quitase la vida.

Esa noche dormí intranquilo. Aunque estaba en la intimidad de mi cuarto, sentía que alguien me vigilaba desde la ventana. Cuando al fin abrí los ojos, una sombra se escabulló; pero luego noté que era simplemente la cortina que ondeaba ante el viento.

Me paré a cerrar la ventana y vi el pueblo en completa soledad. Sólo se escuchaba el lamento de las alimañas en la lejanía del bosque; aunado a esto, mi teléfono vibró con una nueva notificación de Facebook.

A las tres de la mañana alguien me había enviado solicitud.

Dawn Walker quería ser mi amiga.

CAPÍTULO 20. DESAFÍO

CAPÍTULO 20. DESAFÍO

 

DESAFÍO
 
Víctor
 
 
DAWN: Buen día, ¿qué tal amaneciste hoy?
Era lo que decía un mensaje de Dawn que leí cuando desperté.
Lo curioso del mensaje era que me lo había mandado a las cinco de la mañana.
Me froté los ojos y estiré mis brazos antes de contestarle. No se me olvida la otra vez que pensé que probablemente me estaba espiando: Acabas de llegar del bosque, dijo. Luego aclaró la situación y me comentó que sólo había dicho eso a modo de broma. No le creí tanto.
VÍCTOR: Bien, fue una noche agradable. Buen día. Por cierto, soñé contigo.
En el sueño solo éramos ella y yo, fundiéndonos en un abrazo en medio de la plaza de Villa Dorada.
Era más hermosa de lo que mi imaginación lo pintaba; incluso más que las fotografías que tenía en Facebook.
Le conté a Dawn mi sueño y lo único que me envió fue un emoticón con corazones.
Divagué un poco por las fotografías de la chica y caí en la cuenta de que todas las habían publicado el mismo día, dos años atrás; actualmente podría estar diferente.
Tenía más de tres mil amigos, una gran cantidad de ellos eran fisioculturistas y jóvenes universitarios.
Por supuesto, estaba Diego; pero también el otro chico que se había suicidado días atrás.
No tenía gran cosa en la sección de información; sólo decía que era de sexo femenino y tenía su fecha de nacimiento. Seguía muy pocas páginas: algunas revistas de moda y de nutrición. Por un momento llegué a pensar que fuese un perfil falso, porque las publicaciones de sus fotos se limitaban a dos años atrás.
Por lo que le pregunté de inmediato:
VÍCTOR: ¿Por qué no tienes fotos recientes?
DAWN: Me las roban. Descubrí algunas cuentas falsas con mi nombre y usando mis fotos.
VÍCTOR: ¿Podrías mandarme una de cómo estés en este momento?
Y la mandó.
Al igual que esa, mandó algunas otras más demostrando que no era un perfil falso. De cualquier manera en la que yo le pedía la foto, ella la enviaba.
DAWN: Me gustaría verte.
…dijo eso, por sorpresa. A mí también me gustaría verla; y por mí no había ningún problema, yo podía ir a la capital.
VÍCTOR: Puedo ir a la capital a visitarte.
DAWN: Ya te había dicho que soy una chica muy ocupada. Probablemente no podamos vernos tan pronto, aunque de verdad quiera hacerlo.
VÍCTOR: ¿Podrías venir a Villa Dorada?
DAWN: NO.
VÍCTOR: ¿Por qué el otro día entonces me dijiste que nos viéramos en el bosque?
DAWN: Bueno, sólo se me ocurrió decirte eso; tú sabes que yo no podría estar en el bosque en mitad de la noche.
VÍCTOR: Lo sé, cariño.
DAWN: Aun así me gustaría preguntarte una cosa.
VÍCTOR: Hazlo.

 

DAWN: ¿Qué estás dispuesto a hacer por mí? ¿Pondrías tu vida en peligro?
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CAPÍTULO 19. OBSESIÓN

CAPÍTULO 19. OBSESIÓN

 

OBSESIÓN
 
Ximena
 
Caminaba rumbo al cementerio. Sí, de nuevo iba a visitar la tumba de Diego. Esa tarde no había llovido, ni siquiera estaba nublado; por primera vez en mucho tiempo el Sol palidecía en el horizonte horas antes de ocultarse por completo.
Durante ninguna ocasión en las que visitaba el panteón le había dicho a mi madre exactamente a dónde iba. Ella pensaba que salía a la biblioteca o con alguna amiga.
Ese día caminaba más lento de lo normal. Para serte sincera; ya no sentía tanto dolor por la muerte de Diego. Había entendido que ese tipo de dolor no sólo lo experimentaba yo, sino todas aquellas personas que últimamente habían perdido a un ser querido. Como aquellas dos mujeres que estaban llorando cuando se suicidó el otro chico. Y no sólo ellas; millones de personas en el mundo diariamente perdían a un ser querido.
La gente muere a diario: dijo un día mi madre con sabiduría. Y eso era cierto; pero lo que hacía diferente a todas esas muertes era la manera en la que se perdía la vida. Diego se había suicidado; y hasta la fecha nadie sabía el motivo. Estoy segura que ni sus padres sabían a ciencia cierta la razón; y si la sabían, pues obviamente a nadie se la revelarían.
Entré al cementerio con el olor a hierba recién cortada y caminé rumbo a la tumba del chico. Cuando Diego cumplió un mes de muerto, sus padres le pusieron una lápida de mármol con un epitafio realmente hermoso: La vida no termina con la muerte. Un enorme ángel custodio se posaba en la cabecera de la tumba empuñando una espada; de alguna forma el rostro de esa pequeña estatua me recordaba a Diego, aunque quizá fuese solo mi imaginación.
Visitar la tumba del chico se había vuelto mi obsesión; quizá ya hasta una costumbre que tenía que realizar sí o sí. Era consciente de que algún día debía de dejar de hacerlo, los muertos deben descansar; pero todavía no reunía el suficiente valor como para dejarlo ir.
A muy pocos pasos se escuchaba una podadora haciendo su trabajo. Quité la basura que se había acumulado en el sepulcro del chico y luego caminé en dirección al ruido de la podadora.
Allí estaba Marcos, limpiando el enorme mausoleo del abuelo de Alexa. Giró el rostro y se quitó unos lentes con los que protegía sus ojos de los fragmentos de pasto que salían volando. Sonrió y apagó la podadora.
        ¡Qué gusto volverte a ver! – no lo decía con tono sarcástico–. Después de aquella vez que te encontré en la carretera…
        Oh… calla. ¡Nadie sabe eso! Mi madre sí cree que dormí en casa de una amiga, así que agradecería si no se lo cuentas a nadie. Y también agradezco lo que hiciste ese día por mí.
        Tranquila. Tu secreto está a salvo conmigo.
        Bien. Pero… pues ya sabes que usualmente vengo a visitar a tus amigos. – recuerdo que para él todos los muertos eran sus amigos.
        No a todos. – apuntó.
        En eso tienes razón.
        Nunca me has dicho la relación que tenías con ese chico al que vienes a ver prácticamente cuatro veces a la semana.
        ¿Cuentas los días que vengo? – reí.
Alzó los hombros.
        Inconscientemente lo hago. Pero has esquivado mi pregunta.
        Diego era un buen amigo. – sí, lo era cuatro años atrás; antes de morir ni siquiera me dirigía la palabra.
        Debió para ti ser muy dura su muerte. – se sentó en el borde del mausoleo. Sacó un refresco de cola y empezó a beberlo. A nuestro alrededor empezaron a cantar unos cuantos pajarillos.
        Pues, no sé…
        Oh. Pero es el chico que se suicidó. ¿Cierto? Bueno, el primero que lo hizo…
        ¿Sabes de qué murió cada persona en este panteón? – pregunté con asombro y ocultando una sonrisa.
        No de todos. – rio de lado–. Pero que alguien se suicide en este pueblo es algo muy extraño. Aunque, digamos que últimamente eso está de moda.
        Mmm… yo no emplearía ese término. ¿Y dónde está la tumba del segundo chico que se suicidó? – le pregunté, sólo por curiosidad.
        Por allá. – señaló una zona del cementerio donde había tumbas un poco menos ostentosas. La mayoría de ellas estaban adornadas solamente por un barandal de hierro que delimitaba su territorio y una cruz de madera o metal.
¡Qué ironía! Hasta en el cementerio hay una clara división de clases sociales.
En instantes di con la tumba del chico de dieciséis años que se había ahorcado desde el balcón de su casa. Había unos ramos de flores secas y, lo más extraño, es que en medio de todas ellas había una rosa morada.
Una rosa morada.
Como la que encontré en la tumba de Diego el día siguiente de su sepelio.
Traté de meter la mano entre los barandales y tomé la flor morada entre mis dedos. ¡Qué extraño era todo!
¿Quién pudo dejar una rosa idéntica en las tumbas de Diego y de este chico?
        Oye, en pocos minutos voy a cerrar. – gritó Marcos. Asentí y me puse de pie.
Deambulé por entre el camposanto unos minutos más hasta que decidí enfilarme a la salida.
Sin embargo, antes de salir Marcos me llamó desde la bodega.
        Antes de que te vayas me gustaría pedirte algo. – sonaba un poco avergonzado.
        Te escucho.
        ¿Podrías darme tu número telefónico?
Y se lo di.
 
**
Esa noche mientras cenaba, mi madre al fin descubrió mi secreto.
        No fuiste a la biblioteca hoy.
La cuchara se me cayó al suelo.
        Sí.
        ¡Ximena, no mientas! Te he seguido los últimos días y me he dado cuenta que vas al panteón. No sé cuánto tiempo llevas haciendo eso, pero no está bien. – dijo.
        Sólo voy a charlar un poco con Diego. – respondí, tontamente.
        ¿Estás escuchando la tontería que dices? – dijo papá con incertidumbre –. ¡Diego está muerto! ¿Cómo es posible que hables con él?
        También he oído que lloras por las noches. – acotó mamá. Eso sí no lo esperaba.
Sí, lloraba por él; todavía…
Una piedra se formó en mi garganta y carraspeé.
        Pienso que debes superar la muerte del chico. Ya casi son dos meses y necesitas soltarlo.
No le respondí nada.
        Te he agendado una cita con la psicóloga en un par de días. – avisó, sin más.
Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba. Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba.
También soñé con Marcos matando personas y sacándoles el corazón. Así como lo hicieron con la chica que encontraron hace más de una semana.
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CAPÍTULO 18. VACACIONES

CAPÍTULO 18. VACACIONES

 

VACACIONES
 
Alexa
 
El día siguiente a la fiesta desperté a eso de las tres de la tarde. Estaba en mi cuarto; pero imperaba un aroma a vómito y a alcohol que definitivamente me hacía desconocer el lugar. Me dolía la cabeza y tenía una sed tan intensa que bebería un río entero sin reventar. Recordé lo que había hecho con Alexis y reí coquetamente. Miré mis manos y aprecié algunas contusiones alrededor de ellos.
¡Definitivamente había sido una noche intensa! Me revisé el resto del cuerpo y no vi ningún moretón más.
Giré mi rostro y vi una nota escrita con mala letra sobre un pedazo de papel higiénico:
Estuviste fantástica.- Alexis
Bueno, la verdad: leer eso me hizo sentir satisfecha y contenta.
Desde mi estómago surgió una arqueada y vomité en el cesto de basura. Fui a darme un baño y me puse una ropa cómoda. Caminé hasta el cuarto de mis padres y me enteré de que no habían llegado a dormir. ¡Qué bueno! De lo contrario, hubieran encontrado un gran desorden en mi casa.
Bajé a la primera planta y vi a Caterina dormida en uno de los sillones de la sala. Había un puñado de latas vacías de cerveza y bolsas de frituras en el suelo.
        ¡Caterina! – le moví la cabeza hasta que despertó y entreabrió los ojos.
        ¡Déjame dormir! – protestó.
Bruscamente la tiré del brazo y la tiré al suelo lleno de porquería.
        Ayúdame a recoger todo. ¡Pronto vendrán mis padres! – se puso de pie a regañadientes y aprecié lo desgarrado que estaba su vestido, como si una jauría de perros la hubiese atacado–. Mejor vete a dar un baño. – la miré con asco. Yo estaba igual apenas minutos atrás–. Toma ropa de mi armario y baja rápido a ayudarme a limpiar.
Ella subió a mi habitación mientras yo empezaba a recoger la basura.
Salí al jardín y vi todavía más caos que en el interior. Con ayuda de Caterina, terminé de limpiar en menos de dos horas. Afortunadamente mis padres no llegaron hasta pasado el mediodía; de otra forma; me hubieran dado la regañada de mi vida.
        Anoche vi que te escabulliste con alguien. – le dije a Caterina ya cuando estábamos liberadas de todo el trabajo. Estábamos en mi habitación comiendo palomitas con mantequilla.
        Sí, bueno… – se sonrojó–. Era un chico que no había visto antes y la verdad me gustó demasiado. Empezamos a besarnos y todo terminó con un final feliz. – metió en su boca un puñado de palomitas y dibujó una sonrisa en su rostro.
        ¿Por lo menos usaste condón? – le pregunté. Pero qué tonta; en ese momento recordé que la que no había usado condón era yo.
        Por supuesto. – respondió.
        ¡Caterina; debes acompañarme a la farmacia!
        ¿Por qué? – frunció el ceño.
        Porque la que no usó condón fui yo. – tragué saliva con dificultad.
        Bueno, solo toma la pastilla del día siguiente.
        Eso es lo que haré. – y la jalé de la mano, conduciéndola a la salida.
**
Para el siguiente fin de semana, me encontraba en pleno vuelo hacia Cancún. A pesar de que sólo sería una semana de vacaciones en las hermosas playas del Caribe mexicano, estaba dispuesta a pasarlas de la mejor manera, tanto, que me envidiarían muchos.
Cuando llegamos al hotel, mis padres se encargaron de reservar una habitación solamente para mí y otra para ellos dos. Yo: feliz. Me instalé, me di una ducha y me puse un bikini con estampado vintage de rosas rojas. Pinté mis labios de un tono oscuro y me aseguré de que mi cabello rojo se viera perfectamente bien.
Les pedí permiso a mis padres para bajar a la playa y así lo hice; mientras ellos se quedaron en el restaurante del hotel. Cuando caminaba, no era extraño que algunos chicos me silbaran tratando de llamar mi atención. Pero ni siquiera los giraba a ver, simplemente me limitaba a seguir caminando hasta encontrar un buen lugar para broncearme un poco. El Sol quemaba demasiado y aproveché eso para tirarme en la arena y beber tranquilamente una piña colada.
Agarré el nuevo teléfono que mi papá me había regalado y tomé un par de fotografías que casi al instante estaban en Facebook. Sí, me gustaba presumir de aquello que la demás gente de Villa Dorada no podía hacer.
Terminé mi bebida y vi a un par de chicos extranjeros que caminaban por la playa. Ambos me miraron y se acercaron a saludarme.
Los chicos eran franceses, pero su inglés era tan bueno que nos pudimos comunicar sin problemas.
Estaban de vacaciones en México y eran oriundos de Niza. En realidad no eran tan guapos como Alexis (del cual no había sabido nada desde la fiesta), pero no me importó y me cité con ellos por la noche, en uno de los antros más famosos de Cancún.
Obviamente, mis padres se pondrían en contra de que yo saliera en la noche en una ciudad desconocida para mí; pero no les pediría permiso, iba a aprovechar que estábamos en habitaciones separadas para escaparme de contrabando.
Cuando dieron las ocho de la noche empecé a arreglarme; me puse un vestido color vino y me maquillé tanto que ni yo misma me reconocía. Me tomé una foto frente al espejo lanzando un beso y enseguida estuvo publicada en Facebook.
A las diez de la noche salí del hotel y caminé por las aceras llenas de personas que disfrutaban de la vida nocturna.
Llegué al bar y encontré de inmediato a los chicos franceses. Estuve con ellos bailando y conviviendo alrededor de dos horas hasta que decidí ir al baño a retocarme el maquillaje. Mientras lo hacía, mi teléfono vibró con insistencia. Eran varias notificaciones de Facebook. Las abrí:
A 560 personas les ha gustado tu nueva foto de perfil.
Tienes una nueva solicitud de mensaje.
Esta última no llamó tanto mi atención; usualmente me llegaban muchas solicitudes de mensajes para aceptar. Todas las rechazaba, por supuesto. La mayoría de ellos eran obreros y demás chicos de Villa Dorada y de la capital que no me interesaban en lo más mínimo.
Sin embargo, ante todas las probabilidades, el nuevo mensaje no era de un chico, sino de una chica.
Dawn Walker me mandó un mensaje:
Hola, Alexa. Veo que estás de vacaciones. Eres una chica guapa; creo que podríamos llevarnos muy bien tú y yo. Espero que me invites a tu próxima fiesta para conocernos un poco más.


Y al instante de que terminé de leer el mensaje, me llegó su solicitud de amistad.

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CAPÍTULO 17. EXPLORACIÓN

CAPÍTULO 17. EXPLORACIÓN

EXPLORACIÓN
 
Víctor
 
¿Cómo no enterarme de la muertita si el coche de las noticias era lo único que anunciaba? Yo había sido de los primeros en comprar el periódico y quizá el único en todo Villa Dorada que no se sorprendió tanto.
¿Por qué me iba a sorprender? Las personas mueren a diario, lo que es inusual es que les saquen el corazón. Lo cual me recordó a las clases de Historia del bachillerato, cuando las Mexicas de Tenochitlán (la antigua Ciudad de México) sacrificaban personas al dios Tlaloc (el del agua) sacándoles el corazón y arrojándolo a los lagos y ríos. Eso era muy normal. Pero llegaron los civilizados conquistadores españoles y vieron ese acto como una clara ofrenda a Satanás; entonces lo condenaron.
Mi borracho padre ni siquiera le puso atención a la noticia que en ese momento corría por todo Villa Dorada. Estaba mirando el partido de México contra los Estados Unidos y maldecía porque no sacaban la casta ante los americanos. ¡Como si un simple partido de futbol determinara el futuro de una nación!
Fui hasta mi habitación y allí encendí mi propio televisor. No sintonicé nada interesante, hasta que le dejé en un canal donde reproducían la película de Las crónicas de Narnia.
 
Un mensaje llegó a mi teléfono justo en el momento en que Lucy se metía al ropero por primera vez:
DAWN: Hola, amor.
Sí, para ese momento Dawn ya era más cariñosa conmigo. Y yo con ella. ¿Por qué no? ¡Sólo era un juego!
VÍCTOR: ¿Qué tal, princesa?
DAWN: ¿Cómo va tu día?
VÍCTOR: Un poco aburrido, amor. Pero nada que no lo solucionen unos cuantos mensajes contigo.
DAWN: Me parece perfecto. ¿Intercambiamos fotos? Ya sabes cómo…
VÍCTOR: Por supuesto, mi reina.
E intercambiamos unas cuantas fotos. En las suyas podía apreciar una imitación a la Venus que nos enseñó el profesor de filosofía en una clase: desnuda, con la piel tersa y la mirada seductora.
Ella se desconectó al cabo de un par de minutos. Me puse de pie y fui a darme un baño. Aún seguía pensando en la noticia del cadáver de la mujer; tanto, que decidí por mi mismo ir hasta el sitio donde la habían encontrado. Era sólo por el morbo, no porque quisiera encontrar otro cadáver o algo así. Tomé la bicicleta de mi padre sin siquiera pedírsela y empecé a pedalear por las calles vacías de Villa Dorada en pleno domingo por la tarde. ¡Sorprendente, lo sé!
Me introduje en la carretera húmeda por las lluvias y traté de ubicar el lugar exacto. Estuve pedaleando quince… no, quizá veinte minutos, hasta que llegué al sitio que aparecía en las fotos del periódico. Una corriente de adrenalina me invadió y me bajé de la bicicleta.
Estudié el terreno mientras en la carretera pasaban los autobuses de pasajeros a toda velocidad, como queriendo alejarse rápidamente de Villa Dorada. Encontré resquicios de ropa de la mujer y unos estuches de maquillaje esparcidos por el sitio. Analicé el terreno más a fondo y me di cuenta y unos estuches de maquillaje esparcidos por el sitio. Analicé el terreno más a fondo y me di cuenta de un rastro de fango que se internaba en el bosque por un sendero; como pasos el yeti mexicano.
Me metí por el sendero rodeado de árboles y maleza. En la lejanía se escuchaba el lamento de los coyotes y uno que otro cantar de búho. Mi abuela decía que los búhos son de mal agüero y que de alguna forma traen muerte, pues con sus aleteos se pueden llevar el alma de las personas. Se me enchinó la piel al recordar eso, pero el espíritu de aventura pudo más que cualquier otra cosa. El sendero terminó en una vieja cabaña derrumbada. Podría ser el escenario perfecto para una película de horror. La maleza la rodeaba comiéndose las paredes lentamente; estaba tan abandonada como el cadáver de la mujer de ayer.
¿Y si de este lugar sacaron el cadáver de la chica?
Me mordí el labio sintiendo el fuerte latir de mi corazón en los oídos. Poco a poco se iba ensombreciendo el ambiente, por lo que mi instinto me decía: huye; pero mi cerebro excitado decía: da un vistazo al interior. Y seguí el consejo de este último.
Lo sé, probablemente nadie en su sano juicio se acerca a una cabaña derrumbada mientras está oscureciendo. Pero si has sentido esa adrenalina de saber qué hay más allá, entonces podrás entender lo que yo experimentaba en ese momento.
Me acerqué a una ventana rota y eché un vistazo al interior; no había nada de importancia: muebles viejos y en las paredes un par de cuadros mal pintados de algún artista amateur. Parecía que nadie había vivido allí en los últimos diez años; quizá más tiempo.
Un disparo resonó sobre mi cabeza y se impactó en la madera podrida a pocos metros de mi posición. Me tiré al suelo lleno de miedo y observé a todos lados, buscando la procedencia de ese proyectil. Sonaron dos más y seguí tendido en el suelo; cual avestruz metiendo su cabeza en la tierra para evitar ser asesinada.
Un par de sombras surgieron en medio de la oscuridad.
        No jodas. ¡Esto no es un ciervo! – se burló uno de ellos y me golpeó la pierna con su bota–. Levántate. Por poco y te matamos, animal.
        ¡En el lío en el que nos hubiéramos metido! – dijo el otro hombre colgándose la escopeta en el hombro. Tenían acento norteño; probablemente no eran de aquí.
Fue en ese momento cuando me incorporé y vi que sólo eran dos cazadores que aprovechaban la oscuridad para hacer sus fechorías. Uno de ellos cargaba un búho muerto.
        Bueno, tampoco iba a ser tan grave si lo matábamos. Lo podríamos tirar en la carretera hasta que lo encontraran, con la chica de ayer. – se burlaron. Ambos fumaban cigarro y empuñaban en una mano una linterna y en la otra un saco para echar lo que cazasen.
        ¿Qué haces aquí, hijo? No me digas que vives en esta porquería de lugar. – comentó el mayor. Tenía la barba blanca y despedía un fuerte aroma a tabaco.
        No. Solo estaba dando un paseo. – traté de ocultar mi temor.
        Pues no deberías pasear por aquí a tan altas horas de la noche. – acotó el más joven–. Ya sabes lo que dice la gente. Ja, ja, ja… Las brujas te van a tragar, si es que no lo hace Satanás antes. O aquellos fantasmas que abundan en la carretera y matan a los turistas que viajan por aquí. ¡O la llorona! – gritó esto último, como invocándola.
        No creo en nada de eso. – apunté.
        ¡Vaya! Tenemos aquí a un valiente hombrecito. Aunque tienes razón, hijo… son más peligrosos los vivos, que los muertos. – y soltó un escupitajo en mis zapatos–. Sólo ten más cuidado la próxima vez; y que no te vuelvan a confundir con un ciervo o lo pagarás con tu vida.
Y los dos hombres se alejaron riendo y tirando balazos al aire.
También me alejé, pero con el temor de estar siendo acechado por algo.
Llegué a mi casa y encontré a mi padre en el mismo sitio en el que se había quedado; ahora, en cambio, olía agrio a vómito y orina. Fui hasta mi habitación y procesé todo lo que había vivido esa tarde tan sólo por andar de curioso.
¿Qué hubiera pasado si me hubieran matado esos dos hombres?
¿De verdad me hubieran arrojado a la carretera?
Abrí Facebook y me encontré con un mensaje de Dawn.
 
DAWN: ¿Dónde estuviste toda la tarde?
VÍCTOR: Fui a dar una vuelta.
DAWN: ¡Qué interesante!
VÍCTOR: Oye, ¿crees que podamos hacer videochat?
DAWN: No lo creo, mi computadora no tiene webcam.
VÍCTOR: O pásame tu número y te marco, quiero oír tu voz.
DAWN: Tampoco tengo teléfono, me lo robaron hace poco. Lo siento, bebé.
VÍCTOR: ¿Entonces cuando tendré contacto real contigo?
DAWN: Pues estás teniendo conmigo en este momento.
VÍCTOR: Pero quiero verte. Quiero asegurarme de que eres la de las fotos.
DAWN: ¿No basta con las fotos que te mando y que ves en mi perfil?
VÍCTOR: En realidad no… oye, sé que llevamos pocos días conociéndonos pero en realidad me importas.
DAWN: Bueno, conozcámonos unos cuantos días más y veremos qué pasa.
VÍCTOR: Como tú quieras, hermosa.
DAWN: ¿Y si te digo que vayas al bosque en este momento y allí nos veamos?
VÍCTOR: No lo sé, no podría. ¿Tú podrías? Vives en la capital y no creo que vengas hasta aquí.

 

DAWN: Podría robarle el coche a papá. Pero, ¿por qué no podrías tú? Si acabas de llegar de allí.
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CAPÍTULO 16. EL CADÁVER

CAPÍTULO 16. EL CADÁVER

EL CADÁVER
 
Matías
 
Era domingo por la mañana. Desperté sobresaltado cuando una pelea de perros sucedió afuera de mi casa. Maldije por lo bajo y luego agarré mi teléfono que aún estaba cargándose sobre la mesita. Vi algunas nuevas notificaciones de Facebook y unas cuantas fotografías de los individuos que habían asistido a la fiesta de Alexa; la mayoría se veían ebrios y muy poco conscientes de lo que hacían en ese momento.
En unas cuantas fotos salía Alexa bailando muy sensualmente con un chico desconocido; inclusive hasta su amiga Caterina parecía otra persona. Esperé ver a Ximena en alguna imagen, pero no ocurrió así.
¡Aunque se veía que lo habían pasado bien!
Solté una risotada y me vestí: me puse un short, una camiseta café y mis tenis sucios. Salí a desayunar y encontré a mi mamá limpiando la cocina con la música del radio a todo volumen. Sonaba una estación que se encargaba de transmitir música regional mexicana; mamá tarareaba algunas de las canciones.
        ¿Dónde está papá? – le pregunté de inmediato.
        Fue al súper. Pero se me olvidó encargarle un poco de carne… ¿podrías hacerme el favor de ir tú? – se metió la mano al bolsillo y me ofreció un billete de veinte euros–. Traes un kilo.
Y salí a la calle.
Como típico domingo pueblerino, había más gente que de costumbre. La mayoría de las personas venían de las rancherías cercanas a abastecerse de víveres para la semana; pero también había visitantes de otras poblaciones que venían sólo a pasar un agradable domingo alejados del estrés de las grandes ciudades.
El Sol palidecía entre algunas nubes poco densas; mientras caminaba por las aceras, era inevitable no escuchar todavía conversaciones acerca del chico que se había suicidado hacía apenas uno cuantos días.
Atravesé de largo el mercado atestado de puestos de todo tipo: desde aquellos comerciantes de verduras que abarcaban grandes cantidades de espacio; hasta los pequeños vendedores de gelatinas, dulces y tortas de jamón que tan sólo ocupaban una mesa pequeña. Me cubrí las narices cuando pasé por un puesto donde vendían pollo (ya que en ese mismo lugar los estaban sacrificando) y giré en la esquina, siguiendo la avenida principal hacia la carnicería más cercana.
En el local atendía un hombre fornido de unos cuarenta años y de barba poblada; había más empleados, en su mayoría hombres que agarraban las enormes piernas de buey como si fuera lo más ligero del mundo. Pedí un kilo de carne que demoró en llegar y luego volví a mi casa siguiendo el mismo trayecto.
Las campanadas para la misa de diez de la mañana apuraban a los fervientes católicos ataviados con ropajes elegantes.
A la iglesia se va con sus mejores galas: había dicho una vez mi abuela mientras me pedía que le colocara un brazalete de plata. Mi familia acostumbraba ir a misa al atardecer; los domingos en Villa Dorada hay alrededor de cinco homilías en todo el día auspiciadas por el mismo párroco. No me quiero imaginar el cansancio en la voz que tendrá al finalizar el día.
¿Qué tuvo de interesante ese recorrido?
En realidad no gran cosa.
Nada, hasta que estuve a punto de meterme al interior del mercado y perderme en el bullicio de la gente.
No lo hice. Me detuvo algo.
De inicio sólo era un ruido extraño que taladraba los oídos; pero cuando toda la gente – los que caminaban en las banquetas y hasta los comerciantes – se giró a ver el pequeño Volkswagen blanco que anunciaba las noticias del pueblo, me di cuenta de que era algo mucho más inusual que las noticias habituales de fútbol y política.
Encima del Volkswagen se instalaba un altavoz viejo y oxidado; de él salían las siguientes palabras con la voz cavernosa de un hombre:
¡Noticia de último momento! Acérquese a este coche de sonido y entérese las crueles condiciones en las que ayer por la tarde fue hallado un cadáver de sexo femenino en la carretera que conecta la capital con Villa Dorada. Adquiera la noticia completa por tan sólo un euro.
Es un poco extraño que la prensa tenga la información impresa casi al instante de que han ocurrido los hechos. Siempre me he preguntado: ¿cómo se enteran de los acontecimientos?
El pequeño automóvil se detuvo en una orilla y empezó a vender algunos ejemplares a los curiosos que querían saber la noticia.
Palpé la única moneda de un euro que me había sobrado de la compra en la carnicería y me mordí el labio inferior; lo pensé unos instantes…
Acérquese a este coche de sonido y entérese de la última noticia de Villa Dorada.
¡Maldito anuncio tentador!
Entonces corrí hasta el coche de sonido y compré el periódico que tenía menos de diez páginas pero que repararía mi curiosidad.
Doblé el periódico y lo metí bajo mi axila. Caminé de regreso a mi casa con la ansiedad de leer eso que tanto publicitaba el coche.
Le entregué a mamá la bolsa de carne y extendió su mano para recibir el cambio. Le enseñé el periódico para comprobar que no traía ningún euro extra y torció el gesto. Continuó con su labor y me dejó leer la noticia en completa calma, el encabezado era impactante:
CADÁVER CON SIGNOS DE VIOLENCIA ENCONTRADO EN VILLA DORADA
Ayer por la tarde fue encontrado el cuerpo de una mujer a las afueras de Villa Dorada. La primera persona que encontró a la muertita fue un campesino de la zona que a esas horas del atardecer recogía su ganado de un ejido cercano. El hombre de inmediato dio parte a las autoridades de Villa Dorada, mismas que acudieron al lugar tras haber llamado al servicio pericial de la capital del estado. Los peritos recogieron el cuerpo de la desconocida y se dieron cuenta del cruel estado en el que estaba el cuerpo.
La mujer, de unos veinticinco años, tenía cabello castaño, piel blanquecina y mostraba claras marcas de tortura. Sus muñecas tenían moretones como si hubiese estado en cautiverio, además de poseer unas extrañas marcas en forma de círculo hechas con algún objeto ardiente en ambas palmas; en el pecho tenía alrededor de cinco puñaladas y al parecer los asesinos le habían sacado el corazón. Mostraba signos de violencia en todo el cuerpo y su ropa estaba hecha trizas; además de tener sus partes íntimas quemadas con algún ácido extraño.
Por la casi nula descomposición del cuerpo, se cree que la mujer fue arrojada a ese lugar tan sólo minutos antes de que el campesino la encontrara.
Un halo de preguntas surgió cuando en el pecho de la víctima se leía claramente la siguiente insignia: “Aquí comienza la eternidad”, por lo que tampoco se descarta un posible ajuste de cuentas del crimen organizado que impera en nuestro estado.
La hoy occisa no se ha identificado, pero lugareños aseguran que no pertenecía a Villa Dorada, sino a Torres de Alicante; otro poblado ubicado a tan sólo veinte minutos del lugar donde fue encontrado el cuerpo.
Este cadáver se suma a los más de doscientos feminicidios en todo el estado; siendo el primero que ocurre en una población semi-rural en lo que va del año.
Junto con la nota se acordaban dos fotografías del cadáver. En la primera se le veía a la mujer tirada boca abajo sobre el fango, el cabello estaba lleno de lodo y la poca ropa que traía me sugería el posible oficio que desempeñaba en vida. No se veía gran cosa en esa foto, salvo los glúteos manchados de sangre.
La siguiente foto era aún más explícita que la anterior. En esta se apreciaba la mujer boca arriba, con un orificio sangriento en el centro de su pecho que parecía tan oscuro como una cueva y tan vacío como la noche. A duras penas se veía la inscripción en su pecho desnudo.
El rostro de la mujer se quedó grabado en mi mente, como un tatuaje. Sus ojos completamente abiertos y esa mueca de dolor que ya nadie podrá quitársela. Y, tal como lo decía la nota: las muñecas de la mujer tenían quemaduras en forma de círculo.
Tragué saliva con dificultad. Una mole de concreto cayó en mi estómago cuando vibró el teléfono desde mi bolsillo.
Era un mensaje de Víctor invitándome a salir esta tarde. No le contesté en ese momento, pues me había quedado absorto con la noticia.
Papá llegó de la calle con un semblante pensativo. Cargaba dos bolsas de plástico repletas de verduras y se las entregó a mi madre.
        Gloria, ¿te has enterado de lo del cadáver que encontraron ayer? – le dijo él.
Mi mamá se cubrió la boca con sorpresa.
        No. ¿Quién era? – fui hasta ella y le entregué el periódico. Ella ni siquiera lo leyó, sólo se limitó a mirar las fotos y horrorizarse todavía más.
        Pero ¿qué está pasando en el mundo? – preguntó ella, filosóficamente–. Tantas muertes no las puede estar permitiendo Dios. – se santiguó y siguió con sus deberes. Papá me arrebató el periódico y se dispuso a leer la noticia.
Cuando terminó de leer, se giró hacia mí todavía con gesto pensativo.
        Hay que tener mucho cuidado. La gente está muy asustada en el pueblo. – comentó. Tiró el periódico a la basura y se retiró hasta la sala.
Y era verdad lo que dijo.
Por la tarde, cuando salimos los tres, no había tanta gente en la calle; y la poca que deambulaba por las aceras cuchicheaba tanto el hallazgo de la mujer como el suicidio del otro chico apenas un par de días antes.
Ya digo: en la calle no había gente, pero la iglesia durante la misa de siete de la tarde estaba a reventar de personas. El sermón que dio el sacerdote estuvo enfocado al milagro de la vida y al pecado tan grande que es atentar contra este regalo divino. Al finalizar, dio la bendición y todos al unísono nos la pusimos. El padre aseguró que la necesitaríamos.
– Anden con cuidado, la Bestia anda suelta. – dijo, finalizando.
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