¿PARA QUÉ SIRVE UN COACH LITERARIO?

¿PARA QUÉ SIRVE UN COACH LITERARIO?

El objetivo del coach literario es informar, comunicar, orientar, aconsejar y guiar al cliente sobre un determinado tema. Y luego de esta fase, si el cliente así lo quiere, también organizar, gestionar, realizar estrategias específicas, acciones y tareas planteadas durante el asesoramiento y además de acompañar al cliente en cada uno de los procesos.

Los temas que abarca consultoría editorial son muy variados y deben ajustarse, siempre, a las necesidades del cliente. Esto se debe a que no están en la misma posición un escritor que desea publicar su novela, una editorial que requiere de una estrategia de edición digital o una empresa o institución que pretende iniciar una nueva forma de comunicación con sus proveedores o asociados.

En las diferentes fases de la consultoría editorial pueden intervenir uno o varios profesionales. Esto, básicamente, dependerá de la necesidad específica de comunicación que tenga el cliente y de lo que se haya decidido emprender. Por ejemplo, para informar, comentar y aconsejar a un escritor sobre las cláusulas de un contrato que le ha presentado una editorial basta con un profesional para cumplir el cometido. En cambio, si se trata de desarrollar íntegramente una colección para una editorial, que solicita la definición y creación de la colección, la contratación de los autores y el diseño, la maquetación y la impresión de los libros, será necesario que intervengan más profesionales en la puesta en marcha y desarrollo del trabajo.

La consultoría editorial también incluye sesiones de trabajo con el autor o profesional. En ellas, el autor puede realizar todas las preguntas que desee y formular las inquietudes que tiene sobre cómo publicar su libro, cómo funciona el sector, qué es lo más recomendable hacer según una determinada situación y un largo etcétera. Estas sesiones de trabajo no son gratuitas; se pagan igual que se abona una consulta a un gestor, a un abogado o a un odontólogo.

La mayoría de los proyectos que gestiono demandan el trabajo conjunto con otros profesionales y siempre es enriquecedor trabajar en equipo. Más adelante escribiré algunas entradas haciendo especial foco en algunos de los servicios que brindo. Si tienes alguna inquietud en particular, por favor escríbeme, así la reflejo en las próximas entradas. ¡Gracias!

CAPITULO 21. EL TERCER SUICIDIO

CAPITULO 21. EL TERCER SUICIDIO

Matías

El tercero fue un muchacho de veinticinco años. Lo conocía. Bueno, en realidad todo el mundo se conocía en Villa Dorada. Este chico trabajaba en una tienda muy concurrida por la población; él se encargaba de rellenar los estantes cada vez que hacían falta los productos. Por la mañana era usual que estuviera barriendo la entrada a la tienda y que se encargase de bajar las mercancías que llegaban al comercio en camiones desde las distribuidoras de productos.

El chico, al igual que los anteriores suicidas, se había ahorcado. La única diferencia aquí, fue que escogió uno de los árboles del jardín trasero de su casa para colgarse.

Toda la gente de Villa Dorada estaba asustada con la oleada de suicidios sin explicación alguna. ¿Por qué se suicidaban las personas, en especial, los hombres? ¡Este chico fue el tercero en menos de dos meses! Mi madre erróneamente decía que los suicidios eran como una enfermedad contagiosa; y que estaba en el aire, cual virus mortal.

Papá opinaba otra cosa: las personas que se suicidaban estaban mal psicológicamente y no encontraban otra salida a sus problemas más que quitarse la vida. Yo no estaba de acuerdo con ninguna de las dos teorías; probablemente los suicidios solo se tratasen de pura coincidencia y un golpe de mala suerte en Villa Dorada. Sea cual fuese la situación, un espíritu de nerviosismo y miedo invadía a los pobladores.

Estaba sentado en la plaza principal justo en el momento en el que sacaron el féretro de la iglesia del tercer suicida. Las campanas repicaron la próxima misa mientras un mariachi iba acompañando al joven muerto. Había mucha gente en la comitiva; en realidad era un chico que todo el mundo ubicaba.

El féretro era de lámina negra; me acordé de esas cosas que decían sobre los féretros de metal: el cuerpo nunca se descompone y en lugar de desintegrarse se vuelve una masa amorfa de líquido verdoso y carne cocida en los gases.

Se respiraba un aire pesado y denso en todo Villa Dorada.

Justo en el momento en el que me retiraría a casa, Ximena me interceptó; en su mano derecha cargaba un helado de vainilla a medio acabar.

—¡Qué triste! ¿No? – comentó ella terminándose el helado.

—Lo sé. ¿Qué está pasando en Villa Dorada? – fruncí el ceño.

—Apenas van a hacer dos meses de lo de Diego y ya hay más muertos en todo el pueblo que en cualquier otra época del año. – acotó ella sentándose; la acompañé mientras el cielo comenzaba a oscurecerse por las grisáceas nubes cargadas de lluvia.

—Eso parece. Pero, hablo en serio: ¿qué crees que esté pasando? – la miré mordiéndome el labio inferior.

—Yo creo que es una extraña moda. – añadió–. Seguramente vieron a alguien que lo hizo… o es un reto… ya sabes, esas cosas que a veces salen en internet.

—No creo que sea una especie de desafío.

—¿Sabes algo? – me miró con extrañeza–. Mi tía, una hermana de mi padre, dice que no soporta venir a Villa Dorada.

—¿Por qué?

—Ella dice ver personas colgadas en los árboles a nuestro alrededor. – y señaló a los fresnos que bordeaban la plaza principal–. Cuenta que durante la revolución, Villa Dorada fue un refugio insurgente y que de alguna forma llegaron los soldados a ahorcar a todos sus enemigos, justo aquí, en la plaza. Si tomamos en cuenta esto, Villa Dorada está marcada por la sangre de cientos de ahorcados.

—Me parece haber escuchado algo de eso… pero hay muchas leyendas en torno a Villa Dorada. No creo que debamos tomárnoslas enserio. – le quité importancia.

—Ya sé que hay muchas; pero tú mismo lo dijiste: alo está pasando en este pueblo.

—Cambiando de tema: – dije –. ¿Has recibido algo más de la cuenta de Diego?

—¡Ninguna otra cosa! Ni siquiera se ha conectado desde aquel día en que me llegó el mensaje. ¿Sigue en pie tu idea de ir a visitar la casa de Diego para ver si en realidad hay algo entre la Dawn y el Aura? – quiso saber.

—Podríamos intentarlo. – subí los hombros–. No perdemos nada.

—¿Crees que haya dejado una carta póstuma?

—No estoy seguro… No sé… – me contradecía–. Supongo que no. ¡Ya nos hubiéramos enterado! Aunque me parece que ninguno de los suicidas de Villa Dorada ha dejado algo escrito. La mayoría de las personas que se quitan la vida dejan indicios de aquello que los llevó a hacerlo. –comenté.

Ella guardó silencio y miró a la lejanía. La luna llena se posaba sobre los cerros que rodeaban Villa Dorada, como testigo mudo de todas aquellas cosas que ocultamente pasaban en el pueblo.

—En el mundo, cada cuarenta segundos se quita la vida alguien. – añadí. Últimamente había estado revisando algunas estadísticas sobre el suicidio–. En México, cada hora se suicida una persona; la mayoría de ellos son jóvenes de entre diecisiete y veinticinco años. – guardó silencio, siempre atenta a mis palabras–. Muchos lo hacen por depresión o porque se han enterado de una noticia con la cual no pueden vivir: cáncer, VIH o cualquier otro padecimiento.

—¿Por qué me cuentas todo esto? – preguntó ella, desorientada.

Tú conocías a Diego y ambos usualmente sabíamos la vida de estos últimos dos chicos muertos: ninguno de ellos mostraba signos de depresión. Los que se van a suicidar muestran tendencias un poco fuera de lo normal: se alejan de la sociedad…

—Es cierto. Diego estaba en un buen momento. – comentó ella, reflexionando.

—¿De qué va todo esto? – preguntó ella.

Me le acerqué tanto que posiblemente la gente que deambulaba en la plaza pensó que nos besaríamos.

—Hay que ir a averiguar si hay algo entre la Dawn y el Aura. Puede ser un indicio de lo que empujó a Diego a la muerte. – susurré.

—Pero ni siquiera te caía bien. – masculló.

—No, pero algo raro está pasando; y Diego podría ayudarnos a entender esta aún después de muerto.

—Hablaré con sus padres mañana al amanecer. – aseguró.

Miré a varias señoras de edad avanzada que caminaban en la plaza rumbo a la iglesia. Iban cubiertas con rebozos; sus ojos eran la única parte del cuerpo que se apreciaba; andaban silenciosas, como fantasmas; las luces se encendieron: la oscuridad ya había dominado el pueblo. Ximena se puso de pie y me estudió.

—¿Crees que encontremos algo?

—No lo sé. – también me puse de pie–. Podemos intentarlo. – y me alejé rumbo a mi casa en completo silencio.

Durante todo el trayecto sentía que alguien me vigilaba.

Tengo entendido que esa noche la misa estuvo dedicada a las personas que se suicidaron en las últimas semanas. Luego, el sacerdote sacó el santo principal a una procesión nocturna por las calles del pueblo; todo eso para pedir que no hubiera alguien más que se quitase la vida.

Esa noche dormí intranquilo. Aunque estaba en la intimidad de mi cuarto, sentía que alguien me vigilaba desde la ventana. Cuando al fin abrí los ojos, una sombra se escabulló; pero luego noté que era simplemente la cortina que ondeaba ante el viento.

Me paré a cerrar la ventana y vi el pueblo en completa soledad. Sólo se escuchaba el lamento de las alimañas en la lejanía del bosque; aunado a esto, mi teléfono vibró con una nueva notificación de Facebook.

A las tres de la mañana alguien me había enviado solicitud.

Dawn Walker quería ser mi amiga.

LA CONSULTORÍA EDITORIAL, ¿QUÉ ES?

LA CONSULTORÍA EDITORIAL, ¿QUÉ ES?

 

Esta es una de las preguntas más habituales que me hacen algunas personas cuando les comento a qué me dedico: qué es el asesoramiento o consultoría editorial. Me decidí por esta denominación para calificar mi labor profesional ya que es la más adecuada por englobar todas las tareas que realizo, siempre relacionadas al sector de las publicaciones. También porque al efectuar varias labores editoriales, pero diferentes entre sí, me encontraba con una cierta dificultad a la hora de responder a qué me dedico o cuál es mi profesión. Y para aquellos que me preguntan ¿Pero, qué es eso de la consultoría editorial?, vaya aquí una descripción.

Podría decirse que la consultoría es tan vieja como la Humanidad. El Hombre siempre ha requerido del consejo de otra persona, más para iniciar una actividad o tomar una decisión; de una persona que por su experiencia pueda aportarle conocimiento y herramientas adecuadas para decidir sobre una acción a llevar a cabo.

Una consultoría es el asesoramiento que una persona brinda a otra, sobre la base de la experiencia y el conocimiento específico en un ámbito determinado. Por tanto, la consultoría editorial podría definirse como el asesoramiento profesional que se brinda a personas, profesionales y empresas relacionadas al sector de las publicaciones. Del mismo modo que se recurre a una gestoría para que se ocupe de los temas fiscales y números de nuestra empresa, se recurre a un consultor o asesor editorial si se desea trabajar con una publicación, editarla, promocionarla, desarrollarla, gestionarla, etc.

Hago referencia al sector de las publicaciones para que se comprenda que el término “editorial” va más allá de los libros y también abarca periódicos, revistas, diversas piezas gráficas y publicaciones institucionales y corporativas, sean impresas o digitales, y contenidos en general.

CAPÍTULO 20. DESAFÍO

CAPÍTULO 20. DESAFÍO

 

DESAFÍO
 
Víctor
 
 
DAWN: Buen día, ¿qué tal amaneciste hoy?
Era lo que decía un mensaje de Dawn que leí cuando desperté.
Lo curioso del mensaje era que me lo había mandado a las cinco de la mañana.
Me froté los ojos y estiré mis brazos antes de contestarle. No se me olvida la otra vez que pensé que probablemente me estaba espiando: Acabas de llegar del bosque, dijo. Luego aclaró la situación y me comentó que sólo había dicho eso a modo de broma. No le creí tanto.
VÍCTOR: Bien, fue una noche agradable. Buen día. Por cierto, soñé contigo.
En el sueño solo éramos ella y yo, fundiéndonos en un abrazo en medio de la plaza de Villa Dorada.
Era más hermosa de lo que mi imaginación lo pintaba; incluso más que las fotografías que tenía en Facebook.
Le conté a Dawn mi sueño y lo único que me envió fue un emoticón con corazones.
Divagué un poco por las fotografías de la chica y caí en la cuenta de que todas las habían publicado el mismo día, dos años atrás; actualmente podría estar diferente.
Tenía más de tres mil amigos, una gran cantidad de ellos eran fisioculturistas y jóvenes universitarios.
Por supuesto, estaba Diego; pero también el otro chico que se había suicidado días atrás.
No tenía gran cosa en la sección de información; sólo decía que era de sexo femenino y tenía su fecha de nacimiento. Seguía muy pocas páginas: algunas revistas de moda y de nutrición. Por un momento llegué a pensar que fuese un perfil falso, porque las publicaciones de sus fotos se limitaban a dos años atrás.
Por lo que le pregunté de inmediato:
VÍCTOR: ¿Por qué no tienes fotos recientes?
DAWN: Me las roban. Descubrí algunas cuentas falsas con mi nombre y usando mis fotos.
VÍCTOR: ¿Podrías mandarme una de cómo estés en este momento?
Y la mandó.
Al igual que esa, mandó algunas otras más demostrando que no era un perfil falso. De cualquier manera en la que yo le pedía la foto, ella la enviaba.
DAWN: Me gustaría verte.
…dijo eso, por sorpresa. A mí también me gustaría verla; y por mí no había ningún problema, yo podía ir a la capital.
VÍCTOR: Puedo ir a la capital a visitarte.
DAWN: Ya te había dicho que soy una chica muy ocupada. Probablemente no podamos vernos tan pronto, aunque de verdad quiera hacerlo.
VÍCTOR: ¿Podrías venir a Villa Dorada?
DAWN: NO.
VÍCTOR: ¿Por qué el otro día entonces me dijiste que nos viéramos en el bosque?
DAWN: Bueno, sólo se me ocurrió decirte eso; tú sabes que yo no podría estar en el bosque en mitad de la noche.
VÍCTOR: Lo sé, cariño.
DAWN: Aun así me gustaría preguntarte una cosa.
VÍCTOR: Hazlo.

 

DAWN: ¿Qué estás dispuesto a hacer por mí? ¿Pondrías tu vida en peligro?
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CAPÍTULO 19. OBSESIÓN

CAPÍTULO 19. OBSESIÓN

 

OBSESIÓN
 
Ximena
 
Caminaba rumbo al cementerio. Sí, de nuevo iba a visitar la tumba de Diego. Esa tarde no había llovido, ni siquiera estaba nublado; por primera vez en mucho tiempo el Sol palidecía en el horizonte horas antes de ocultarse por completo.
Durante ninguna ocasión en las que visitaba el panteón le había dicho a mi madre exactamente a dónde iba. Ella pensaba que salía a la biblioteca o con alguna amiga.
Ese día caminaba más lento de lo normal. Para serte sincera; ya no sentía tanto dolor por la muerte de Diego. Había entendido que ese tipo de dolor no sólo lo experimentaba yo, sino todas aquellas personas que últimamente habían perdido a un ser querido. Como aquellas dos mujeres que estaban llorando cuando se suicidó el otro chico. Y no sólo ellas; millones de personas en el mundo diariamente perdían a un ser querido.
La gente muere a diario: dijo un día mi madre con sabiduría. Y eso era cierto; pero lo que hacía diferente a todas esas muertes era la manera en la que se perdía la vida. Diego se había suicidado; y hasta la fecha nadie sabía el motivo. Estoy segura que ni sus padres sabían a ciencia cierta la razón; y si la sabían, pues obviamente a nadie se la revelarían.
Entré al cementerio con el olor a hierba recién cortada y caminé rumbo a la tumba del chico. Cuando Diego cumplió un mes de muerto, sus padres le pusieron una lápida de mármol con un epitafio realmente hermoso: La vida no termina con la muerte. Un enorme ángel custodio se posaba en la cabecera de la tumba empuñando una espada; de alguna forma el rostro de esa pequeña estatua me recordaba a Diego, aunque quizá fuese solo mi imaginación.
Visitar la tumba del chico se había vuelto mi obsesión; quizá ya hasta una costumbre que tenía que realizar sí o sí. Era consciente de que algún día debía de dejar de hacerlo, los muertos deben descansar; pero todavía no reunía el suficiente valor como para dejarlo ir.
A muy pocos pasos se escuchaba una podadora haciendo su trabajo. Quité la basura que se había acumulado en el sepulcro del chico y luego caminé en dirección al ruido de la podadora.
Allí estaba Marcos, limpiando el enorme mausoleo del abuelo de Alexa. Giró el rostro y se quitó unos lentes con los que protegía sus ojos de los fragmentos de pasto que salían volando. Sonrió y apagó la podadora.
        ¡Qué gusto volverte a ver! – no lo decía con tono sarcástico–. Después de aquella vez que te encontré en la carretera…
        Oh… calla. ¡Nadie sabe eso! Mi madre sí cree que dormí en casa de una amiga, así que agradecería si no se lo cuentas a nadie. Y también agradezco lo que hiciste ese día por mí.
        Tranquila. Tu secreto está a salvo conmigo.
        Bien. Pero… pues ya sabes que usualmente vengo a visitar a tus amigos. – recuerdo que para él todos los muertos eran sus amigos.
        No a todos. – apuntó.
        En eso tienes razón.
        Nunca me has dicho la relación que tenías con ese chico al que vienes a ver prácticamente cuatro veces a la semana.
        ¿Cuentas los días que vengo? – reí.
Alzó los hombros.
        Inconscientemente lo hago. Pero has esquivado mi pregunta.
        Diego era un buen amigo. – sí, lo era cuatro años atrás; antes de morir ni siquiera me dirigía la palabra.
        Debió para ti ser muy dura su muerte. – se sentó en el borde del mausoleo. Sacó un refresco de cola y empezó a beberlo. A nuestro alrededor empezaron a cantar unos cuantos pajarillos.
        Pues, no sé…
        Oh. Pero es el chico que se suicidó. ¿Cierto? Bueno, el primero que lo hizo…
        ¿Sabes de qué murió cada persona en este panteón? – pregunté con asombro y ocultando una sonrisa.
        No de todos. – rio de lado–. Pero que alguien se suicide en este pueblo es algo muy extraño. Aunque, digamos que últimamente eso está de moda.
        Mmm… yo no emplearía ese término. ¿Y dónde está la tumba del segundo chico que se suicidó? – le pregunté, sólo por curiosidad.
        Por allá. – señaló una zona del cementerio donde había tumbas un poco menos ostentosas. La mayoría de ellas estaban adornadas solamente por un barandal de hierro que delimitaba su territorio y una cruz de madera o metal.
¡Qué ironía! Hasta en el cementerio hay una clara división de clases sociales.
En instantes di con la tumba del chico de dieciséis años que se había ahorcado desde el balcón de su casa. Había unos ramos de flores secas y, lo más extraño, es que en medio de todas ellas había una rosa morada.
Una rosa morada.
Como la que encontré en la tumba de Diego el día siguiente de su sepelio.
Traté de meter la mano entre los barandales y tomé la flor morada entre mis dedos. ¡Qué extraño era todo!
¿Quién pudo dejar una rosa idéntica en las tumbas de Diego y de este chico?
        Oye, en pocos minutos voy a cerrar. – gritó Marcos. Asentí y me puse de pie.
Deambulé por entre el camposanto unos minutos más hasta que decidí enfilarme a la salida.
Sin embargo, antes de salir Marcos me llamó desde la bodega.
        Antes de que te vayas me gustaría pedirte algo. – sonaba un poco avergonzado.
        Te escucho.
        ¿Podrías darme tu número telefónico?
Y se lo di.
 
**
Esa noche mientras cenaba, mi madre al fin descubrió mi secreto.
        No fuiste a la biblioteca hoy.
La cuchara se me cayó al suelo.
        Sí.
        ¡Ximena, no mientas! Te he seguido los últimos días y me he dado cuenta que vas al panteón. No sé cuánto tiempo llevas haciendo eso, pero no está bien. – dijo.
        Sólo voy a charlar un poco con Diego. – respondí, tontamente.
        ¿Estás escuchando la tontería que dices? – dijo papá con incertidumbre –. ¡Diego está muerto! ¿Cómo es posible que hables con él?
        También he oído que lloras por las noches. – acotó mamá. Eso sí no lo esperaba.
Sí, lloraba por él; todavía…
Una piedra se formó en mi garganta y carraspeé.
        Pienso que debes superar la muerte del chico. Ya casi son dos meses y necesitas soltarlo.
No le respondí nada.
        Te he agendado una cita con la psicóloga en un par de días. – avisó, sin más.
Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba. Me levanté de la mesa en completo silencio y me fui a mi cuarto.
Esa noche soñé con Diego y en cómo me pedía ayuda mientras una neblina púrpura se lo tragaba.
También soñé con Marcos matando personas y sacándoles el corazón. Así como lo hicieron con la chica que encontraron hace más de una semana.
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