DESAPARECIDO

Víctor

Cuando desperté, lo primero que hice fue conectarme a Facebook para enviarle un mensaje a Dawn. No estaba disponible; su última conexión había sido seis horas antes, sin embargo, le mandé un mensaje saludándola.

El resto de la mañana la pasé ordenando un poco la casa. Mi padre estaba borracho (de nuevo) en la sala, donde imperaba un olor muy desagradable.

Desayuné en un puesto de quesadillas y luego me fui a sentar a la plaza un rato. En los próximos días buscaría un empleo, pero por el momento disfrutaría de unos cuantos días de vacaciones. Me compré un helado de limón y a eso de las dos de la tarde encontré a Matías caminando desde la iglesia. Venía con su madre. Me miró y se despidió de su progenitora para caminar a mi dirección.

—¿Vienes de misa? —le pregunté con sorpresa.

—No. Mi mamá quería dejarle unas flores a la virgen —se sentó a mi lado—. Le pidió porque los suicidios se detuvieran.

—Mmm… no creo que la virgen pueda ayudar mucho —comenté sin pensarlo. Matías paseó su mirada entre los árboles que rodeaban el lugar.

A pocos pasos de nosotros, un ventarrón de aire le arrebató los globos de helio a un vendedor. El hombre intentó alcanzarlos, pero estos ascendieron cada vez más.

—¿Cuándo te vas a mudar a la capital? —quise saber. Cuando él se fuera me iba a sentir un poco solo. Matías había sido mi único amigo desde la secundaria aproximadamente.

—Aún falta más de un mes para que empiecen las clases en la universidad —confesó—. Supongo que a principios de agosto mi iré de Villa Dorada. Pero, digamos que no me iré del todo; estaré viniendo los fines de semana a visitar a mis padres. ¿Ya conseguiste empleo?

—La próxima semana empezaré a buscar —dije.

Su teléfono vibró con insistencia y contestó una llamada. Desde el otro lado de la línea se escuchaba la voz de una chica.

—Sí… entiendo… —comentó Matías con la mirada perdida—. Entonces espero que pronto regresen de viaje y podamos pedirles permiso para entrar.

Colgó la llamada y se giró a verme.

—¿Qué estás tramando? —le pregunté ocultando una risotada.

—Nada —fue tajante.

—¿Andas con Ximena?

—No… —se sonrojó—. Solo estamos investigando algo.

—Entiendo —y me reí—. ¿No crees que ella está un poco loca?

Sus ojos me miraron con ansia asesina. Sacó su teléfono y se perdió en él; hice lo mismo, tan solo para comprobar que Dawn no se había conectado.

—Ayer me envió solicitud alguien que te tiene agregado —me dijo. Me mostró su teléfono y vi la solicitud de amistad de Dawn. Ella le había enviado solicitud a mi mejor amigo—. ¿La conoces? —Quiso saber.

—Eh… sí. Solo la agregué por curiosidad. Tiene a muchas personas de Villa Dorada entre sus amigos —añadí.

—Mmm… pero no la conozco. ¿No es un poco peligroso agregar personas desconocidas? Prácticamente les estás abriendo la puerta de tu casa.

—¡No exageres! —me burlé—. No es para tanto. ¡Es solo Facebook!

—Bueno, aún así dudo en aceptarla. Se ve guapa, pero…

—Pero, ¿qué?

—Sus fotos se ven artificiales. ¿No es una cuenta falsa? —inquirió.

—No creo. Ya cuando la tienes agregada se desbloquean otros álbumes donde hay más fotografías de ella. Claramente es quien dice ser —elevó las cejas y guardó su teléfono.

Estuvimos en silencio un par de minutos hasta que vimos que un coche perteneciente al ayuntamiento publicitaba una magna conferencia en el teatro del pueblo. La futura charla se trataría sobre el suicidio, sería impartida por un psicólogo de la universidad nacional.

—Deberíamos asistir —sugirió Matías con interés. Sonó más como una pregunta que como una afirmación.

—No creo. Yo no tengo tendencias suicidas —señalé.

—¿Al menos sabes qué tipo de indicios dan lo suicidas? —Preguntó sabiondamente.

—Tienen pensamientos constantes sobre la muerte; regalan sus objetos a las personas cercanas, se alejan un poco de lo que antes les gustaba hacer, ven otro tipo de contenidos en la televisión y empiezan a despedirse de algunas personas —comenté.

—Parece que alguien leyó el folleto que repartió el personal del Centro de Salud —ambos reímos.

—Ja, ja, ja… pues, estaba interesante —el atardecer poco a poco llegaba.

En ese momento una mujer joven se nos acercó. Estaba llorando; sus ojos lucían inyectados de sangre y le temblaban las manos. Cargaba un puñado de hojas blancas que algunas personas más pegaban en los postes de electricidad y en las paredes.

—Muchachos… —empezó a decir con voz temblorosa. Le dio a Matías una de esas hojas —¿no han visto a mi hijo? —miré la hoja blanca. En el centro estaba impresa la fotografía de un chico con el uniforme de la secundaria de Villa Dorada. Con enormes letras negras se apreciaba un encabezado trágico: DESAPARECIDO.

—Por favor, ayúdenos a encontrar a mi hermano —pidió una muchachita de ojos azules.

—Él es mi hijo. Desapareció hoy por la mañana —la mujer soltó una lágrima—. Lo hemos buscado por todo Villa Dorada y hasta en Torres de Alicante, pero no lo encontramos aún. Les rogaría que me dieran alguna información si es que lo han visto. ¡Estamos desesperadas por hallarlo!

—Lamentamos no poder ayudar… —contestó Matías, absorto.

La mujer soltó un lastimero gemido.

—Si saben algo de él, o si lo ven en las próximas horas, les ruego que llamen al número que viene en la hoja impresa —y se retiró, envuelta en un mar de lágrimas.

—Lo vimos meterse a su cuarto al anochecer, pero al amanecer ya no estaba en su habitación. Creemos que escapó, pero no sabemos a dónde —leyó Matías la breve descripción que estaba en la hoja. Me la dio y aprecié la fotografía del (prácticamente) niño.

—No lo conozco, ni de vista siquiera —dije.

—Yo sí. Su padre fue mi maestro en la primaria. Pero, ¿a dónde iría?

—Seguramente de fiesta con sus amigos —traté de sonar gracioso, pero en realidad había sonado muy tonto.

—No todas las personas de Villa Dorada son como Alexa —apuntó de mala gana.

Guardó el número telefónico en su móvil, solo por si acaso; y yo hice lo mismo. Seguramente lo encontrarían al cabo de unas horas y todo sería solo un susto pasajero.

Me despedí de mi amigo y caminé rumbo al gimnasio al aire libre para hacer mi rutina diaria.

Al llegar a mi casa revisé Facebook, pero Dawn seguía los recibía. Seguramente estaba ocupada en su trabajo, o en cualquier otra cosa que hiciera. A decir verdad, me estaba empezando a preocupar.

Me dormí con una rara sensación de inquietud, no por el chico desaparecido, sino porque extrañaba a Dawn. Siéndote sincero: me gustaba hablar con ella. Probablemente, como yo, había muchos chicos: locos por Dawn y sin dejar de pensar en ella.

No quería aceptarlo, pero me estaba enamorando poco a poco de Dawn Walker.