Sí, todos sabemos ya cuál es el auténtico enemigo del escritor, o de cualquier persona que haya juntado varias palabras de forma bonita sobre un papel y haya osado considerarlo literario. La gran dificultad consiste en publicar, y muchos consideran que todo lo que haya antes (o después) de alcanzar esa meta no es importante.

Pero todos tenemos nuestros miedos, nuestras ambiciones y nuestras debilidades, esos problemas que se nos ponen por delante, maléficos, cuando intentamos escribir. Hace poco se me ocurrió preguntar a mis compañeros cuál era su mayor desafío a la hora de escribir, ya que muchos son escritores (profesionales o aficionados; de ficción o ensao; de prosa o poesía). Y muchas de las respuestas, cómo no, se repetían y se entrecruzaban. Aquí os dejo, resumido en una lista, el resultado: Del 10 al 1, los mayores demonios del escritor.

10. LOS DIÁLOGOS

Así, en general. No nos gustan nada. Es una labor delicada la de escribir diálogos que no queden artificiales y ñoños. Esta labor se ve influida, además, por elementos externos llenos de diálogos cliché como son muchas series de televisión o gran parte del cine comercial.

9. LA FALTA DE TIEMPO

Ah, el tiempo, ese bastardo… Tenemos vida familiar, trabajo, miles de cosas por hacer. El problema, además, es que tendemos a pensar en la escritura como algo que se realiza en grandes bloques, como esos escritores famosos que alquilan una habitación de hotel y se tiran tres meses sin salir de ella, escribiendo y consumiendo drogas. Sin embargo, la realidad es que solo diez minutos diarios de nuestro tiempo podrían significar una gran diferencia en la calidad de nuestra escritura.

8. ASPECTOS FORMALES.

La ortografía y la gramática son dos grandes enemigos, y otras cuestiones de estilo nos avasallan también: repeticiones de palabras, la búsqueda del adjetivo exacto, el exceso de puntos suspensivos, la descripción de temas peliagudos…

7. LA EXTENSIÓN

Una vez hemos comenzado, todo son ganas, alegría y admiración por la obra de arte que estamos creando. No obstante, conforme avanza el texto y la cosa se nos hace larga, perdemos un poco el norte y el amor por el texto. Las obras largas son difíciles, no hay duda; y cuanto más difíciles, más complicado es mantener la ilusión por lo que escribimos.

6. EL RITMO

La transición entre escenas, los cambios de estados de ánimos de los personajes, la fluidez de los diálogos… Como bien apuntaban mis amigos escritores, todo esto compone la música del texto, y si falla alguno de estos aspectos, falla todo.

5. CONSTANCIA

Está íntimamente relacionado con el punto 1. Tendemos a creer que escribir es algo que ocurre cuando bajan las musas del monte Parnaso y nos tocan con sus delicadas manos mágicas, pero la realidad es que las ideas brillantes provienen de sentarse de forma periódica delante del ordenador o del cuaderno para soltar nuestro rollo. Hay muchas más posibilidades de conseguir algo maravilloso de 500 intentonas pequeñas que de 5 intentonas grandilocuentes.

4. CORREGIR

Y corregir, y corregir otra vez. No solo es aburrido, sino que corremos el riesgo de acabar odiando tanto nuestro texto que acabe en la basura. La corrección es necesaria, pero la reescritura obsesiva puede llevarnos al oscuro abismo de la desesperación (yo misma tengo un manuscrito de 90.000 palabras abandonado, que estoy reescribiendo).

No obstante, por favor, no seas de esos «autores» que no revisan sus obras para «no perder la frescura del texto original». Los ojos de tus lectores te lo agradecerán.

3. EMPEZAR

Ese terror a la página en blanco nos bloquea, evita que siquiera lo intentemos. Ya sea por miedo, desidia o ansiedad, resulta que lo que nos cuesta, ante todo, es ponernos.

2. LA CONCENTRACIÓN

Parece ser que a todos nos falta enfoque. Cualquier distracción nos sirve: nuestra familia, las redes sociales o, incluso, como apuntó un amigo que parece querer la verdadera razón por la que trabajan los escritores: «las groupies pidiendo sexo».

1. LA PEREZA

La ganadora por goleada. Ya sea por procrastinación o simple dejadez, parece ser que lo que nos falta, por encima de todo, es fuerza de voluntad.

Personalmente, creo que la fuerza de voluntad, o la ausencia de esta, no es realmente la responsable. Ya he hablado en el blog de los pequeños hábitos y de lo que se puede conseguir con estos, y seguramente seguiré hablando del tema. Pero implementar un hábito exige dedicación y tiempo, y por tanto deberíamos concentrarnos en implementar aquellos que realmente van a producir un cambio importante en nuestras vidas, aquellos que responden a prioridades vitales.

Si tu mayor demonio en la escritura es la pereza, tal vez te convenga analizar cuáles son tus prioridades y decidir si merece la pena establecer un plan de acción. Y, más importante aún, llevarlo a cabo. Para el aficionado o el escritor ocasional, esto probablemente no compense. Pero para cualquier persona que pretenda mejorar la calidad de su escritura o avanzar en algún proyecto literario, la constancia es determinante. Y es la única forma de vencer a ese demonio número 1.

Con la escritura, como con el ejercicio, yo pensaba que todo era ponerse, que me faltaba disciplina y voluntad. y lo intentaba, una y otra vez, sin obtener resultados. Tuve que darme cuenta de que es una cuestión mucho más compleja, donde intervienen las costumbres, el entorno o la hora del día, entre otros muchos factores. Así que si realmente buscas constancia y disciplina, merece la pena analizar estos factores y modificarlos de forma eficiente antes que intentar conseguirlo a golpe de vara. Aunque la vara también puede venir bien, sobre todo si llevas a cabo algo por miedo a una penalización (uno de mis contactos escritores utiliza un sistema de «apuestas». Si no consigue alcanzar una meta de escritura a tiempo, deberá pagarle 50€ a su amigo, y viceversa. También se puede utilizar un sistema de recompensas, pero hay personas a las que la var les sienta la mar de bien).

Por otro lado, me parece muy curioso que apenas se hayan mencionado algunos aspectos que, como lectora y correctora, encuentro en la mayoría de mis clientes, sobre todo en el ámbito formal. ¿Es posible que muchos veamos complicaciones donde no las hay, y sin embargo no veamos aquellas que los demás consideran evidentes?