OBSESIÓN
 
Ximena
 
Caminaba rumbo al cementerio. Sí, de nuevo iba a visitar la tumba de Diego. Esa tarde no había llovido, ni siquiera estaba nublado; por primera vez en mucho tiempo el Sol palidecía en el horizonte horas antes de ocultarse por completo.
Durante ninguna ocasión en las que visitaba el panteón le había dicho a mi madre exactamente a dónde iba. Ella pensaba que salía a la biblioteca o con alguna amiga.
Ese día caminaba más lento de lo normal. Para serte sincera; ya no sentía tanto dolor por la muerte de Diego. Había entendido que ese tipo de dolor no sólo lo experimentaba yo, sino todas aquellas personas que últimamente habían perdido a un ser querido. Como aquellas dos mujeres que estaban llorando cuando se suicidó el otro chico. Y no sólo ellas; millones de personas en el mundo diariamente perdían a un ser querido.
La gente muere a diario: dijo un día mi madre con sabiduría. Y eso era cierto; pero lo que hacía diferente a todas esas muertes era la manera en la que se perdía la vida. Diego se había suicidado; y hasta la fecha nadie sabía el motivo. Estoy segura que ni sus padres sabían a ciencia cierta la razón; y si la sabían, pues obviamente a nadie se la revelarían.
Entré al cementerio con el olor a hierba recién cortada y caminé rumbo a la tumba del chico. Cuando Diego cumplió un mes de muerto, sus padres le pusieron una lápida de mármol con un epitafio realmente hermoso: La vida no termina con la muerte. Un enorme ángel custodio se posaba en la cabecera de la tumba empuñando una espada; de alguna forma el rostro de esa pequeña estatua me recordaba a Diego, aunque quizá fuese solo mi imaginación.
Visitar la tumba del chico se había vuelto mi obsesión; quizá ya hasta una costumbre que tenía que realizar sí o sí. Era consciente de que algún día debía de dejar de hacerlo, los muertos deben descansar; pero todavía no reunía el suficiente valor como para dejarlo ir.
A muy pocos pasos se escuchaba una podadora haciendo su trabajo. Quité la basura que se había acumulado en el sepulcro del chico y luego caminé en dirección al ruido de la podadora.
Allí estaba Marcos, limpiando el enorme mausoleo del abuelo de Alexa. Giró el rostro y se quitó unos lentes con los que protegía sus ojos de los fragmentos de pasto que salían volando. Sonrió y apagó la podadora.
        ¡Qué gusto volverte a ver! – no lo decía con tono sarcástico–. Después de aquella vez que te encontré en la carretera…
        Oh… calla. ¡Nadie sabe eso! Mi madre sí cree que dormí en casa de una amiga, así que agradecería si no se lo cuentas a nadie. Y también agradezco lo que hiciste ese día por mí.
        Tranquila. Tu secreto está a salvo conmigo.
        Bien. Pero… pues ya sabes que usualmente vengo a visitar a tus amigos. – recuerdo que para él todos los muertos eran sus amigos.
        No a todos. – apuntó.
        En eso tienes razón.
        Nunca me has dicho la relación que tenías con ese chico al que vienes a ver prácticamente cuatro veces a la semana.
        ¿Cuentas los días que vengo? – reí.
Alzó los hombros.
        Inconscientemente lo hago. Pero has esquivado mi pregunta.
        Diego era un buen amigo. – sí, lo era cuatro años atrás; antes de morir ni siquiera me dirigía la palabra.
        Debió para ti ser muy dura su muerte. – se sentó en el borde del mausoleo. Sacó un refresco de cola y empezó a beberlo. A nuestro alrededor empezaron a cantar unos cuantos pajarillos.
        Pues, no sé…
        Oh. Pero es el chico que se suicidó. ¿Cierto? Bueno, el primero que lo hizo…
        ¿Sabes de qué murió cada persona en este panteón? – pregunté con asombro y ocultando una sonrisa.
        No de todos. – rio de lado–. Pero que alguien se suicide en este pueblo es algo muy extraño. Aunque, digamos que últimamente eso está de moda.
        Mmm… yo no emplearía ese término. ¿Y dónde está la tumba del segundo chico que se suicidó? – le pregunté, sólo por curiosidad.
        Por allá. – señaló una zona del cementerio donde había tumbas un poco menos ostentosas. La mayoría de ellas estaban adornadas solamente por un barandal de hierro que delimitaba su territorio y una cruz de madera o metal.
¡Qué ironía! Hasta en el cementerio hay una clara división de clases sociales.
En instantes di con la tumba del chico de dieciséis años que se había ahorcado desde el balcón de su casa. Había unos ramos de flores secas y, lo más extraño, es que en medio de todas ellas había una rosa morada.
Una rosa morada.
Como la que encontré en la tumba de Diego el día siguiente de su sepelio.
Traté de meter la mano entre los barandales y tomé la flor morada entre mis dedos. ¡Qué extraño era todo!
¿Quién pudo dejar una rosa idéntica en las tumbas de Diego y de este chico?
        Oye, en pocos minutos voy a cerrar. – gritó Marcos. Asentí y me puse de pie.
Deambulé por entre el camposanto unos minutos más hasta que decidí enfilarme a la salida.
Sin embargo, antes de salir Marcos me llamó desde la bodega.
        Antes de que te vayas me gustaría pedirte algo. – sonaba un poco avergonzado.
        Te escucho.
        ¿Podrías darme tu número telefónico?
Y se lo di.
 
**
Esa noche mientras cenaba, mi madre al fin descubrió mi secreto.
        No fuiste a la biblioteca hoy.
La cuchara se me cayó al suelo.
        Sí.
        ¡Ximena, no mientas! Te he seguido los últimos días y me he dado cuenta que vas al panteón. No sé cuánto tiempo llevas haciendo eso, pero no está bien. – dijo.
        Sólo voy a charlar un poco con Diego. – respondí, tontamente.
        ¿Estás escuchando la tontería que dices? – dijo papá con incertidumbre –. ¡Diego está muerto! ¿Cómo es posible que hables con él?
        También he oído que lloras por las noches. – acotó mamá. Eso sí no lo esperaba.
Sí, lloraba por él; todavía…
Una piedra se formó en mi garganta y carraspeé.
        Pienso que debes superar la muerte del chico. Ya casi son dos meses y necesitas soltarlo.
No le respondí nada.
        Te he agendado una cita con la psicóloga en un par de días. – avisó, sin más.
Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba. Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba.
También soñé con Marcos matando personas y sacándoles el corazón. Así como lo hicieron con la chica que encontraron hace más de una semana.
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