Matías

El tercero fue un muchacho de veinticinco años. Lo conocía. Bueno, en realidad todo el mundo se conocía en Villa Dorada. Este chico trabajaba en una tienda muy concurrida por la población; él se encargaba de rellenar los estantes cada vez que hacían falta los productos. Por la mañana era usual que estuviera barriendo la entrada a la tienda y que se encargase de bajar las mercancías que llegaban al comercio en camiones desde las distribuidoras de productos.

El chico, al igual que los anteriores suicidas, se había ahorcado. La única diferencia aquí, fue que escogió uno de los árboles del jardín trasero de su casa para colgarse.

Toda la gente de Villa Dorada estaba asustada con la oleada de suicidios sin explicación alguna. ¿Por qué se suicidaban las personas, en especial, los hombres? ¡Este chico fue el tercero en menos de dos meses! Mi madre erróneamente decía que los suicidios eran como una enfermedad contagiosa; y que estaba en el aire, cual virus mortal.

Papá opinaba otra cosa: las personas que se suicidaban estaban mal psicológicamente y no encontraban otra salida a sus problemas más que quitarse la vida. Yo no estaba de acuerdo con ninguna de las dos teorías; probablemente los suicidios solo se tratasen de pura coincidencia y un golpe de mala suerte en Villa Dorada. Sea cual fuese la situación, un espíritu de nerviosismo y miedo invadía a los pobladores.

Estaba sentado en la plaza principal justo en el momento en el que sacaron el féretro de la iglesia del tercer suicida. Las campanas repicaron la próxima misa mientras un mariachi iba acompañando al joven muerto. Había mucha gente en la comitiva; en realidad era un chico que todo el mundo ubicaba.

El féretro era de lámina negra; me acordé de esas cosas que decían sobre los féretros de metal: el cuerpo nunca se descompone y en lugar de desintegrarse se vuelve una masa amorfa de líquido verdoso y carne cocida en los gases.

Se respiraba un aire pesado y denso en todo Villa Dorada.

Justo en el momento en el que me retiraría a casa, Ximena me interceptó; en su mano derecha cargaba un helado de vainilla a medio acabar.

—¡Qué triste! ¿No? – comentó ella terminándose el helado.

—Lo sé. ¿Qué está pasando en Villa Dorada? – fruncí el ceño.

—Apenas van a hacer dos meses de lo de Diego y ya hay más muertos en todo el pueblo que en cualquier otra época del año. – acotó ella sentándose; la acompañé mientras el cielo comenzaba a oscurecerse por las grisáceas nubes cargadas de lluvia.

—Eso parece. Pero, hablo en serio: ¿qué crees que esté pasando? – la miré mordiéndome el labio inferior.

—Yo creo que es una extraña moda. – añadió–. Seguramente vieron a alguien que lo hizo… o es un reto… ya sabes, esas cosas que a veces salen en internet.

—No creo que sea una especie de desafío.

—¿Sabes algo? – me miró con extrañeza–. Mi tía, una hermana de mi padre, dice que no soporta venir a Villa Dorada.

—¿Por qué?

—Ella dice ver personas colgadas en los árboles a nuestro alrededor. – y señaló a los fresnos que bordeaban la plaza principal–. Cuenta que durante la revolución, Villa Dorada fue un refugio insurgente y que de alguna forma llegaron los soldados a ahorcar a todos sus enemigos, justo aquí, en la plaza. Si tomamos en cuenta esto, Villa Dorada está marcada por la sangre de cientos de ahorcados.

—Me parece haber escuchado algo de eso… pero hay muchas leyendas en torno a Villa Dorada. No creo que debamos tomárnoslas enserio. – le quité importancia.

—Ya sé que hay muchas; pero tú mismo lo dijiste: alo está pasando en este pueblo.

—Cambiando de tema: – dije –. ¿Has recibido algo más de la cuenta de Diego?

—¡Ninguna otra cosa! Ni siquiera se ha conectado desde aquel día en que me llegó el mensaje. ¿Sigue en pie tu idea de ir a visitar la casa de Diego para ver si en realidad hay algo entre la Dawn y el Aura? – quiso saber.

—Podríamos intentarlo. – subí los hombros–. No perdemos nada.

—¿Crees que haya dejado una carta póstuma?

—No estoy seguro… No sé… – me contradecía–. Supongo que no. ¡Ya nos hubiéramos enterado! Aunque me parece que ninguno de los suicidas de Villa Dorada ha dejado algo escrito. La mayoría de las personas que se quitan la vida dejan indicios de aquello que los llevó a hacerlo. –comenté.

Ella guardó silencio y miró a la lejanía. La luna llena se posaba sobre los cerros que rodeaban Villa Dorada, como testigo mudo de todas aquellas cosas que ocultamente pasaban en el pueblo.

—En el mundo, cada cuarenta segundos se quita la vida alguien. – añadí. Últimamente había estado revisando algunas estadísticas sobre el suicidio–. En México, cada hora se suicida una persona; la mayoría de ellos son jóvenes de entre diecisiete y veinticinco años. – guardó silencio, siempre atenta a mis palabras–. Muchos lo hacen por depresión o porque se han enterado de una noticia con la cual no pueden vivir: cáncer, VIH o cualquier otro padecimiento.

—¿Por qué me cuentas todo esto? – preguntó ella, desorientada.

Tú conocías a Diego y ambos usualmente sabíamos la vida de estos últimos dos chicos muertos: ninguno de ellos mostraba signos de depresión. Los que se van a suicidar muestran tendencias un poco fuera de lo normal: se alejan de la sociedad…

—Es cierto. Diego estaba en un buen momento. – comentó ella, reflexionando.

—¿De qué va todo esto? – preguntó ella.

Me le acerqué tanto que posiblemente la gente que deambulaba en la plaza pensó que nos besaríamos.

—Hay que ir a averiguar si hay algo entre la Dawn y el Aura. Puede ser un indicio de lo que empujó a Diego a la muerte. – susurré.

—Pero ni siquiera te caía bien. – masculló.

—No, pero algo raro está pasando; y Diego podría ayudarnos a entender esta aún después de muerto.

—Hablaré con sus padres mañana al amanecer. – aseguró.

Miré a varias señoras de edad avanzada que caminaban en la plaza rumbo a la iglesia. Iban cubiertas con rebozos; sus ojos eran la única parte del cuerpo que se apreciaba; andaban silenciosas, como fantasmas; las luces se encendieron: la oscuridad ya había dominado el pueblo. Ximena se puso de pie y me estudió.

—¿Crees que encontremos algo?

—No lo sé. – también me puse de pie–. Podemos intentarlo. – y me alejé rumbo a mi casa en completo silencio.

Durante todo el trayecto sentía que alguien me vigilaba.

Tengo entendido que esa noche la misa estuvo dedicada a las personas que se suicidaron en las últimas semanas. Luego, el sacerdote sacó el santo principal a una procesión nocturna por las calles del pueblo; todo eso para pedir que no hubiera alguien más que se quitase la vida.

Esa noche dormí intranquilo. Aunque estaba en la intimidad de mi cuarto, sentía que alguien me vigilaba desde la ventana. Cuando al fin abrí los ojos, una sombra se escabulló; pero luego noté que era simplemente la cortina que ondeaba ante el viento.

Me paré a cerrar la ventana y vi el pueblo en completa soledad. Sólo se escuchaba el lamento de las alimañas en la lejanía del bosque; aunado a esto, mi teléfono vibró con una nueva notificación de Facebook.

A las tres de la mañana alguien me había enviado solicitud.

Dawn Walker quería ser mi amiga.