EL CADÁVER
 
Matías
 
Era domingo por la mañana. Desperté sobresaltado cuando una pelea de perros sucedió afuera de mi casa. Maldije por lo bajo y luego agarré mi teléfono que aún estaba cargándose sobre la mesita. Vi algunas nuevas notificaciones de Facebook y unas cuantas fotografías de los individuos que habían asistido a la fiesta de Alexa; la mayoría se veían ebrios y muy poco conscientes de lo que hacían en ese momento.
En unas cuantas fotos salía Alexa bailando muy sensualmente con un chico desconocido; inclusive hasta su amiga Caterina parecía otra persona. Esperé ver a Ximena en alguna imagen, pero no ocurrió así.
¡Aunque se veía que lo habían pasado bien!
Solté una risotada y me vestí: me puse un short, una camiseta café y mis tenis sucios. Salí a desayunar y encontré a mi mamá limpiando la cocina con la música del radio a todo volumen. Sonaba una estación que se encargaba de transmitir música regional mexicana; mamá tarareaba algunas de las canciones.
        ¿Dónde está papá? – le pregunté de inmediato.
        Fue al súper. Pero se me olvidó encargarle un poco de carne… ¿podrías hacerme el favor de ir tú? – se metió la mano al bolsillo y me ofreció un billete de veinte euros–. Traes un kilo.
Y salí a la calle.
Como típico domingo pueblerino, había más gente que de costumbre. La mayoría de las personas venían de las rancherías cercanas a abastecerse de víveres para la semana; pero también había visitantes de otras poblaciones que venían sólo a pasar un agradable domingo alejados del estrés de las grandes ciudades.
El Sol palidecía entre algunas nubes poco densas; mientras caminaba por las aceras, era inevitable no escuchar todavía conversaciones acerca del chico que se había suicidado hacía apenas uno cuantos días.
Atravesé de largo el mercado atestado de puestos de todo tipo: desde aquellos comerciantes de verduras que abarcaban grandes cantidades de espacio; hasta los pequeños vendedores de gelatinas, dulces y tortas de jamón que tan sólo ocupaban una mesa pequeña. Me cubrí las narices cuando pasé por un puesto donde vendían pollo (ya que en ese mismo lugar los estaban sacrificando) y giré en la esquina, siguiendo la avenida principal hacia la carnicería más cercana.
En el local atendía un hombre fornido de unos cuarenta años y de barba poblada; había más empleados, en su mayoría hombres que agarraban las enormes piernas de buey como si fuera lo más ligero del mundo. Pedí un kilo de carne que demoró en llegar y luego volví a mi casa siguiendo el mismo trayecto.
Las campanadas para la misa de diez de la mañana apuraban a los fervientes católicos ataviados con ropajes elegantes.
A la iglesia se va con sus mejores galas: había dicho una vez mi abuela mientras me pedía que le colocara un brazalete de plata. Mi familia acostumbraba ir a misa al atardecer; los domingos en Villa Dorada hay alrededor de cinco homilías en todo el día auspiciadas por el mismo párroco. No me quiero imaginar el cansancio en la voz que tendrá al finalizar el día.
¿Qué tuvo de interesante ese recorrido?
En realidad no gran cosa.
Nada, hasta que estuve a punto de meterme al interior del mercado y perderme en el bullicio de la gente.
No lo hice. Me detuvo algo.
De inicio sólo era un ruido extraño que taladraba los oídos; pero cuando toda la gente – los que caminaban en las banquetas y hasta los comerciantes – se giró a ver el pequeño Volkswagen blanco que anunciaba las noticias del pueblo, me di cuenta de que era algo mucho más inusual que las noticias habituales de fútbol y política.
Encima del Volkswagen se instalaba un altavoz viejo y oxidado; de él salían las siguientes palabras con la voz cavernosa de un hombre:
¡Noticia de último momento! Acérquese a este coche de sonido y entérese las crueles condiciones en las que ayer por la tarde fue hallado un cadáver de sexo femenino en la carretera que conecta la capital con Villa Dorada. Adquiera la noticia completa por tan sólo un euro.
Es un poco extraño que la prensa tenga la información impresa casi al instante de que han ocurrido los hechos. Siempre me he preguntado: ¿cómo se enteran de los acontecimientos?
El pequeño automóvil se detuvo en una orilla y empezó a vender algunos ejemplares a los curiosos que querían saber la noticia.
Palpé la única moneda de un euro que me había sobrado de la compra en la carnicería y me mordí el labio inferior; lo pensé unos instantes…
Acérquese a este coche de sonido y entérese de la última noticia de Villa Dorada.
¡Maldito anuncio tentador!
Entonces corrí hasta el coche de sonido y compré el periódico que tenía menos de diez páginas pero que repararía mi curiosidad.
Doblé el periódico y lo metí bajo mi axila. Caminé de regreso a mi casa con la ansiedad de leer eso que tanto publicitaba el coche.
Le entregué a mamá la bolsa de carne y extendió su mano para recibir el cambio. Le enseñé el periódico para comprobar que no traía ningún euro extra y torció el gesto. Continuó con su labor y me dejó leer la noticia en completa calma, el encabezado era impactante:
CADÁVER CON SIGNOS DE VIOLENCIA ENCONTRADO EN VILLA DORADA
Ayer por la tarde fue encontrado el cuerpo de una mujer a las afueras de Villa Dorada. La primera persona que encontró a la muertita fue un campesino de la zona que a esas horas del atardecer recogía su ganado de un ejido cercano. El hombre de inmediato dio parte a las autoridades de Villa Dorada, mismas que acudieron al lugar tras haber llamado al servicio pericial de la capital del estado. Los peritos recogieron el cuerpo de la desconocida y se dieron cuenta del cruel estado en el que estaba el cuerpo.
La mujer, de unos veinticinco años, tenía cabello castaño, piel blanquecina y mostraba claras marcas de tortura. Sus muñecas tenían moretones como si hubiese estado en cautiverio, además de poseer unas extrañas marcas en forma de círculo hechas con algún objeto ardiente en ambas palmas; en el pecho tenía alrededor de cinco puñaladas y al parecer los asesinos le habían sacado el corazón. Mostraba signos de violencia en todo el cuerpo y su ropa estaba hecha trizas; además de tener sus partes íntimas quemadas con algún ácido extraño.
Por la casi nula descomposición del cuerpo, se cree que la mujer fue arrojada a ese lugar tan sólo minutos antes de que el campesino la encontrara.
Un halo de preguntas surgió cuando en el pecho de la víctima se leía claramente la siguiente insignia: “Aquí comienza la eternidad”, por lo que tampoco se descarta un posible ajuste de cuentas del crimen organizado que impera en nuestro estado.
La hoy occisa no se ha identificado, pero lugareños aseguran que no pertenecía a Villa Dorada, sino a Torres de Alicante; otro poblado ubicado a tan sólo veinte minutos del lugar donde fue encontrado el cuerpo.
Este cadáver se suma a los más de doscientos feminicidios en todo el estado; siendo el primero que ocurre en una población semi-rural en lo que va del año.
Junto con la nota se acordaban dos fotografías del cadáver. En la primera se le veía a la mujer tirada boca abajo sobre el fango, el cabello estaba lleno de lodo y la poca ropa que traía me sugería el posible oficio que desempeñaba en vida. No se veía gran cosa en esa foto, salvo los glúteos manchados de sangre.
La siguiente foto era aún más explícita que la anterior. En esta se apreciaba la mujer boca arriba, con un orificio sangriento en el centro de su pecho que parecía tan oscuro como una cueva y tan vacío como la noche. A duras penas se veía la inscripción en su pecho desnudo.
El rostro de la mujer se quedó grabado en mi mente, como un tatuaje. Sus ojos completamente abiertos y esa mueca de dolor que ya nadie podrá quitársela. Y, tal como lo decía la nota: las muñecas de la mujer tenían quemaduras en forma de círculo.
Tragué saliva con dificultad. Una mole de concreto cayó en mi estómago cuando vibró el teléfono desde mi bolsillo.
Era un mensaje de Víctor invitándome a salir esta tarde. No le contesté en ese momento, pues me había quedado absorto con la noticia.
Papá llegó de la calle con un semblante pensativo. Cargaba dos bolsas de plástico repletas de verduras y se las entregó a mi madre.
        Gloria, ¿te has enterado de lo del cadáver que encontraron ayer? – le dijo él.
Mi mamá se cubrió la boca con sorpresa.
        No. ¿Quién era? – fui hasta ella y le entregué el periódico. Ella ni siquiera lo leyó, sólo se limitó a mirar las fotos y horrorizarse todavía más.
        Pero ¿qué está pasando en el mundo? – preguntó ella, filosóficamente–. Tantas muertes no las puede estar permitiendo Dios. – se santiguó y siguió con sus deberes. Papá me arrebató el periódico y se dispuso a leer la noticia.
Cuando terminó de leer, se giró hacia mí todavía con gesto pensativo.
        Hay que tener mucho cuidado. La gente está muy asustada en el pueblo. – comentó. Tiró el periódico a la basura y se retiró hasta la sala.
Y era verdad lo que dijo.
Por la tarde, cuando salimos los tres, no había tanta gente en la calle; y la poca que deambulaba por las aceras cuchicheaba tanto el hallazgo de la mujer como el suicidio del otro chico apenas un par de días antes.
Ya digo: en la calle no había gente, pero la iglesia durante la misa de siete de la tarde estaba a reventar de personas. El sermón que dio el sacerdote estuvo enfocado al milagro de la vida y al pecado tan grande que es atentar contra este regalo divino. Al finalizar, dio la bendición y todos al unísono nos la pusimos. El padre aseguró que la necesitaríamos.
– Anden con cuidado, la Bestia anda suelta. – dijo, finalizando.
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